viernes, 18 de diciembre de 2015

HÉROE DE LA LIBERTAD DE AMÉRICA , SIMON BOLIVAR

 El único revés que doblegó a Bolívar
La tarde del 17 de diciembre de 1830, "El Libertador" Simón Bolívar, salía del mundo de los vivos por la puerta en que los héroes se convierten en le­yenda
Autor: Dilbert Reyes Rodríguez, En su corta vida, Bolívar jamás se rindió a las circunstancias, ni a las más terribles o desmoralizantes. Foto: psuv.org.ve
VENEZUELA.— A la una, tres minutos y 55 segundos de la tarde del 17 de diciembre de 1830, el General Simón Bolívar salía del mundo de los vivos por la puerta en que los héroes se convierten en le­yenda.
Toda la historia que escribió, con la espada y la pluma, dice que sus 47 años fueron poco tiempo para ideales tan grandes, como aquellos que enarboló y defendió en nombre de los pueblos, y a veces con ellos a cuestas: la independencia y la unión.
Nacido en cuna de oro, hijo de una familia encumbrada de Caracas y heredero de la fortuna suficiente para hacer una vida acomodada al gusto más holgado y presuntuoso, el Libertador de América murió desposeído y enfermo, en una finca de la colombiana Santa Marta.
A su lado, el doctor y unos pocos amigos militares, de los que hasta última hora rindieron fidelidad, a pesar de los desmembramientos que el gran sueño de su lucha padecía: Venezuela y Ecuador se separaban, irremediablemente, de la Gran Colombia que fundó como nación y quiso sostener por encima de todos los intereses.
Cuenta la historia que fue el general Mariano Montilla el que exclamó tras el último suspiro, sin contener el llanto: “¡Ha muerto el sol de Colombia!”; antes de desenvainar la espada y cortar de un tajo el péndulo del reloj que eternizó la hora exacta del deceso.
Y es que después de conseguir la independencia de las tierras americanas que liberó —Nueva Granada, Perú, Venezuela, Bo­livia y Ecuador—, la unión en una sola República fue el anhelo mayor de la gesta que significó su vida.
Menuda coincidencia —no lo parece tanto, sino un capricho circular de la historia— que también un 17 de diciembre, 11 años antes, Bolívar presidiera el Congreso de Angostura, en el cual decretó, precisamente, la unión de Venezuela, Nueva Granada y Quito en la República de la Gran Colombia.
Aquella articulación, que tuvo el propósito de crear una nación poderosa, capaz de resistir militar, política y económicamente a los imperios de Europa, y conservar su independencia, era la misma utopía que ahora, a la par del ocaso físico del héroe, moría también.
Desde mayo del propio 1830 había iniciado la disolución del eje bolivariano, minado por el caudillismo, el nacionalismo, las tensiones de la oligarquía, y sobre todo, debido a las contradicciones políticas entre los federalistas y los partidarios del centralismo por el que abogaba El Libertador; quien defendía que solo bajo sus auspicios podría armonizarse la heterogeneidad de culturas y de razas, incompatible con la federación.
Murió con esa tristeza. Demasiado visible debió ser la pesadumbre, la impresión del fracaso en el semblante y el vi­gor del general, cuando el médico francés contratado por Montilla —Ale­jandro Reverend, quien se negó obstinadamente a cobrar honorarios por atender a Bolívar— resumió en su visita inicial: “Las frecuentes impresiones del paciente indicaban padecimientos morales”, antes de reparar en la grave enfermedad pulmonar que lo aquejaba. En su corta vida de agitaciones telúricas, de batallas a muerte, de episodios gloriosos, pero también de reveses fulminantes, jamás el prócer se rindió a las circunstancias, ni a las más terribles o desmoralizantes.
Al perder la Primera República, se había ido a Cartagena, refugio personal y rampa de lanzamiento de un manifiesto histórico que trazó líneas premonitorias, aplicables todavía hoy, incluso, a la realidad difícil de la Revolución en Venezuela.
De aquel impasse, compulsado quizá por el brío juvenil de un guerrero impetuoso, tuvo el tino y el genio suficiente para escarbar en las causas del fracaso, reparar en el carácter necesariamente clasista de la nueva guerra que debía librar, y arremeter otra vez contra Venezuela en aquel empuje arrasador de 1813 que llevó el nombre de Campaña Admirable.
Apenas un año después volvería a tragar el buche amargo de un revés tremendo, cuando el asedio indetenible de los ejércitos llaneros al mando del asturiano José Tomás Boves, provocó el éxodo de la población de Caracas hacia el oriente del país.
De nuevo en el exilio, sacó las lecciones necesarias, refrendadas en la legendaria Carta de Jamaica; la cual sería declaración de principios y base programática de un periodo largo de seis años de preparación de la contienda que llevaría al continente la independencia definitiva.
De cuanto revés tuvo —incluidas traiciones, intrigas de sus cercanos, complots de asesinato— Bolívar se incorporó con hi­dalguía ejemplar.
Por eso le faltó tiempo. Los 47 años resultaron muy poco para el carácter demostrado, la capacidad estoica de ponerse en pie luego de cada tropiezo.
Unos dicen que tras renunciar a la presidencia de la Gran Colombia, se habría ido a Inglaterra a recobrar su salud y a escribir sus memorias. Otros, que empezaría otra vez por reconquistar la unión. Sería lo más ajustado a lo que había sido el hombre; aquel que como tesis de vida sentenció para la historia: “El arte de vencer se aprende en las derrotas”.
Al cabo de 185 años, la única Revolución que después de Bo­lívar retomó las banderas de su ideología y al amparo de su postu­lado refundó a Venezuela, vive hoy un revés de laboratorio; ar­ticu­lado en una especie de conspiración continental moderna, que reedita la arremetida secular de las oligarquías nacionales y sus financistas externos, contra los gobiernos progresistas.

Refrendado en su Constitución, la República actual le hace honor a El Libertador desde su propio nombre. Es Bolivariana, y como nunca antes, sus fuerzas revolucionarias entenderán que el guerrero “tiene que hacer en América todavía”… empezando por casa. TOMADO DE LA GRANMA DE CUBA 

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