lunes, 18 de noviembre de 2013

DONDE ESTA DIOS ? cuando hay cataclismos naturales

LOS CATACLISMOS NATURALES, LOS CAMBIOS CLIMÁTICOS Y DIOS
 ¿Dónde está y qué hace Dios?
      Elementos para la reflexión de los cristianos acerca de algunas cuestiones ecológicas
      Reflexión Bautista. Año 4, N° 22 (Febrero-Marzo): 7 (2006).
 Introducción
      Desde  fines del año 2004 los medios de comunicación nos han informado acerca de una serie de cataclismos y desastres ocurridos en diversas partes de nuestro Planeta, algunos naturales y otros no, estos últimos relacionados a un conjunto de fenómenos genéricamente conocidos como cambio climático global.
     Se ha afirmado que lo ocurrido ese fatídico 26 de diciembre del 2004, que afectó a una docena de países del sudeste asiático bañados por el Océano Indico, ha sido la segunda catástrofe o tragedia natural más grave de la historia de la humanidad. Los cómputos –que nunca dejaron de ser provisorios– indicaron que aproximadamente 250 mil personas perdieron la vida. El panorama es más crítico si tenemos en cuenta que, además deben sumarse como víctimas   adicionales  del desastre a no menos de otras 5 millones. Son los sobrevivientes que no sólo padecen la pérdida de sus seres queridos. También vieron afectados sus modos de subsistencia, la fuente de sus alimentos, sus trabajos, viviendas, etc. lo que configura un cuadro de altísimo riesgo que se agrava si consideramos los efectos ambientales, tales como la desaparición de islas, deslizamientos superficiales, destrucción y/o fragmentación de habitats, la contaminación del suelo y del agua dulce (superficial y subterránea), etc.
     Curiosamente, este drama tuvo lugar pocos días después de la “Conferencia de las Partes-10” que se celebró en la ciudad de Buenos Aires, un foro de las Naciones unidas donde representantes de casi 200 países y Organizaciones discutieron y procuraron consensuar medidas de atenuación y remediación de los efectos adversos sobre el clima generados por la actividad humana, especialmente en los países más industrializados del mundo.     Muchas de las víctimas creyentes –hindúes, musulmanes, budistas, cristianos– tanto del sudeste de Asia como de nuestro medio, se platearon por igual ¿dónde estaba Dios en medio de toda esta tragedia?, o ¿dónde estuvo mientras ocurrían los tsunamis?, ¿cómo un Dios como el mío, un Dios de amor, pudo consentir estas desgracias? ¿por qué permitió que ocurran los tsunamis? Muchos de los afectados por la catástrofe se estarán preguntando ¿qué habremos hecho para merecer esto?, ¿por qué nos abandonó Dios?, o ¿es que habrá sido un castigo?
     Para algunos, su fe espiritual fue estímulo suficiente para recoger lo poco remanente de sus pertenencias, para aferrarse a las vidas de quienes los rodeaban en su hogar o en su comunidad, y emprender nuevamente un larguísimo camino de reconstrucción. Para muchos otros, seguramente que habrá sido suficiente reconocer que el amor de Dios se pudo haber manifestado, por ejemplo, en la enorme movilización de ayuda y auxilio que se puso en marcha inmediatamente después del desastre.
     Aquéllas preguntas no deben sorprendernos. Las catástrofes naturales reales, que son imprevisibles e incontrolables en sus efectos, de la magnitud de las ocurridas a fines del 2004 ó en septiembre del año pasado en Nueva Orleáns, son hechos violentos que modifican rutinas, desplazan máscaras de suficiencia, optimismo y orgullo, y hacen temblar la “paz” de algunas certidumbres (“es muy improbable que ocurra”, “no me sucederá a mí porque Dios me protege”, etc.). Pero también hemos de reconocer que son preguntas sin respuesta, nos cuesta entender el “ocultamiento” de Dios del escenario.     El horror en el que nos sumen las catástrofes ambientales nos recuerda, de golpe, qué somos en verdad. Que los seres humanos, lejos de ser dueños de la Creación, somos parte de ella y por tanto vulnerables –igual que otras especies– a esas fuerzas que escapan de nuestro control. Por otro lado, frente a los cambios climáticos, nos enfrentamos con la realidad de que nuestras acciones no pasan desapercibidas para la naturaleza que reacciona “naturalmente” cuando es agredida por el ser humano negligente, descuidado o egoísta. En otras palabras, estos sentimientos deberían inducir en nosotros una actitud de humildad y respeto por nuestro “hogar” común que es la Tierra. Es más, los desastres naturales nos deben advertir que el sufrimiento provocado no afecta sólo a las personas, sino a la Creación entera.
