Caacupé, paradigma
del encuentro nacional
Por Padre Humberto Villalba
De casi todos los rincones de la patria, como si de repente
olvidáramos nuestras prerrogativas o infortunios sociales o nuestras
rivalidades y rencillas políticas, sin más compromiso de conciencia que la de
querer llegar junto a la Madre milagrosa, nos unimos a la “caravana de los
promeseros que asciende la loma de Caacupé”.
La imagen del estoico promesero que, bajo un sol ardiente o
empapado en una lluvia torrencial acelera los pasos para llegar, por lo menos,
a tocar el anda de la Virgen, como una posta de victoria, es un trasunto fiel
de la vida y de la fe del hombre, que es penosa y exigente y que no acepta
clientes apenas doctrinales.
Allá en la altura de los cerros, donde se estremece la
dignidad más noble y flamea la libertad más sublimada de la naturaleza humana,
Dios y el hombre se encuentran y se abrazan a la sombra de la Madre de Dios.
¿Cuáles son las verdaderas motivaciones y la marca de autenticidad cristiana de
los promeseros de Caacupé?
He aquí una pregunta que inquieta la conciencia escrupulosa
del teólogo y alimenta el mal disimulado prejuicio de los no-católicos y de los
que quieren creer todavía que la religión es el opio del pueblo.
¿Se puede ser sincero al pie de la Virgen cuando se ha
pisoteado los más elementales principios morales de la honestidad, de la
justicia, de la verdad?
¿Cómo se puede justificar una fe cristiana cuando se vive de
espalda a las normas del Evangelio y se desprecia, con altanería, la autoridad
de la iglesia?
¿Cómo se puede exhibir una fe cristiana si se ha hecho de
los “ídolos” la obsesión de la vida sin tener en cuenta los medios para
lograrlos? ¿Tiene sentido una peregrinación a Caacupé si se ha hipotecado la
conciencia cristiana por treinta monedas de plata? Como diría nuestro querido
papa Francisco: “¿Quién soy yo para juzgar?
Caacupé, ciertamente, puede ser un punto de partida para
sopesar nuestra conciencia. Nuestra devoción a la Virgen María no debe terminar
con la peregrinación, la procesión o la vela prendida ante su imagen. El culto
a María no es un fin en sí mismo.
María necesariamente tiene que conducirnos a Jesús. Caacupé
apenas es un camino, largo y azaroso es verdad, como todos los caminos que
conducen a Dios. No temamos cansarnos, pues María es la Madre que nunca se
cansa de esperar. * Sacerdote redentorista TOMADO DE ABC DE PARAGUAY

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