La ecología
política: una ideología global y transformadora
Cuides
Ante la crisis ecológica generalizada, sinónima de crisis de
modelo y de civilización y que hace peligrar la supervivencia civilizada de la
humanidad, la ecología política se marca como objetivo convertirse, tanto en la
teoría como en la práctica, en una alternativa a la sociedad industrial, es
decir, en un pensamiento crítico, global y transformador. Con la caída del muro
de Berlín en 1989, quedó patente —si hacía falta después de Chernóbil y demás
escándalos en el bloque soviético— la incapacidad del socialismo realmente
existente de proveer democracia, justicia social y sostenibilidad ecológica.
Por otro lado, las miradas se concentran en el sistema socioeconómico
hegemónico actual, el liberal-productivismo, que, a pesar de su victoria
geopolítica, se muestra incapaz de resolver el incremento de las destrucciones
medioambientales y las desigualdades sociales. Peor aún: las políticas de corte
neoliberal aplicadas a partir de principios de los años ochenta agudizan las
crisis ecológicas y sociales y hacen del capitalismo verde un nuevo espejismo.
Frente a los dos sistemas dominantes y antagónicos de los últimos siglos y
ambos motor de la sociedad industrial, se afirma una tercera vía ecologista
basada en el rechazo al productivismo fuera de la dicotomía
capitalista-socialista, es decir, una nueva ideología diferenciada y no
subordinada a ninguno de los dos bloques, con un objetivo claro: cambiar
profundamente la sociedad hacia la justicia social y ambiental, para hoy y
mañana, en el Norte y en el Sur, y de forma solidaria con el resto de seres
vivos de la Tierra.
1. La ecología política como antiproductivismo
A través de sus críticas al crecimiento, al «economicismo» y
a la tecnocracia, los ecologistas van poco a poco asentando las bases de su
«descripción analítica de la sociedad» (Dobson, 1997: 23) e hilando su teoría
política en contra de un sistema que ha adquirido su lógica propia: el
productivismo. Podemos definir el productivismo como un sistema evolutivo y coherente
que nace de la interpenetración de tres lógicas principales: la búsqueda
prioritaria del crecimiento, la eficacia económica y la racionalidad
instrumental que tienen efectos múltiples sobre las estructuras sociales y las
vidas cotidianas (Degans, 1984: 17).
En este marco, la búsqueda prioritaria del crecimiento como
pilar de los sistemas productivistas es una de las dianas constantes de la
ecología política. Ésta se opone al postulado que convierte el crecimiento
—caracterizado por un aumento del volumen de la producción y consumo en un
periodo dado— en el motor del bienestar y en un objetivo intrínsicamente bueno:
“En el pasado la producción se consideró un beneficio en
sí misma. Pero la producción también acarrea costes que sólo recientemente se
han hecho visibles. La producción necesariamente merma nuestras reservas
finitas de materias primas y energía, mientras que satura la capacidad
igualmente limitada de los ecosistemas con los desperdicios que resultan de sus
procesos. […] La producción presente sigue creciendo en perjuicio de la
producción futura, y en perjuicio de un medio ambiente frágil y cada vez más
amenazado. (Georgescu-Roegen, Boulding y Daly, en Riechmann, 1995: 11)”
Al igual que estos autores, podemos recordar que la tozuda
realidad hace «que nuestro sistema sea finito» (ibídem). Como planteaba en 1972
el primer informe del Club de Roma, nos arriesgamos a un colapso del sistema
mundial debido a los «límites del crecimiento». Dicho de otra manera, el culto
de la abundancia no es compatible con la finitud de la «nave Tierra». A pesar
de que las corrientes ortodoxas clásicas y neoclásicas consideran el
«crecimiento cero» como una herejía contra el progreso, la Tierra tiene unos
límites que le impiden soportar un desarrollo económico que destruya la
biodiversidad, provoque el cambio climático, agote los recursos naturales,
etc., por encima del umbral crítico de regeneración y capacidad de carga del
planeta.(1) Por lo tanto, el productivismo se construye como una paradoja entre
un crecimiento económico infinito y un planeta finito donde los recursos y las
capacidades son por definición limitados.(2) La destrucción de la Tierra y de
las bases de la vida se deben entender por tanto como consecuencias de un
modelo de producción que exige la sobreacumulación, la maximización de la
rentabilidad a corto plazo y la utilización de una técnica que viola los
equilibrios ecológicos (Gorz, 1982).
Por otro lado, la lógica de crecimiento extensiva y
acumulativa está ligada a la búsqueda prioritaria de la eficiencia económica.
