En un mundo que crece, el combustible fósil da seguridad,
pero no sustentabilidad; hay que encontrar la diagonal entre los que subestiman
el cambio climático y los que defienden un ecologismo paralizante
Por Daniel Gustavo Montamat
| El autor, economista, fue secretario de Energía de la Nación y
presidente de YPF - Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM),
los ocho propósitos de las Naciones Unidas sobre desarrollo humano del año 2000
consensuados por más de 180 países, van a culminar en el año 2015. En esa fecha
serán reemplazados por los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS). El
desarrollo sustentable será una quimera mientras no haya una agenda global que
reconcilie la seguridad y la sustentabilidad energética.
Con base en el año 2010, el Congreso Mundial de Energía
proyectó que la población mundial a fines del siglo XXI se multiplicará por 1.4
(se estabiliza en 2050 en 9100 millones de habitantes), el producto bruto
mundial se multiplicará por 10 y el consumo energético se multiplicará por
tres. Los datos auguran una mejora relativa en el nivel de vida de muchos
habitantes del mundo que accederán a los niveles de ingreso de la clase media.
La demanda de energía mundial seguirá, por lo tanto, creciendo. Un habitante
del mundo desarrollado hoy consume un promedio 14 barriles de petróleo por año,
mientras que uno del mundo emergente pobre consume sólo tres barriles y uno de
desarrollo intermedio, seis barriles por año. Una vivienda de hoy consume en
promedio 40% más de electricidad que una de 1970, sobre todo, debido a la
incorporación de acondicionadores de aire y de los diferentes artefactos
derivados de la tecnología de la información y las comunicaciones (TIC). Hoy,
en un mundo de algo más de 7000 millones de habitantes, hay mil millones de
automóviles; la tendencia señala que en 2030 habrá 2000 millones de autos. ¿Es
sostenible este patrón de consumo con una dieta energética que hoy depende en
un 81% del petróleo, el carbón mineral y el gas natural (energías fósiles)?
Un punto de convergencia entre quienes privilegian la
seguridad energética y los que plantean el condicionante de la sustentabilidad
energética es la necesidad de seguir avanzando en las políticas tendientes a
promover el uso eficiente de la energía. La tasa de intensidad energética
promedio mundial (que relaciona la unidad de energía consumida con la unidad de
producto económico generado) era, tres décadas atrás, de 1; ahora es de 0.70.
La productividad del uso de la energía ha mejorado desde la crisis petrolera de
los años 70 del siglo pasado y puede seguir mejorando.
Con políticas de reducción de subsidios en los precios de la
energía fósil y medidas específicas para alentar la difusión y el uso de
tecnologías de ahorro y uso racional (en la industria, el transporte, la
construcción y los hogares), en dos décadas la tasa de intensidad promedio
podría bajar de 0.7 a 0.5. Todo lo que se haga para "desenergizar la
economía" conviene a la seguridad y a la sustentabilidad energética.
Un punto clave de negociación es la eliminación de los
subsidios a la energía fósil que muchos países siguen promoviendo. Esos
subsidios desincentivan la eficiencia y desalientan la inversión en energías
alternativas. Una reciente investigación del FMI que incluye 170 países revela
que los subsidios a la energía en los precios finales (incluidas desgravaciones
impositivas) alcanzan el 2,5% del producto mundial y el 8% de los ingresos
fiscales del planeta. Ascienden a 1.9 billones de dólares. El 40% corresponde a
economías desarrolladas y un tercio adicional a los países exportadores de
petróleo. La eliminación de esos subsidios podría reducir un 13% las emisiones
de anhídrido carbónico (CO2).
La eficiencia es la "fuente" más barata de energía
porque reduce la dependencia de otras fuentes de oferta. En la selección de las
fuentes de oferta se da la mayor tensión entre la seguridad y la
sustentabilidad energética. Los que priorizan la importancia de un suministro
seguro y económico privilegian fuentes de energía que satisfagan las
necesidades domésticas relegando alternativas más responsables del cuidado
ambiental. Quienes se preocupan por el aumento incesante de las emisiones de
gases de efecto invernadero destacan la prioridad de "descarbonizar"
la oferta de energía e internalizar los costos de la emisión fósil (impuestos,
bonos verdes).
