LOS CATACLISMOS NATURALES, LOS CAMBIOS CLIMÁTICOS Y DIOS
¿Dónde está y qué hace Dios?
Elementos para la
reflexión de los cristianos acerca de algunas cuestiones ecológicas
Reflexión Bautista. Año
4, N° 22 (Febrero-Marzo): 7 (2006).
Introducción
Desde fines
del año 2004 los medios de comunicación nos han informado acerca de una serie
de cataclismos y desastres ocurridos en diversas partes de nuestro Planeta,
algunos naturales y otros no, estos últimos relacionados a un conjunto de
fenómenos genéricamente conocidos como cambio climático global.
Se ha afirmado que lo ocurrido
ese fatídico 26 de diciembre del 2004, que afectó a una docena de países del
sudeste asiático bañados por el Océano Indico, ha sido la segunda catástrofe o
tragedia natural más grave de la historia de la humanidad. Los cómputos –que
nunca dejaron de ser provisorios– indicaron que aproximadamente 250 mil
personas perdieron la vida. El panorama es más crítico si tenemos en cuenta
que, además deben sumarse como víctimas adicionales del
desastre a no menos de otras 5 millones. Son los sobrevivientes que no sólo
padecen la pérdida de sus seres queridos. También vieron afectados sus modos de
subsistencia, la fuente de sus alimentos, sus trabajos, viviendas, etc. lo que
configura un cuadro de altísimo riesgo que se agrava si consideramos los
efectos ambientales, tales como la desaparición de islas, deslizamientos
superficiales, destrucción y/o fragmentación de habitats, la contaminación del
suelo y del agua dulce (superficial y subterránea), etc.
Curiosamente, este drama tuvo
lugar pocos días después de la “Conferencia de las Partes-10” que se celebró en
la ciudad de Buenos Aires, un foro de las Naciones unidas donde representantes
de casi 200 países y Organizaciones discutieron y procuraron consensuar medidas
de atenuación y remediación de los efectos adversos sobre el clima generados
por la actividad humana, especialmente en los países más industrializados del
mundo. Muchas de las víctimas creyentes –hindúes,
musulmanes, budistas, cristianos– tanto del sudeste de Asia como de nuestro
medio, se platearon por igual ¿dónde estaba Dios en medio de toda esta
tragedia?, o ¿dónde estuvo mientras ocurrían los tsunamis?, ¿cómo un Dios como
el mío, un Dios de amor, pudo consentir estas desgracias? ¿por qué permitió que
ocurran los tsunamis? Muchos de los afectados por la catástrofe se estarán
preguntando ¿qué habremos hecho para merecer esto?, ¿por qué nos abandonó
Dios?, o ¿es que habrá sido un castigo?
Para algunos, su fe espiritual
fue estímulo suficiente para recoger lo poco remanente de sus pertenencias,
para aferrarse a las vidas de quienes los rodeaban en su hogar o en su
comunidad, y emprender nuevamente un larguísimo camino de reconstrucción. Para
muchos otros, seguramente que habrá sido suficiente reconocer que el amor de
Dios se pudo haber manifestado, por ejemplo, en la enorme movilización de ayuda
y auxilio que se puso en marcha inmediatamente después del desastre.
Aquéllas preguntas no deben
sorprendernos. Las catástrofes naturales reales, que son imprevisibles e
incontrolables en sus efectos, de la magnitud de las ocurridas a fines del 2004
ó en septiembre del año pasado en Nueva Orleáns, son hechos violentos que
modifican rutinas, desplazan máscaras de suficiencia, optimismo y orgullo, y
hacen temblar la “paz” de algunas certidumbres (“es muy improbable que ocurra”,
“no me sucederá a mí porque Dios me protege”, etc.). Pero también hemos de
reconocer que son preguntas sin respuesta, nos cuesta entender el “ocultamiento”
de Dios del escenario. El horror en el que nos
sumen las catástrofes ambientales nos recuerda, de golpe, qué somos en verdad.