 Cambio climático y “tsunamis” no son sinónimos
      ¿Existe alguna vinculación entre los eventos naturales, ejemplificados en los tsunamis o terremotos, y el cambio climático? Señalemos primero algunas diferencias importantes. Sabemos que millones de seres humanos fueron víctimas inocentes –desde el remoto pasado de su historia sobre la Tierra hasta aquél 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático o el sismo ocurrido poco después en la frontera de India y Pakistán– de cataclismos naturales que no se pudieron anticipar a las víctimas a tiempo.
     El terremoto ocurrido en el Océano Indico, de intensidad 9 en la escala de Richter, a no menos de 5 mil metros de profundidad, se inscribe en una compleja dinámica geofísica de nuestro Planeta que tiene una larga historia, muy anterior al momento en que aparece nuestra especie sobre su superficie. En otras palabras, los tsunamis son, diferentes de los cataclismos ecológicos de origen antrópico o humano. La historia biogeológica de nuestro Planeta nos enseña que los eventos naturales se acompañan por impactos sobre la biodiversidad y la distribución de las especies en la Biosfera. Nada ni nadie puede asegurar que otras catástrofes de este tipo no vayan a ocurrir en el futuro.
     En cambio, hay otros desastres, de los cuales muchas veces somos los principales responsables, y que sí son previsibles en su intensidad y consecuencias. Es el caso de las modificaciones climáticas. La información científica disponible muestra en forma fehaciente que la atmósfera de la Tierra se está recalentando.  La Ciencia nos informa que las emisiones contaminantes gaseosas, debidos al uso creciente de combustibles fósiles están cambiando la composición de la atmósfera provocando cambios climáticos en el único sitio del universo donde han prosperado y evolucionado todas las formas vivientes. La misma Ciencia ha demostrado que esas emisiones provienen mayormente de las sociedades industrializadas y que los pobres, y las generaciones vulnerables, presentes y futuras, humanas y no humanas, serán las que padecerán con mayor intensidad los impactos perjudiciales de esas acciones perversas; estas consideraciones incorporan a la discusión un componente ético que no se puede soslayar al analizar el problema, en términos de justicia y de derechos humanos.
     Si bien algunas agencias noticiosas difundieron la explicación de los tsunamis presentándolo como presunta consecuencia de explosiones nucleares subterráneas y   clandestinas,  el mundo científico no las ha compartido. Por ahora, no es posible para los humanos controlar a las fuerzas que pueden generar tsunamis. En cambio, gracias al don del conocimiento científico moderno podemos –según el caso– anticipar, prevenir, atenuar y hasta remediar los efectos de nuestras acciones que provocan cambios ecológicos que, en diferente grado, todos apreciamos.
Sabemos que aquél aumento en la temperatura de la capa gaseosa que rodea al Planeta provoca numerosos efectos adversos para el balance de sus relaciones térmicas e hídricas que ya se ponen de manifiesto como elevación de los niveles de los mares, aumentos en las frecuencias e intensidades de las tormentas, cambios climáticos erráticos y extremos in- dependientes de la estación, sequías agudas seguidas por inundaciones. Cabe señalar que los efectos de los tsunamis se apreciaron mayormente en zonas costeras, las mismas que ya padecen o están en riesgo debido a los cambios climáticos.
     En suma, gracias a nuestro saber científico-tecnológico, conocemos el origen de las catástrofes ecológicas provocadas y también cómo prevenirlos y corregir los efectos adversos de las mismas.