Las emisiones de CO2 (principal gas de efecto invernadero)
superaron en 2013 las 400 partes por millón. Eran de 356 ppm cuando se realizó
la cumbre de Río en 1992, y el Panel de Expertos de las Naciones Unidas sigue
advirtiendo que deberían estabilizarse en 450 ppm hacia mediados de siglo para
que la temperatura media del planeta no se eleve más de 2ºC por encima de los
registros anteriores a la Revolución Industrial. La Agencia Internacional de
Energía (IEA) ha calculado que si la oferta energética tiene que adaptarse a
los requerimientos del límite de 2ºC de aumento del calentamiento promedio
global, sólo un tercio de las actuales reservas probadas de fósiles (carbón,
petróleo y gas) podrán ser consumidas, a menos que se generalice la adopción de
la tecnología de captura y almacenamiento de gases de carbono.
Un posible punto de convergencia entre las distintas
opciones de oferta energética lo puede dar una sustitución intrafósiles de
petróleo y carbón por gas natural. La revolución del shale gas, a partir de su
desarrollo en Estados Unidos, ofrece una oportunidad. Los recursos no
convencionales (shale oil y shale gas, arenas bituminosas, crudos pesados) han
ampliado las reservas potenciales de recursos fósiles y han desplazado los
picos de producción de petróleo y gas hacia adelante, pero su desarrollo
intensivo compromete la sustentabilidad energética.
El petróleo de esquistos (shale oil) y las arenas
bituminosas (tar sands), además de tener un balance energético neto deficiente
entre la energía generada y la utilizada, profundizan la "huella de
carbono" con sus emisiones de CO2. El gas natural no convencional, en
cambio, aun con un balance energético neto desfavorable respecto al gas
convencional (5 a 1 contra 10 a 1), contribuye a mitigar los gases de efecto
invernadero. El Instituto Tecnológico de Massachusetts ha destacado en una
investigación reciente las ventajas del shale gas para reducir emisiones de CO2
sustituyendo carbón en la generación eléctrica. La generación a gas puede a su
vez ofrecer potencia firme a las energías renovables intermitentes (eólica,
solar). Pero tampoco hay una agenda global acordada para promover la
sustitución de carbón y petróleo por gas como parte de una transición a fuentes
alternativas.
Un punto clave de esa agenda sería el establecimiento de
metas conducentes a la internacionalización del mercado del gas natural. Si el
shale gas permanece sometido a la órbita del paradigma de la seguridad
energética, su desarrollo sólo quedará acotado a la frontera de algunos países.
El tercer punto de una posible convergencia entre seguridad
y sustentabilidad lo puede dar la revolución tecnológica en la industria
eléctrica. Hay 1200 millones de habitantes del mundo que no tienen acceso a las
redes de la electricidad comercial. La inclusión de estos excluidos de la energía
comercial puede hacerse privilegiando tecnologías de generación distribuida
donde las energías alternativas no contaminantes ofrecen ventajas. En el resto
del universo interconectado, hay que introducir la tecnología de la información
en las redes. Las redes eléctricas inteligentes reducen el consumo, habilitan
oferta adicional y promueven nuevos artefactos liberadores de la logística de
los combustibles fósiles (autos eléctricos, paneles solares, celdas
combustibles, etcétera). Otro capítulo de una agenda de transición.
Si el debate que divide aguas entre seguridad y
sustentabilidad energética no encuentra una diagonal que aproxime posiciones,
prevalecerán las posturas extremas. De un lado, los que niegan la influencia
humana en el cambio climático y subestiman sus consecuencias; del otro lado,
los que propician un ecologismo paralizante. El desarrollo sustentable (con su
dimensión social, económica y ambiental) implica recuperar la capacidad de
transacción entre las urgencias del presente y las restricciones del futuro.
Todo un desafío institucional para una gobernanza global entrampada en el corto
plazo – tomado de la nación de ar

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