Que los seres humanos, lejos de ser dueños de la Creación, somos parte de ella
y por tanto vulnerables –igual que otras especies– a esas fuerzas que escapan
de nuestro control. Por otro lado, frente a los cambios climáticos, nos
enfrentamos con la realidad de que nuestras acciones no pasan desapercibidas
para la naturaleza que reacciona “naturalmente” cuando es agredida por el ser
humano negligente, descuidado o egoísta. En otras palabras, estos sentimientos
deberían inducir en nosotros una actitud de humildad y respeto por nuestro
“hogar” común que es la Tierra. Es más, los desastres naturales nos deben
advertir que el sufrimiento provocado no afecta sólo a las personas, sino a la
Creación entera.
Cambio climático y “tsunamis” no son sinónimos
¿Existe alguna
vinculación entre los eventos naturales, ejemplificados en los tsunamis o
terremotos, y el cambio climático? Señalemos primero algunas diferencias
importantes. Sabemos que millones de seres humanos fueron víctimas inocentes
–desde el remoto pasado de su historia sobre la Tierra hasta aquél 26 de
diciembre de 2004 en el sudeste asiático o el sismo ocurrido poco después en la
frontera de India y Pakistán– de cataclismos naturales que no se pudieron
anticipar a las víctimas a tiempo.
El terremoto ocurrido en el
Océano Indico, de intensidad 9 en la escala de Richter, a no menos de 5 mil
metros de profundidad, se inscribe en una compleja dinámica geofísica de
nuestro Planeta que tiene una larga historia, muy anterior al momento en que
aparece nuestra especie sobre su superficie. En otras palabras, los tsunamis
son, diferentes de los cataclismos ecológicos de origen antrópico o humano. La
historia biogeológica de nuestro Planeta nos enseña que los eventos naturales
se acompañan por impactos sobre la biodiversidad y la distribución de las
especies en la Biosfera. Nada ni nadie puede asegurar que otras catástrofes de
este tipo no vayan a ocurrir en el futuro.
En cambio, hay otros
desastres, de los cuales muchas veces somos los principales responsables, y que
sí son previsibles en su intensidad y consecuencias. Es el caso de las
modificaciones climáticas. La información científica disponible muestra en
forma fehaciente que la atmósfera de la Tierra se está recalentando. La
Ciencia nos informa que las emisiones contaminantes gaseosas, debidos al uso
creciente de combustibles fósiles están cambiando la composición de la
atmósfera provocando cambios climáticos en el único sitio del universo donde
han prosperado y evolucionado todas las formas vivientes. La misma Ciencia ha
demostrado que esas emisiones provienen mayormente de las sociedades
industrializadas y que los pobres, y las generaciones vulnerables, presentes y
futuras, humanas y no humanas, serán las que padecerán con mayor intensidad los
impactos perjudiciales de esas acciones perversas; estas consideraciones
incorporan a la discusión un componente ético que no se puede soslayar al
analizar el problema, en términos de justicia y de derechos humanos.
Si bien algunas agencias
noticiosas difundieron la explicación de los tsunamis presentándolo como
presunta consecuencia de explosiones nucleares subterráneas y clandestinas, el
mundo científico no las ha compartido. Por ahora, no es posible para los
humanos controlar a las fuerzas que pueden generar tsunamis. En cambio, gracias
al don del conocimiento científico moderno podemos –según el caso– anticipar,
prevenir, atenuar y hasta remediar los efectos de nuestras acciones que
provocan cambios ecológicos que, en diferente grado, todos apreciamos.
Sabemos que aquél aumento en la temperatura de la capa
gaseosa que rodea al Planeta provoca numerosos efectos adversos para el balance
de sus relaciones térmicas e hídricas que ya se ponen de manifiesto como
elevación de los niveles de los mares, aumentos en las frecuencias e
intensidades de las tormentas, cambios climáticos erráticos y extremos in-
dependientes de la estación, sequías agudas seguidas por inundaciones. Cabe
señalar que los efectos de los tsunamis se apreciaron mayormente en zonas
costeras, las mismas que ya padecen o están en riesgo debido a los cambios
climáticos.
En suma, gracias a nuestro
saber científico-tecnológico, conocemos el origen de las catástrofes ecológicas
provocadas y también cómo prevenirlos y corregir los efectos adversos de las
mismas.