 Pobreza y consecuencias de los cataclismos ambientales
      La pobreza y los modelos económicos son factores determinantes de la vulnerabilidad de las poblaciones humanas cuando deben enfrentar a uno u otro tipo de cataclismo. Nadie lo discute. Comparemos, por ejemplo, el número de muertos registrados en Haití debido a los tornados de Septiembre de 2004 con la cantidad de personas afectadas cuando el mismo evento alcanzó, pocas horas después, otras islas caribeñas o las costas orientales de EE.uu. de NA. Más recientemente, el periodismo nos mostró de manera más que elocuente la misma relación entre pobreza y víctimas de los efectos de un desastre en el caso del huracán Katrina.
     La gran diferencia numérica de víctimas registradas en Haití con respecto a la consignada en otros sitios de la región se debió –entre otras razones– a la carencia de sistemas modernos de pronóstico y de infraestructura para la protección y prevención de los daños; todos hemos visto por TV cómo los habitantes del estado de Florida se preparaban con días de anticipación para recibir el mismo tornado cubriendo en pocas horas todas las aberturas de sus viviendas con gruesas placas de madera que fijaban mediante herramientas automáticas, trasladándose   luego (en auto) a refugios especiales preparados por el Gobierno para esperar allí el paso y alejamiento del tornado, provistos de todas las comodidades sanitarias y alimentarias.
     La misma TV nos mostraba otro contraste: vimos a los haitianos llorando sus muertos y desaparecidos en medio de las calles convertidas en gigantescos lodazales, con agua y barro deslizados de cerros deforestados y sin protección.
     En Asia causó estupor apreciar cómo pocas horas después del desastre, había turistas asoleándose en las mismas playas que día a día “recibían” a los muertos que el mar devolvía a las costas. Y no muy lejos de ellos, los refugiados víctimas de los tsunamis albergados, en el mejor de los casos, en carpas o en edificios sin techos ni puertas, o sus heridas atendidas en hospitales de campaña a la intemperie. Todo un vívido y dantesco cuadro de “esquizofrenia consumista”.
     Pareciera que las ventajas del desarrollo científico son sólo para algunos: los equipos detectores anticipatorios de lo que habría de suceder en Asia estaban en Hawaii, pero en el escenario de la catástrofe no se disponían de los receptores de esas advertencias o de personal capacitado en cantidad suficiente para el manejo de esos instrumentos, o quienes las recibían no creían en la veracidad de la información que les llegaba.
     Se dijo que el mundo entero se hizo presente para auxiliar a las víctimas de los tsunamis. Pero es oportuno que sepamos también que no toda esa movilización fue altruista, solidaria y despojada de algún interés sectorial; los países afectados tienen deudas externas impagables e incobrables, que superan los 300 mil millones de dólares. Con indignación hemos sabido que la hilacha de la corrupción se hizo ver; algunos gestos que se presentaron como “solidarios” fueron nada más que prórrogas en los plazos límites de los cobros. En otros, la “solidaridad” se expresó a veces en aportes económicos pero en carácter de anticipos, esto es, que se sumarán a las deudas pre-existentes, aumentando la brecha entre el desarrollo y el subdesarrollo, entre seguridad y vulnerabilidad.      Pero la moneda tiene otra cara: se ha sabido que el partido nacionalista budista de Sri Lanka pretendió controlar el manejo de los fondos de ayuda que aportaban diferentes organizaciones cristianas o que militantes hindúes atacaron las viviendas de los cristianos acusándolos de proselitismo mediante la ayuda económica.
     Paradójicamente, los países pobres del Sur de Africa empezaron a sentir los efectos de los tsunamis del vecino Océano índico a pesar de estar en época de aguda sequía: es que desde que se produjo el maremoto la mayor parte de la ayuda internacional que recibían cambió de destino, desviándose a Asia.
     Hubo una solución alternativa que fue la gran ausente: condonar todas las deudas y aplicar esos recursos, en una primera etapa, a la reconstrucción y restauración, sin olvidar que la ayuda no puede limitarse a restituir las condiciones anteriores a la catástrofe. Se requieren mayores inversiones porque de lo contrario sólo se reinstalará el mismo grado de vulnerabilidad preexistente. Lo que corresponde, en cambio, es promover condiciones para reducirla.
