Que se ahoguen! x Naomi Klein - MUNDO
La violencia contra el otro en un mundo en calentamiento
Edward Said no era un ecologista radical; provenía de una
familia de comerciantes, artesanos y profesionales. En una ocasión se describió
a sí mismo como "un caso extremo de palestino urbanita cuya relación con
la tierra es básicamente metafórica". En After the Last Sky, sus
meditaciones sobre las fotografías de Jean Mohr exploraban los aspectos más
íntimos de la vida palestina, desde la hospitalidad al deporte y a la
decoración del hogar. El detalle más nimio -la colocación de un marco, la
postura desafiante de un niño- provocaba en Said un torrente de percepciones.
Pero cuando se enfrentaba a las imágenes de los campesinos palestinos -cuidando
de sus rebaños, trabajando la tierra-, la especificidad se evaporaba
súbitamente. ¿Qué tipo de cosecha estaban cultivando? ¿En qué estado se hallaba
el suelo? ¿Disponían de agua? No era capaz de captarlo. "Sigo percibiendo
una población de sufridos campesinos pobres, a veces peculiar, inmutable y
colectiva", confesaba Said. Se trataba de una percepción
"mítica" -reconocía- que, sin embargo, mantuvo.
Si bien la agricultura era otro mundo para Said, pensaba que
quienes dedicaban sus vidas a cuestiones como la contaminación del aire y del
agua habitaban otro planeta. En una ocasión, hablando con su colega Rob Nixon,
describió el ecologismo como "la indulgencia de mimados ecologistas
radicales que carecen de una causa adecuada". Pero los desafíos
medioambientales del Oriente Medio son imposibles de ignorar para alguien
inmerso, como Said, en su geopolítica. Se trata de una región intensamente
vulnerable al calor y a la escasez de agua, al aumento del nivel del mar y a la
desertificación. Un reciente informe sobre el cambio climático publicado en la
revista Nature predice que, a menos que reduzcamos radical y
rápidamente las emisiones, es probable que partes inmensas del Oriente Medio
"experimenten niveles de temperatura intolerables para el ser humano"
a finales de este siglo. Y esto es algo tan contundente como aseguran los
científicos del clima. Sin embargo, en la región se tiende aún a tratar las
cuestiones medioambientales como si fueran algo no prioritario o una causa
superflua. La razón no es la ignorancia ni la indiferencia. Se trata tan sólo
del ancho de banda. El cambio climático es una grave amenaza pero los aspectos
más aterradores del mismo van a darse a medio plazo. Sin embargo, a corto
plazo, hay siempre amenazas mucho más urgentes con las que lidiar: la ocupación
militar, los ataques aéreos, la discriminación sistémica, el embargo. Nada
puede competir con eso, ni debería intentarlo.
Hay otras razones por las que Said podría haber considerado
el ecologismo como un patio de recreo burgués. El Estado israelí ha revestido
desde hace mucho tiempo de un barniz verde su proyecto de construcción de la
nación, algo que fue parte fundamental de los valores pioneros del
"retorno a la tierra" sionista. Y, en este contexto, los árboles han
estado, específicamente, entre las armas más potentes para el saqueo y la
ocupación de la tierra. No se trata sólo de los innumerables olivos y árboles
de pistachos arrancados para dejar espacio a los asentamientos y carreteras
sólo para israelíes, también de los extensos bosques de pinos y eucaliptos que
el Fondo Nacional Judío (JNF, por sus siglas en inglés), ha plantado de la
forma más infame en esos huertos y en el espacio de los pueblos palestinos en
función de su eslogan "convertir el desierto en vergel", alardeando
de haber plantado 250 millones de árboles en Israel desde 1901, muchos de ellos
no autóctonos de la región. En los folletos propagandísticos, el JNF se
promociona como otra ONG verde, preocupada por la gestión de los bosques y del
agua, de los parques y del ocio. Es también el mayor terrateniente privado en
el Estado de Israel y, a pesar de la cantidad de complicados retos legales,
todavía se niega a arrendar o vender tierras a los no judíos.