Esta lógica busca ante todo la previsión, la mecanización, la racionalización,
lo que llama a más división técnica del trabajo, más concentraciones, más
jerarquía en el saber y el poder, más institucionalización de todos los
aspectos de la vida. Así, si en el sistema productivista «todo se convierte en
objeto de competición, de consumo, de institucionalización […], es porque
reducimos los seres y las cosas a funciones asignadas, a instrumentos
vinculados a un fin concreto» (Degans, 1984: 17). Sin embargo, a juicio de Iván
Illich, esta búsqueda de la «racionalidad instrumental» conlleva la
transformación de la herramienta en un aparato esclavizante, alienante y
contraproducente: al traspasar un umbral, la herramienta pasa de ser servidor a
déspota, y las grandes instituciones de nuestras sociedades industriales se
convierten en el obstáculo de su propio funcionamiento. Más aún: para el
teórico ecologista, la función de estas instituciones es legitimar el control
de los seres humanos, su esclavización a los imperativos de la diferencia entre
una masa siempre creciente de pobres y una elite cada vez más rica. Ni la
enseñanza ni la medicina ni la producción industrial están dadas ya a escala de
la «convivencialidad humana» (Villalba, 2007). Es lo que Jacques Ellul,
precursor del antiproductivismo, ya plasmaba a través del «système technicien»,
es decir, la técnica convertida en sistema como especificidad dominante de
nuestras sociedades y la principal clave de interpretación de la modernidad:
«El ser humano que hoy se sirve de la técnica es de hecho el que la sirve»
(Ellul, 1977: 360). Para Gorz, esta crítica de la técnica, fundamento de la
ecología política y símbolo de la dominación de los hombres y de la naturaleza,
pasa a ser «una dimensión esencial de la ética de la liberación» (2006).
Por otro lado, como lo hemos visto en el apartado anterior y
a pesar de contar con fuertes mejoras tecnológicas por unidad producida, el
sistema productivista provoca una presión cada vez más elevada sobre los ecosistemas
al aumentar el volumen global de recursos naturales requeridos para producción
y consumo. Según Latouche, es el “efecto rebote” y se puede definir de la
manera siguiente: «las disminuciones del impacto y contaminación por unidad se
encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de
unidades vendidas y consumidas». (2008, p. 46). Además, el aumento general de
la brecha entre personas pobres y ricas, tanto en los países enriquecidos como
empobrecidos, muestra que el crecimiento económico ya no es una condición
suficiente para reducir las desigualdades y reforzar la cohesión social. Al
revés, las sociedades del crecimiento se ven confrontadas a un problema
estructural muy profundo, que Jacskon denomina «el dilema del crecimiento» (2011).
Por un lado, la carrera al crecimiento —que alimenta el consumo de masas, la
destrucción de los ecosistemas, un modo de vida por encima de la capacidad de
carga del Planeta, etc.— no es ecológicamente sostenible. Mientras tanto, el
decrecimiento económico es inestable —por lo menos en las condiciones actuales—
ya que un crecimiento no suficientemente sostenido en una economía cuyo núcleo
vital es el crecimiento se llama recesión y termina creando desempleo, pobreza,
desigualdad, desconfianza, deuda privada y pública, recesión. Sin embargo, esta
fe en el crecimiento como equivalente al bienestar se materializa en la
valorización actual de la «riqueza de la nación» a través del producto interior
bruto (PIB). El PIB es una herramienta parcial que calcula ante todo el
crecimiento cuantitativo de la producción sin que importen las condiciones
ecológicas y sociales de dicha producción, el agotamiento de los recursos
naturales, el valor del trabajo doméstico o del voluntariado y, en general, del
conjunto de las demás riquezas sociales y ecológicas (Marcellesi, 2012). Desde
la perspectiva del ecologismo se afirma por tanto la necesidad de una
modificación de «las herramientas que los economistas empleaban para medir el
éxito y el bienestar económico de una nación» (Carpintero, 1999: 158) y la
imprescindible renovación teórica de los conceptos de riqueza, pobreza y valor
del siglo xix.(3)
Por último, como lo resume Illich, «la organización de la
economía entera hacia la consecución del mejor-estar es el mayor obstáculo al
bienestar» (2006). El productivismo como sobrevalorización de la acumulación y
la idea de que un aumento de los bienes materiales aumenta la felicidad
representa por tanto para los ecologistas una concepción del ser humano
peligrosa para su propia supervivencia. En un mundo ecologista, un subsistema
no puede regular un sistema que lo engloba (véase la escuela de la bioeconomía:
Georgescu-Roegen en los Estados Unidos, José Manuel Naredo y Joan Martínez
Alier en España (1991) o René Passet en Francia). Dicho de otra manera, la
regulación del sistema vivo no se puede realizar a partir de un nivel de
organización inferior como es la economía, que actúa con sus propias
finalidades. La economía es parte integrante de la sociedad, ella misma parte
de la biosfera. Por lo tanto, el mercado —que no es más que una parte de la
economía— no puede imponer su modo de funcionamiento al resto de los niveles.
Sólo una organización controlada por finalidades globales tiene legitimidad en
un sistema ecologista.
Enviado en red foroba
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