EL TRÁGICO CAMINO DE LA GRANJA AL CONTENEDOR
En España, 7,7
millones de toneladas de alimentos (unos 163 kilos por persona, de media) que
podrían haberse consumido acaban en la basura cada año. Son productos que se
desechan a causa de los malos hábitos de consumo, los altos estándares de
calidad de las empresas (que rechazan los que no cumplen sus cánones estéticos)
o la mala planificación de comercios y ciudadanos. Una realidad escandalosa que
se hace aún más aberrante a medida que aumentan los estragos causados por la
crisis.
El Gobierno busca ponerle coto ahora a este problema con una
estrategia para concienciar del valor de los alimentos, y estudia cambiar la
normativa para que aquellos productos que vayan a desecharse se reutilicen o se
donen. El objetivo es analizar las reglas con las que las empresas hacen sus
cribas antes de que el producto llegue al consumidor. Los patrones actuales
llevan a rechazar alimentos perfectamente buenos solo por criterios estéticos.
También se quiere lograr que aquellos productos cuya fecha de consumo
preferente vaya a pasar (que siguen siendo seguros pero no conservan todo su
sabor, color o aroma) se reintroduzcan en el ciclo alimentario de alguna forma
y no se destruyan sin más.
El diputado de Compromis-Equo Joan Baldoví propuso hace poco
una iniciativa parlamentaria para frenar el desperdicio. En ella se incluían
medidas coercitivas para aquellos que despilfarrasen con prácticas como la de
eliminar los excedentes. Sin embargo, a pesar de la contradicción que supone
que el Gobierno prepare ahora su propia estrategia, su propuesta fue rechazada
por el PP. Baldoví pretendía aplicar el principio de “quien contamina paga”
para frenar unos residuos que tienen un elevado coste medioambiental y social.
El problema se produce a lo largo de toda la cadena, desde
el campo o la granja hasta la mesa. Pero uno de los principales problemas,
reconoce Fernando Burgaz, director general de Industria Alimentaria, es que no
se tiene información exacta de la cantidad de alimentos desperdiciados ni de
todos los factores que influyen en el proceso.
El Ministro Miguel Arias Cañete ha firmado un convenio con
la Federación Española de Bancos de Alimentos y la Asociación Multisectorial de
Fabricantes y Distribuidores (AECOC), al que se han adherido más de 100
empresas, para frenar el desperdicio. Las compañías se comprometen a reducir
ese despilfarro siendo más eficientes en la producción, reduciendo los tiempos
de distribución y planificando mejor sus producciones para evitar que las
mercancías se acumulen, cuenta el secretario general de AECOC, José María
Bonmatí y afirma que “Tenemos que optimizar y reducir el desperdicio casi a
cero. Es una cuestión social, pero también medioambiental”.
Una de las formas de darles uso es donarlos a organizaciones
o bancos de alimentos. Ya se hace en algunos casos con excedentes de frutas y
verduras. Los que no se donan son aquellos productos cuya fecha de consumo
preferente acaba de pasar o está cerca. Algo “incomprensible”, según los
responsables de las organizaciones que tienen programas de ayuda para
alimentación a personas en riesgo de exclusión. “Son alimentos que son sanos e
inocuos, pero que quizá no estén tan frescos. Se podrían donar perfectamente”,
apunta José Antonio Busto Villa, director general de los Bancos de Alimentos, entidades
que el año pasado dieron de comer a dos millones de personas en España.
Las autoridades españolas estudiarán, dentro de la
estrategia de Agricultura, si ese tiempo límite que la industria impone a sus
alimentos es correcto. “Las tecnologías de envasado han evolucionado, con lo
que muchos productos pueden tener más vida útil de la que tienen reconocida
oficialmente”, apunta el director general de Industria Alimentaria, que explica
que también se tendrá en cuenta si el tamaño de los envases se adapta a las
necesidades de los consumidores o promueve el desperdicio. Este, también puede
ser uno de los puntos claves ya según estimaciones europeas, que el 42% de los
desechos alimentarios se produce en los hogares.
“En los hogares se tira una parte importante de productos.
Sea porque la gente puede tender a acumular, porque no los conservan bien o
porque no tienen información suficiente de cómo hacerlo. También porque la
mayoría confunde la fecha de caducidad con la de consumo preferente”, opina
Fernando Burgaz, director general de Industria Alimentaria y pide que se cree
una regulación para que en los envases conste una sola fecha, “la del último
día que se puede consumir el producto sin riesgo”.
Por el momento, la industria no tiene planes de cambiar el
etiquetado. Sin embargo, el responsable de AECOC explica que las compañías
iniciarán (junto a Agricultura) una campaña de información al consumidor sobre
las condiciones de conservación y consumo.
Antes de llegar a la tienda también se desperdicia. Las empresas
productoras generan el 39% de los desechos. Y es que a veces las normas por las
que se rige la comercialización de productos frescos (verduras, hortalizas)
impiden la venta de los que tienen alguna imperfección o no tienen el tamaño
adecuado.
“Se intenta derivar
los excedentes a la industria para fabricación de derivados. Se dona lo que se
puede. Se busca tirar lo menos posible”, dice Diego Juste, de la Unión de
Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA). Pero, como denuncia la Organización de
Naciones Unidas para Agricultura (FAO), a veces a las empresas les resulta más
caro reutilizar el producto (fabricando otra cosa o donándolo) que tirarlo.
ENVIADO POR ISR
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