Pobreza y consecuencias de los cataclismos
ambientales
La pobreza y los modelos
económicos son factores determinantes de la vulnerabilidad de las poblaciones
humanas cuando deben enfrentar a uno u otro tipo de cataclismo. Nadie lo
discute. Comparemos, por ejemplo, el número de muertos registrados en Haití
debido a los tornados de Septiembre de 2004 con la cantidad de personas
afectadas cuando el mismo evento alcanzó, pocas horas después, otras islas
caribeñas o las costas orientales de EE.uu. de NA. Más recientemente, el
periodismo nos mostró de manera más que elocuente la misma relación entre pobreza
y víctimas de los efectos de un desastre en el caso del huracán Katrina.
La gran diferencia numérica de
víctimas registradas en Haití con respecto a la consignada en otros sitios de
la región se debió –entre otras razones– a la carencia de sistemas modernos de
pronóstico y de infraestructura para la protección y prevención de los daños;
todos hemos visto por TV cómo los habitantes del estado de Florida se
preparaban con días de anticipación para recibir el mismo tornado cubriendo en
pocas horas todas las aberturas de sus viviendas con gruesas placas de madera
que fijaban mediante herramientas automáticas, trasladándose luego
(en auto) a refugios especiales preparados por el Gobierno para esperar allí el
paso y alejamiento del tornado, provistos de todas las comodidades sanitarias y
alimentarias.
La misma TV nos mostraba otro
contraste: vimos a los haitianos llorando sus muertos y desaparecidos en medio
de las calles convertidas en gigantescos lodazales, con agua y barro deslizados
de cerros deforestados y sin protección.
En Asia causó estupor apreciar
cómo pocas horas después del desastre, había turistas asoleándose en las mismas
playas que día a día “recibían” a los muertos que el mar devolvía a las costas.
Y no muy lejos de ellos, los refugiados víctimas de los tsunamis albergados, en
el mejor de los casos, en carpas o en edificios sin techos ni puertas, o sus
heridas atendidas en hospitales de campaña a la intemperie. Todo un vívido y
dantesco cuadro de “esquizofrenia consumista”.
Pareciera que las ventajas del
desarrollo científico son sólo para algunos: los equipos detectores
anticipatorios de lo que habría de suceder en Asia estaban en Hawaii, pero en
el escenario de la catástrofe no se disponían de los receptores de esas
advertencias o de personal capacitado en cantidad suficiente para el manejo de
esos instrumentos, o quienes las recibían no creían en la veracidad de la
información que les llegaba.
Se dijo que el mundo entero se
hizo presente para auxiliar a las víctimas de los tsunamis. Pero es oportuno
que sepamos también que no toda esa movilización fue altruista, solidaria y
despojada de algún interés sectorial; los países afectados tienen deudas
externas impagables e incobrables, que superan los 300 mil millones de dólares.
Con indignación hemos sabido que la hilacha de la corrupción se hizo ver; algunos
gestos que se presentaron como “solidarios” fueron nada más que prórrogas en
los plazos límites de los cobros. En otros, la “solidaridad” se expresó a veces
en aportes económicos pero en carácter de anticipos, esto es, que se sumarán a
las deudas pre-existentes, aumentando la brecha entre el desarrollo y el
subdesarrollo, entre seguridad y vulnerabilidad. Pero
la moneda tiene otra cara: se ha sabido que el partido nacionalista budista de
Sri Lanka pretendió controlar el manejo de los fondos de ayuda que aportaban
diferentes organizaciones cristianas o que militantes hindúes atacaron las
viviendas de los cristianos acusándolos de proselitismo mediante la ayuda
económica.
Paradójicamente, los países
pobres del Sur de Africa empezaron a sentir los efectos de los tsunamis del
vecino Océano índico a pesar de estar en época de aguda sequía: es que desde
que se produjo el maremoto la mayor parte de la ayuda internacional que
recibían cambió de destino, desviándose a Asia.
Hubo una solución alternativa
que fue la gran ausente: condonar todas las deudas y aplicar esos recursos, en
una primera etapa, a la reconstrucción y restauración, sin olvidar que la ayuda
no puede limitarse a restituir las condiciones anteriores a la catástrofe. Se
requieren mayores inversiones porque de lo contrario sólo se reinstalará el
mismo grado de vulnerabilidad preexistente. Lo que corresponde, en cambio, es
promover condiciones para reducirla.
