El despilfarro de alimentos
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El problema del despilfarro de alimentos está determinado
por el sistema económico dominante y por una organización social fundamentada
en una estructura propia de provisión de alimentos. Todo ello impulsado por la
cultura consumista inherente al sistema capitalista, pero es preciso abordar,
también, esta problemática desde el ámbito cultural para comprender que no es
una cuestión completamente ajena al común de los consumidores. Tal y como
señala Tim Lang (profesor de política alimentaria en la City University de
Londres):
La comida sale a borbotones de la maquinaria de los
supermercados y acaba inundando a los consumidores. Éstos son cómplices
voluntarios: el modelo de abundancia de comida es intrínseco a la cultura de
consumo. La oferta está dictando la demanda; la cola está moviendo al perro.[1]
Alguna práctica resultante de este sistema económico es la
destrucción de excedentes, a través de la cual se pueden defender los precios
de los alimentos. Otras destacables pueden ser las pérdidas que se generan en
el transporte, restaurantes, comedores o el papel de los supermercados que
incitan de forma clara a un sobreconsumo que pretende elevar las compras por
encima de nuestras necesidades reales y de un consumo responsable.
Los países pobres son los que más sufren esta deriva
consumista que provoca una escasez de alimentos para una parte importante de
sus habitantes. A su vez, en estos territorios empobrecidos, las pérdidas de
alimentos se producen fundamentalmente en la primera etapa de la cadena
alimentaria, en la fase de producción. La ausencia de infraestructuras aptas
para unas condiciones de refrigeración y almacenamiento necesarias, así como el
bajo nivel tecnológico condenan doblemente a estos países. Sin embargo se puede
observar que en los países industrializados, las pérdidas se concentran
alrededor de un 40% en la distribución y en la fase de consumo final.
Una relación evidente entre el despilfarro generado en los
países enriquecidos y su repercusión en los países más pobres la encontramos en
los precios de cereales como el trigo, el arroz o el maíz. Estos cereales
tienen precios globales que determinan el coste de estos alimentos en los
mercados asiáticos o africanos del mismo modo que lo hacen para los
supermercados europeos o norteamericanos.
La cantidad de cereales que los países ricos importan y
exportan depende de la cantidad que se consume en el interior de estos pero también
de la que se tira a la basura. Esto tiene una relación directa con la
penuria alimentaria que existe en los países empobrecidos, ya que si desde
occidente se envían al cubo de la basura millones de toneladas de cereales,
esta práctica conllevará que existan menos cereales disponibles en el mercado
mundial. Esto también genera una mayor presión sobre los suministros de
alimentos mundiales, lo que supone una subida de precios que repercutirá
negativamente en la capacidad de las personas pobres para poder comprar una
cantidad de alimentos suficiente para sobrevivir. Llegados a este punto es
conveniente destacar la siguiente afirmación de Tristam Stuart (uno de los
mayores expertos en las cuestiones sociales y medioambientales de la
alimentación):
Dado que el suministro de alimentos se ha convertido en un
fenómeno global y especialmente cuando la demanda es mayor que la oferta, tirar
alimentos al cubo de la basura equivale verdaderamente a detraerlos del mercado
mundial y quitárselos de la boca a quienes pasan hambre.[2]
Esta es una de las consecuencias ocasionadas por tratar la
comida como una mera mercancía de consumo absolutamente desposeída de valores y
en muchos casos de calidad, que obedece únicamente a una lógica y a unas reglas
económicas del mercado.
Otra grave consecuencia es la huella del desperdicio de
alimentos o lo que es lo mismo: el daño a los recursos naturales.
Recientemente se ha llevado a cabo el primer estudio -elaborado por la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura o
FAO, por sus siglas en inglés- sobre las consecuencias que tiene la práctica
del despilfarro alimentario para el clima, el uso del agua y el suelo y la
biodiversidad.[3]
Pese a que la demanda de los países ricos puede estimular la producción y por
ende repercutir “positivamente” en la actividad económica de los países
empobrecidos; la creación de excedentes conlleva perjuicios inasumibles cuando
se alcanzan los límites ecológicos.
Hemos de ser conscientes de que todos los alimentos que
producimos pero que a posteriori no consumimos, gastan un volumen de agua
altísimo, y también conllevan la emisión de millones de toneladas de gases de
efecto invernadero que se acumulan en la atmósfera. Los inconvenientes
relacionados con el uso de la tierra, el agotamiento de los recursos, etc., son
cuestiones que se han de afrontar como una prioridad.
El pasado 16 de octubre se ha celebrado el Día Mundial de la
Alimentación en 150 países. El evento fue llevado a cabo en la sede central de
la FAO en Roma, ha dejado, una vez más, una declaración de buenas intenciones
que difícilmente podrán llevarse a cabo dentro de los márgenes de la lógica
económica dominante. La Ministra Italiana de Política Agraria, Alimentaria y
Forestal también abordó la problemática en términos culturales ya que concluyó
que: «la reducción del desperdicio de alimentos no es en realidad sólo una
estrategia para tiempos de crisis, sino una forma de vida que debemos
adoptar si queremos un futuro sostenible para nuestro planeta».[4]
El despilfarro es una variable creada por el actual sistema
económico pero de esto no se ha de deducir que el plano individual es
intrascendente. Esta deriva consumista se puede combatir también como
individuos concienciados del claro componente cultural de este problema. Carlo
Petrini -fundador y cabeza visible del movimiento internacional Slow Food-
señala que:
En un plano individual es más fácil de lo que se piensa: no
despilfarrar, recuperar las recetas, de las que es rica nuestra tradición
gastronómico-cultural, que aprovecha las sobras, hacer la compra de manera
equilibrada y precisa, no ceder a los engaños de la gran distribución y de sus
grandes ofertas, consumir preferiblemente productos locales y de temporada,
hacer más veces la compra, .etc.[5]
El movimiento Slow Food[6] –que actualmente
cuenta con más de 100.000 miembros en 150 países- es una de las plasmaciones
del cambio desde abajo, desde la toma de conciencia como individuos
responsables. Este movimiento pretende modificar ciertos patrones dietéticos
poco saludables de los que somos partícipes, fundamentados en un consumo
elevado de carne muy procesada y ecológicamente destructiva. Slow Food
sólo es un ejemplo de práctica contracultural pero nos sirve para ilustrar la
idea de que cada uno de nosotros tiene una cuota de responsabilidad en
esta obscenidad alimentaria y medioambiental.
Notas:
[1]
T. Stuart, Despilfarro: el escándalo global de la economía, Alianza
Editorial, Madrid, 2011, p. 100.
[2]
T. Stuart, «Posesiones perecederas», PAPELES de relaciones ecosociales y
cambio social, Nº120, 2013, p. 142.
[3]
Véase http://www.fao.org/docrep/018/i3347e/i3347e.pdf
[5]M.
Di Donato, «Entrevista a Carlo Petrini», PAPELES de relaciones ecosociales y
cambio global, Nº 118, 2012, pp. 200-201.
Tomado de envío en red foroba

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