Crecí en una comunidad judía donde todas las conmemoraciones
-nacimientos y muertes, día de la madre, bar mitzvah- estaban
marcadas por la compra orgullosa de un árbol del JNF en honor a la persona. No
fue sino hasta la edad adulta cuando empecé a entender que esas entrañables
coníferas de remotos lugares, cuyos certificados empapelaban las paredes de mi
escuela primaria en Montreal, no eran benignas, no eran sólo algo para plantar
y después abrazar. En realidad, esos árboles están entre los símbolos más
flagrantes del sistema israelí de discriminación oficial, algo que debe
desmantelarse si queremos llegar a conseguir una coexistencia pacífica.
El JNF es un ejemplo reciente y extremo de lo que algunos
llaman "colonialismo verde". Pero el fenómeno apenas es nuevo ni
único en Israel. Hay una historia larga y penosa en las Américas respecto a
hermosas extensiones de tierras salvajes convertidas en parques protegidos, y
esa designación se utilizó después para impedir que los pueblos indígenas
pudieran acceder a sus territorios ancestrales para cazar y pescar o,
sencillamente, para vivir. Ha sucedido una vez y otra. Una versión
contemporánea de este fenómeno es la compensación por emisiones de carbono. Los
pueblos indígenas, de Brasil a Uganda, se han encontrado con que algunos de los
saqueos de tierras más agresivos los están llevando a cabo organizaciones
medioambientales. De repente, se decide otorgar a un bosque compensaciones por
emisiones de carbono y se convierte en zona vedada para sus habitantes
tradicionales. La consecuencia es que el mercado de compensaciones por
emisiones de carbono ha creado una nueva clase de abusos "verdes" de
los derechos humanos, siendo los campesinos y los pueblos indígenas atacados
físicamente por guardabosques o mercenarios de la seguridad privada cuando
intentan acceder a esas tierras. El comentario de Said acerca de los fanáticos
medioambientales debe encuadrarse en tal contexto.
Y hay más. En el último año de la vida de Said, se estaba
levantando ya la llamada "barrera de separación" a base de apropiarse
de franjas inmensas de Cisjordania, aislando a los trabajadores palestinos de
sus empleos, a los campesinos de sus campos, a los pacientes de los hospitales
y dividiendo brutalmente a las familias. No había escasez de razones para
oponerse al muro en virtud de los derechos humanos. Sin embargo, en aquel
momento, algunas de las voces disidentes más potentes entre los judíos
israelíes no se dedicaban a nada de eso. Yehudit Naot, entonces ministra de
medio ambiente de Israel, estaba más preocupada por un documento en el que se
informaba de que "La valla de separación... es perjudicial para el
paisaje, la flora y la fauna, los corredores ecológicos y el drenaje de los
arroyos". "En realidad no quiero detener ni retrasar la construcción
de la valla", dijo, pero "me preocupa todo el daño medioambiental que
va a provocar". Como el activista palestino Omar Barghuti observó más
tarde, "el ministerio y la Autoridad para la Protección de los Parques
Nacionales organizaron diligentes esfuerzos de rescate para salvar una reserva
afectada de lirios trasladándola a una reserva alternativa. También crearon
pasajes diminutos (a través del muro) para los animales".
Tal vez esto ponga en contexto el cinismo respecto al
movimiento verde. La gente tiende a volverse cínica cuando sus vidas son
consideradas menos importantes que las flores y los reptiles. Y sin embargo,
hay mucho en el legado intelectual de Said que ilumina y aclara mucho más las
causas subyacentes de la crisis ecológica global señalando formas de respuesta
que son más inclusivas que los actuales modelos de campañas: formas que no
piden a la gente que sufre que aparque sus preocupaciones respecto a la guerra,
la pobreza y el racismo sistémico y se dedique en primer lugar a "salvar
el mundo", sino que demuestran que todas estas crisis están
interrelacionadas y que las soluciones deberán también estarlo. En resumen,
puede que Said no tuviera tiempo para los ecologistas fanáticos pero estos deben
hacerle un hueco urgentemente a Said -y a otros muchos grandes pensadores
poscoloniales antiimperialistas-, porque sin esos conocimientos no hay forma de
entender cómo hemos acabado en este peligroso lugar, o para captar las
transformaciones necesarias para poder sacarnos de él. Por tanto, a
continuación expongo algunos pensamientos -en modo alguna completos- acerca de
lo que podemos aprender al leer a Said en un mundo en calentamiento.
