viernes, 29 de agosto de 2014

EDUCACIÓN - comenzara alguna vez la meritocracia en la docencia ?


 Comenzar alguna vez con la meritocracia en la docencia - Nuevamente el país tiene que soportar una huelga de docentes del sector público. Ya van sumando una cantidad francamente excesiva a lo largo de estos últimos veinticinco años, es decir, desde que se formaron los numerosos sindicatos después del largo período de la dictadura de Stroessner, cuando para lo único para lo que los maestros salían obligados a las calles era para agitar banderitas vitoreando al “único líder”. Pero en fin, estos de ahora son otros tiempos y, posiblemente, los docentes son también otros. Los de antes no conocían la democracia ni sus ventajas; los de ahora solamente conocen las ventajas y los derechos de la democracia, pero no sus obligaciones. El Estado tiene la responsabilidad de que el mérito por la capacidad profesional vuelva a ser el parámetro para promocionar y remunerar mejor a los profesionales de la educación. Si ello se cumple, el Paraguay no tendrá que seguir soportando los desplantes prepotentes de estos sindicatos de docentes, que tanto daño causan a toda la sociedad. Nuevamente el país tiene que soportar una huelga de docentes del sector público. Ya van sumando una cantidad francamente excesiva a lo largo de estos últimos veinticinco años, es decir, desde que se formaron los numerosos sindicatos después del largo período de la dictadura de Stroessner, época en que para lo único que los maestros y maestras salían obligados a las calles era para agitar banderitas vitoreando al “único líder”. Pero en fin, estos de ahora son otros tiempos y, posiblemente, los docentes son también otros. Los de antes no conocían la democracia ni sus ventajas; los de ahora solamente conocen las ventajas y los derechos de la democracia, pero no sus obligaciones. De modo que, desde que tienen la libertad plena para agremiarse, organizarse y manifestarse, utilizaron estas ventajas democráticas para ejercer cada vez más presión sobre el Estado y sus administradores, a fin de lograr más y más ventajas particulares y egoístas para su sector. Es cierto –y nadie lo pone en duda– que la educación es uno de los aspectos fundamentales del desarrollo social y de la concreción de las esperanzas en un futuro mejor para el país, y que gran parte de esta responsabilidad recae sobre los hombros de los maestros. Tampoco se niega que la labor docente debe estar bien retribuida para que lo anterior se cumpla en la forma debida. De modo que no existe discusión acerca de nada de esto. Lo que la ciudadanía desea es que el cuerpo docente, cuyos salarios y diversos beneficios solventa con sus tributos, devuelva a la sociedad servicios de enseñanza intelectualmente bien calificados, éticamente responsables y profesionalmente ejecutados con corrección y puntualidad. Pero no es esto lo que la ciudadanía obtiene, sino un servicio que, en general y salvando honrosas excepciones, puede ser calificado de mediocre cuando no de malo. Los sindicatos de maestros del sector público se pasaron durante los últimos años realizando huelgas, manifestaciones y otras medidas de fuerza contra los sucesivos gobiernos, presionando para que se les incremente el salario y se les otorguen ventajas especiales, cosas que consiguieron en casi todas las ocasiones. Hoy en día, los maestros ganan montos de dinero varias veces superiores a los que percibían una o dos décadas atrás y gozan de muchas otras ventajas laborales, pero nunca están satisfechos, año a año piden más y más, como si constituyeran una clase especial y privilegiada de trabajadores públicos, aprovechando que su trabajo es esencial para la buena marcha de la sociedad y que sus huelgas le producen a esta un gran daño. Con el tiempo, y como consecuencia de todo esto, la profesión de docente, a la que se solía elevar al nivel ético del apostolado, se fue demeritando a los ojos de la gente, particularmente por culpa de este sector de sindicalizados que se muestran tan prosaicamente oportunistas y ambiciosos. Por la pésima actuación de estos dirigentes sindicalistas, y de los afiliados que consiguen hacerse seguir, el oficio de docente de la enseñanza pública se ubicó a la misma altura que los otros que viven prendidos a las tetas del Estado. Es , igual que las organizaciones gremiales de funcionarios estatales, aprovechan y emplean todos los ardides y tretas sucias que la oportunidad les provee para ejercer más presión y obtener satisfacción de sus demandas, como por ejemplo el declararse en huelga al comienzo o al final del año lectivo, desesperando a padres, madres, estudiantes y a la comunidad toda que es afectada por sus medidas de fuerza, hasta que, acogotados por la necesidad de que los escolares retornen a clases, presionen a su vez sobre los gobernantes para que cedan a las pretensiones de los chantajistas agremiados y movilizados. Pero cuando en el seno social se tratan las propuestas de jerarquización de la profesión docente, de exigirles a los maestros más exámenes de calificación, más actualización, mayor tiempo de dedicación a sus labores y el mejor cumplimiento de otras responsabilidades, sus organizaciones gremiales guardan un profundo silencio o se oponen o, peor, exigen todavía más remuneración para deberes que deberían cumplir con lo que ganan. Las organizaciones gremiales de docentes de la enseñanza pública muestran haber aprendido los mismos vicios que sus pares del sector estatal. Miden la jerarquía de cargos y las remuneraciones por “la antigüedad”. Como les importa un bledo los méritos, los docentes que intentan crecer intelectual y profesionalmente, gastando dinero y tiempo extra en seguir formándose, chocan contra la pared de la indiferencia de sus dirigentes, así como de la mediocridad del sistema oficial en general. El Estado no puede premiar a los docentes meritorios porque no alcanza el dinero; es que el dinero que hoy se reparte entre todos, es por antigüedad y permanencia, no por logros. Así de simple es el vicioso régimen que convierte a nuestras escuelas públicas, en la mayoría de los casos, en meras oficinas estatales, donde toman asiento funcionarios que repiten diariamente su rutina, como si fuesen robots, para, a fin de mes, ir a cobrar sus remuneraciones. Poco o nada de apostolado ni de pasión profesional, de ética ni de sentido de dación. Todas esas viejas virtudes atribuidas al oficio docente están siendo reemplazadas por la “lucha gremial”, o sea convertirse en activista, parar, protestar, suspender las clases, hacer huelgas y manifestaciones callejeras barullentas para ganar más, enseñar y trabajar menos y desligarse de la mayor cantidad posible de obligaciones. Una profunda transformación del sentido misional de la enseñanza tiene que volver a ser introducida en la mente y el corazón de las nuevas remesas de docentes. El Estado tiene la responsabilidad de que el mérito por la capacidad profesional vuelva a ser el parámetro para promocionar y remunerar mejor a los profesionales de la educación, tarea que debe impulsarse con firmeza y perseverancia. Si se cumplen estas premisas, el Paraguay no tendrá que seguir soportando los desplantes prepotentes de estos sindicatos de docentes, que tanto daño causan a toda la sociedad. Tomado de abc de Paraguay 

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