 Algunas consideraciones finales
      Frente a los tsunamis y a los cambios ecológicos, ambos generados por el ser humano, cae de suyo la necesidad de que la reflexión incorpore también elementos referidos a los modelos económicos imperantes, también ideados y aplicados por el ser humano, que afectan por igual a los ecosistemas en la medida que se trata de modelos basados en la producción de bienes y explotación de recursos   naturales finitos. Es imperioso estimular el diseño de sistemas económicos alternativos no globalizadores, ecológicos, modelos de desarrollo sustentable de las comunidades, asegurando buena calidad de vida para todos.
     Modelos en los cuales la energía sea utilizada de manera más eficiente y se promueva la adopción de otras fuentes de energía no convencionales, no contaminantes, diferentes de los combustibles fósiles.
     Los cristianos debemos recurrir al discernimiento espiritual para advertir que la revolución energética que necesitamos para frenar los efectos adversos del cambio climático deben ser acompañados también de una revolución que nos ayude a preferenciar las relaciones con Dios, con la Creación, con nuestras familias y con todas las comunidades humanas. No podemos optar por un estilo de vida que está ligado al consumismo sin barreras ni límites, propio de economías, como advertía Frei Betto, de la superfluidad innecesaria y de la opulencia para unos pocos.
     Una de las lecciones que nos dejan los  tsunamis asiáticos es que las comunidades que más padecieron los efectos del cataclismo fueron aquellas que se habían instalado en sitios donde anteriormente había ecosistemas originales, los que  habían sido degradados o destruidos para   habilitar áreas y comodidades para consumo y explotación del turismo, de las pesquerías multinacionales o de otros desarrollos industriales manejados por un puñado de sociedades hiper industrializadas y globalizadas.      Además, es justo reconocer que este cuadro está inserto en un contexto más complejo, con otros actores: gobiernos corruptos (Indonesia) que no son freno para el avance de las transnacionales, dictaduras militares (Tailandia) o ejecutores de políticas de represión sangrienta de guerrillas étnicas independistas y religiosas desde hace décadas  (Sri Lanka) con centenares de miles de víctimas entre muertos, desplazados y refugiados.
     El punto de encuentro del papel de Dios en los cataclismos naturales y en el cambio climático (este último como ejemplo de desastre provocado por el ser humano) podríamos determinarlo en el esfuerzo que hagamos para reducir la vulnerabilidad colectiva tanto en un caso como en el otro. Dios no actúa mágicamente; nosotros somos Su presencia en el mundo natural, los responsables de preservar la integridad de Su Creación.     Convengamos que la naturaleza no tiene la culpa por no haberse tomado anticipadamente medidas para afrontar las catástrofes, la mala calidad o precariedad de las viviendas, la destrucción del ambiente natural y su reemplazo por sistemas frágiles, o por la carencia de infraestructura para responder a las advertencias de la tecnología o las consecuencias de un desastre natural. La culpa es nuestra.      De allí que, independientemente del tipo de desastre, nuestra actitud debe plasmarse en acciones que reflejen un compromiso por cuidar de toda la Creación, incluidos los seres humanos. Ese compromiso incluye el acompañamiento de quienes sufren, de quienes deben empezar el largo camino de la reconstrucción de sus vidas, de quienes necesitan ayuda pero también consuelo. Modificar nuestros estilos de vida y nuestros sistemas económicos también es una expresión concreta de solidaridad con los que están padeciendo los efectos de los desastres naturales por su elevada vulnerabilidad y de compromiso con la preservación de la integridad de la Creación.

     Finalmente, diremos que el 26 de diciembre del 2004 Dios no estaba ausente sin aviso ni mirando para otro lado. Estaba atento, seguramente observando las consecuencias del mal ejercicio de la mayordomía de la Creación que había delegado en el ser humano. Ese que quiere o cree ser dios, olvidándose que no es el dueño de la naturaleza, que es apenas una parte integrante de ella. Tomado de envío en red foroba 

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