*
Era, y sigue siendo, uno de nuestros teóricos más
desgarradoramente elocuentes del exilio y la nostalgia, pero la nostalgia de
Said, siempre lo dejó claro, era de una patria que había sido alterada de forma
tan radical que ya no existía realmente. Su posición era compleja: defendía
ferozmente el derecho al retorno, pero nunca afirmó que su hogar fuera
inamovible. Lo que importaba era el principio del respeto hacia todos los
derechos humanos en condiciones de igualdad y la necesidad de que una justicia
restaurativa informara nuestras acciones y políticas. Esta perspectiva es
profundamente importante en esta época nuestra de costas erosionadas, de
naciones que desaparecen bajo mares que aumentan de nivel, de arrecifes de
coral en proceso de decoloración que sustentan culturas enteras, de un Ártico
templado. Esto se debe a que el estado de anhelo de una patria radicalmente
alterada -un hogar que puede incluso no existir ya- es algo que está siendo
rápida y trágicamente globalizado. En marzo, dos importantes estudios,
revisados por otros colegas científicos, advertían que el nivel del mar podría
aumentar mucho más rápidamente de lo que se creía con anterioridad. Uno de los
autores del primer estudio era James Hansen, quizá el climatólogo más respetado
del mundo. Advertía que en la trayectoria actual de emisiones nos enfrentamos a
la "pérdida de todas las ciudades costeras, de la mayoría de las grandes
ciudades del mundo y de toda su historia", y no en miles de años a partir
de ahora sino en este mismo siglo. Si no exigimos cambios radicales, vamos de
cabeza hacia un mundo entero de pueblos en búsqueda de un hogar que ya no
existe.
Said nos ayuda a imaginar a qué podría parecerse también
eso. Ayudó a popularizar el término árabe sumud ("quedarse
quieto, resistir"): esa firme negativa a abandonar la tierra de uno a
pesar de los intentos más desesperados de desalojo e incluso rodeados de
continuos peligros. Es una palabra que se asocia más con lugares como Hebrón y
Gaza, pero podría aplicarse igualmente hoy a los residentes en la costa de
Luisiana que han levantado sus hogares sobre pilotes para no tener que
evacuarlos, o los de las islas del Pacífico, cuyo eslogan es: "No estamos
ahogándonos. Estamos luchando". En países como las islas Marshall y Fiyi y
Tuvalu, saben que es inevitable que el nivel del mar suba mucho, lo que hace
probable que sus países no tengan futuro. Pero se niegan a preocuparse
simplemente por la logística de la reubicación y no lo harían aunque hubiera
países más seguros dispuestos a abrir sus fronteras; tendría que ser uno muy
grande, ya que los refugiados del clima no están aún reconocidos en el derecho
internacional. En cambio, están resistiendo activamente: bloqueando con sus
canoas hawaianas tradicionales los buques australianos que llevan carbón,
interrumpiendo las negociaciones internacionales sobre el clima con su incómoda
presencia, exigiendo acciones más agresivas en defensa del clima. Si hay algo
que merezca la pena celebrar del Acuerdo de París firmado en abril -que por
desgracia es insuficiente-, se debe a este tipo de actuaciones ejemplares:
el sumud climático.
Pero esto sólo araña la superficie de lo que podemos
aprender al leer a Said en un mundo en calentamiento. Desde luego que era un
gigante en el estudio de la "otredad", que en su obra Orientalismo se
describe como "ignorar, esencializar, despojar de humanidad a otra
cultura, pueblo o región geográfica". Y una vez que se ha determinado
firmemente a ese otro, se ha preparado el terreno para cualquier trasgresión:
expulsión violenta, robo de la tierra, ocupación, invasión. Porque el objetivo
de la otredad es que el otro no tenga los mismos derechos, la misma humanidad
que los que hacen tal distinción. ¿Qué tiene todo esto que ver con el cambio
climático? Quizá todo.
Hemos calentado peligrosamente ya nuestro mundo y nuestros
gobiernos siguen negándose a emprender las acciones necesarias para detener la
tendencia. Hubo una época en que muchos tuvieron derecho a proclamar
ignorancia. Pero durante las últimas tres décadas, desde que se creó el Panel
Intergubernamental sobre el Cambio Climático y empezaron las negociaciones
sobre el clima, la negativa a reducir las emisiones ha ido acompañada de un
pleno conocimiento de los peligros. Y este tipo de reluctancia habría sido
funcionalmente imposible sin el racismo institucional, aunque sólo esté
latente. Habría sido imposible sin el Orientalismo, sin todas las herramientas
potentes en oferta que permiten que los poderosos desechen las vidas de los más
vulnerables. Estas herramientas -que clasifican el valor relativo de los seres
humanos- son las que permiten que se destrocen naciones enteras y culturas
antiguas. Y, para empezar, son las que permitieron que se liberara todo ese
carbono.
