El único revés que
doblegó a Bolívar
La tarde del 17 de diciembre de 1830, "El
Libertador" Simón Bolívar, salía del mundo de los vivos por la puerta en
que los héroes se convierten en leyenda
Autor: Dilbert Reyes Rodríguez, En su corta vida, Bolívar
jamás se rindió a las circunstancias, ni a las más terribles o desmoralizantes.
Foto: psuv.org.ve
VENEZUELA.— A la una, tres minutos y 55 segundos de la tarde
del 17 de diciembre de 1830, el General Simón Bolívar salía del mundo de los
vivos por la puerta en que los héroes se convierten en leyenda.
Toda la historia que escribió, con la espada y la pluma,
dice que sus 47 años fueron poco tiempo para ideales tan grandes, como aquellos
que enarboló y defendió en nombre de los pueblos, y a veces con ellos a
cuestas: la independencia y la unión.
Nacido en cuna de oro, hijo de una familia encumbrada de
Caracas y heredero de la fortuna suficiente para hacer una vida acomodada al
gusto más holgado y presuntuoso, el Libertador de América murió desposeído y
enfermo, en una finca de la colombiana Santa Marta.
A su lado, el doctor y unos pocos amigos militares, de los
que hasta última hora rindieron fidelidad, a pesar de los desmembramientos que
el gran sueño de su lucha padecía: Venezuela y Ecuador se separaban,
irremediablemente, de la Gran Colombia que fundó como nación y quiso sostener
por encima de todos los intereses.
Cuenta la historia que fue el general Mariano Montilla el
que exclamó tras el último suspiro, sin contener el llanto: “¡Ha muerto el sol
de Colombia!”; antes de desenvainar la espada y cortar de un tajo el péndulo
del reloj que eternizó la hora exacta del deceso.
Y es que después de conseguir la independencia de las
tierras americanas que liberó —Nueva Granada, Perú, Venezuela, Bolivia y
Ecuador—, la unión en una sola República fue el anhelo mayor de la gesta que
significó su vida.
Menuda coincidencia —no lo parece tanto, sino un capricho
circular de la historia— que también un 17 de diciembre, 11 años antes, Bolívar
presidiera el Congreso de Angostura, en el cual decretó, precisamente, la unión
de Venezuela, Nueva Granada y Quito en la República de la Gran Colombia.
Aquella articulación, que tuvo el propósito de crear una
nación poderosa, capaz de resistir militar, política y económicamente a los
imperios de Europa, y conservar su independencia, era la misma utopía que
ahora, a la par del ocaso físico del héroe, moría también.
Desde mayo del propio 1830 había iniciado la disolución del
eje bolivariano, minado por el caudillismo, el nacionalismo, las tensiones de
la oligarquía, y sobre todo, debido a las contradicciones políticas entre los
federalistas y los partidarios del centralismo por el que abogaba El
Libertador; quien defendía que solo bajo sus auspicios podría armonizarse la
heterogeneidad de culturas y de razas, incompatible con la federación.
Murió con esa tristeza. Demasiado visible debió ser la
pesadumbre, la impresión del fracaso en el semblante y el vigor del general,
cuando el médico francés contratado por Montilla —Alejandro Reverend, quien se
negó obstinadamente a cobrar honorarios por atender a Bolívar— resumió en su
visita inicial: “Las frecuentes impresiones del paciente indicaban
padecimientos morales”, antes de reparar en la grave enfermedad pulmonar que lo
aquejaba. En su corta vida de agitaciones telúricas, de batallas a muerte, de
episodios gloriosos, pero también de reveses fulminantes, jamás el prócer se
rindió a las circunstancias, ni a las más terribles o desmoralizantes.
Al perder la Primera República, se había ido a Cartagena,
refugio personal y rampa de lanzamiento de un manifiesto histórico que trazó
líneas premonitorias, aplicables todavía hoy, incluso, a la realidad difícil de
la Revolución en Venezuela.
De aquel impasse, compulsado quizá por el brío juvenil de un
guerrero impetuoso, tuvo el tino y el genio suficiente para escarbar en las
causas del fracaso, reparar en el carácter necesariamente clasista de la nueva
guerra que debía librar, y arremeter otra vez contra Venezuela en aquel empuje
arrasador de 1813 que llevó el nombre de Campaña Admirable.
Apenas un año después volvería a tragar el buche amargo de
un revés tremendo, cuando el asedio indetenible de los ejércitos llaneros al
mando del asturiano José Tomás Boves, provocó el éxodo de la población de
Caracas hacia el oriente del país.
De nuevo en el exilio, sacó las lecciones necesarias,
refrendadas en la legendaria Carta de Jamaica; la cual sería declaración de
principios y base programática de un periodo largo de seis años de preparación
de la contienda que llevaría al continente la independencia definitiva.
De cuanto revés tuvo —incluidas traiciones, intrigas de sus
cercanos, complots de asesinato— Bolívar se incorporó con hidalguía ejemplar.
Por eso le faltó tiempo. Los 47 años resultaron muy poco
para el carácter demostrado, la capacidad estoica de ponerse en pie luego de
cada tropiezo.
Unos dicen que tras renunciar a la presidencia de la Gran
Colombia, se habría ido a Inglaterra a recobrar su salud y a escribir sus
memorias. Otros, que empezaría otra vez por reconquistar la unión. Sería lo más
ajustado a lo que había sido el hombre; aquel que como tesis de vida sentenció
para la historia: “El arte de vencer se aprende en las derrotas”.
Al cabo de 185 años, la única Revolución que después de
Bolívar retomó las banderas de su ideología y al amparo de su postulado
refundó a Venezuela, vive hoy un revés de laboratorio; articulado en una
especie de conspiración continental moderna, que reedita la arremetida secular
de las oligarquías nacionales y sus financistas externos, contra los gobiernos
progresistas.
Refrendado en su Constitución, la República actual le hace
honor a El Libertador desde su propio nombre. Es Bolivariana, y como nunca antes,
sus fuerzas revolucionarias entenderán que el guerrero “tiene que hacer en
América todavía”… empezando por casa. TOMADO DE LA GRANMA DE CUBA

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