Algunas consideraciones finales
Frente a los tsunamis y
a los cambios ecológicos, ambos generados por el ser humano, cae de suyo la
necesidad de que la reflexión incorpore también elementos referidos a los
modelos económicos imperantes, también ideados y aplicados por el ser humano,
que afectan por igual a los ecosistemas en la medida que se trata de modelos
basados en la producción de bienes y explotación de recursos naturales
finitos. Es imperioso estimular el diseño de sistemas económicos alternativos
no globalizadores, ecológicos, modelos de desarrollo sustentable de las
comunidades, asegurando buena calidad de vida para todos.
Modelos en los cuales la
energía sea utilizada de manera más eficiente y se promueva la adopción de
otras fuentes de energía no convencionales, no contaminantes, diferentes de los
combustibles fósiles.
Los cristianos debemos
recurrir al discernimiento espiritual para advertir que la revolución energética
que necesitamos para frenar los efectos adversos del cambio climático deben ser
acompañados también de una revolución que nos ayude a preferenciar las
relaciones con Dios, con la Creación, con nuestras familias y con todas las
comunidades humanas. No podemos optar por un estilo de vida que está ligado al
consumismo sin barreras ni límites, propio de economías, como advertía Frei
Betto, de la superfluidad innecesaria y de la opulencia para unos pocos.
Una de las lecciones que nos
dejan los tsunamis asiáticos es que las comunidades que más
padecieron los efectos del cataclismo fueron aquellas que se habían instalado
en sitios donde anteriormente había ecosistemas originales, los que habían
sido degradados o destruidos para habilitar áreas y comodidades
para consumo y explotación del turismo, de las pesquerías multinacionales o de
otros desarrollos industriales manejados por un puñado de sociedades hiper
industrializadas y globalizadas. Además, es justo
reconocer que este cuadro está inserto en un contexto más complejo, con otros
actores: gobiernos corruptos (Indonesia) que no son freno para el avance de las
transnacionales, dictaduras militares (Tailandia) o ejecutores de políticas de
represión sangrienta de guerrillas étnicas independistas y religiosas desde
hace décadas (Sri Lanka) con centenares de miles de víctimas entre
muertos, desplazados y refugiados.
El punto de encuentro del
papel de Dios en los cataclismos naturales y en el cambio climático (este
último como ejemplo de desastre provocado por el ser humano) podríamos
determinarlo en el esfuerzo que hagamos para reducir la vulnerabilidad
colectiva tanto en un caso como en el otro. Dios no actúa mágicamente; nosotros
somos Su presencia en el mundo natural, los responsables de preservar la
integridad de Su Creación. Convengamos que la
naturaleza no tiene la culpa por no haberse tomado anticipadamente medidas para
afrontar las catástrofes, la mala calidad o precariedad de las viviendas, la
destrucción del ambiente natural y su reemplazo por sistemas frágiles, o por la
carencia de infraestructura para responder a las advertencias de la tecnología
o las consecuencias de un desastre natural. La culpa es nuestra. De allí que,
independientemente del tipo de desastre, nuestra actitud debe plasmarse en
acciones que reflejen un compromiso por cuidar de toda la Creación, incluidos
los seres humanos. Ese compromiso incluye el acompañamiento de quienes sufren,
de quienes deben empezar el largo camino de la reconstrucción de sus vidas, de
quienes necesitan ayuda pero también consuelo. Modificar nuestros estilos de
vida y nuestros sistemas económicos también es una expresión concreta de
solidaridad con los que están padeciendo los efectos de los desastres naturales
por su elevada vulnerabilidad y de compromiso con la preservación de la
integridad de la Creación.
Finalmente, diremos que el 26
de diciembre del 2004 Dios no estaba ausente sin aviso ni mirando para otro
lado. Estaba atento, seguramente observando las consecuencias del mal ejercicio
de la mayordomía de la Creación que había delegado en el ser humano. Ese que
quiere o cree ser dios, olvidándose que no es el dueño de la naturaleza, que es
apenas una parte integrante de ella. Tomado de envío en red foroba
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