*
Los combustibles fósiles no son los únicos causantes del
cambio climático -tenemos también la agricultura industrial y la
desforestación- pero son los que más inciden en él. Lo que sucede con los
combustibles fósiles es que son tan inherentemente sucios y tóxicos que
requieren personas y lugares expiatorios: gente cuyos pulmones y cuerpos pueden
inmolarse para trabajar en las minas de carbón, gente cuyas tierras y agua
pueden sacrificarse para la minería a cielo abierto y los derrames de petróleo.
Tan recientemente como en la década de 1970, los científicos que asesoran al
gobierno de EE.UU. se refirieron a ciertas zonas del país designándolas como
"zonas nacionales sacrificiales". Piensen en las montañas de los
Apalaches, dinamitadas para la minería de carbón, porque la minería de carbón
denominada "de remoción de las cimas de las montañas" es más barata
que cavar agujeros subterráneos. Tiene que haber teorías de la otredad que
justifiquen el sacrificio de toda una geografía, teorías acerca de que las
personas que allí viven son tan pobres y atrasadas que sus vidas y cultura no
merecen protegerse. Después de todo, si eres un "palurdo", ¿a quién
le preocupan tus colinas? Convertir todo ese carbón en electricidad necesita
también de otra capa de otredad: esta vez respecto a las barriadas urbanas
cercanas a las centrales eléctricas y refinerías. En Norteamérica, estas
comunidades son mayoritariamente de color, negros y latinos, obligados a llevar
la carga tóxica de nuestra adicción colectiva a los combustibles fósiles con
tasas marcadamente altas de enfermedades respiratorias y cánceres. Fue en las
luchas contra este tipo de "racismo medioambiental" donde nació el
movimiento por la justicia climática.
Las zonas sacrificiales de los combustibles fósiles salpican
todo el planeta. Ahí tienen el Delta de Níger, envenenado cada año con un
vertido de petróleo digno del Exxon Valdez, un proceso que Ken Saro-Wiwa, antes
de que fuera asesinado por su gobierno, llamó "genocidio ecológico".
Las ejecuciones de los líderes comunitarios, dijo, fueron llevadas "todas
a cabo por Shell". En mi país, Canadá, la decisión de desenterrar las
arenas bituminosas de Alberta -una forma de petróleo especialmente densa- ha
requerido que se hagan añicos los tratados con los aborígenes, tratados
firmados con la Corona británica que garantizaban a los pueblos indígenas el
derecho a continuar cazando, pescando y viviendo de forma tradicional en sus
tierras ancestrales. Fue necesario porque estos derechos carecen de sentido
cuando se profana la tierra, cuando los ríos se contaminan y los alces y los
peces están plagados de tumores. Y aún es peor: Fort McMurray -la ciudad
situada en el centro del boom de las arenas bituminosas, donde viven muchos de
los trabajadores y donde se gasta gran parte del dinero- es como un incendio
infernal. Tan calurosa y seca es. Y esto es algo que tiene mucho que ver con lo
que allí se está extrayendo.
Incluso sin esos hechos dramáticos, esta clase de extracción
de recursos es una forma de violencia porque hace tanto daño a la tierra y al
agua que provoca el fin de un tipo de vida, la muerte de las culturas que son
inseparables de la tierra. El proceso del que se sirvió la política estatal en
Canadá fue romper la conexión de los pueblos indígenas con su cultura, impuesta
mediante la separación forzosa de los niños indígenas de sus familias,
trasladándolos a internados donde su lengua y prácticas culturales estaban
prohibidas y donde los abusos sexuales y físicos eran práctica habitual. Un
informe reciente por la verdad y la reconciliación lo denominaba
"genocidio cultural". El trauma asociado con estos niveles de
separación forzosa -de la tierra, de la cultura, de la familia- está
directamente vinculado con la epidemia de desesperación que hace estragos entre
tantas comunidades de aborígenes en la actualidad. En una sola noche de un sábado
de abril, en la comunidad de Attawapiskat -con una población de 2.000
habitantes-, once personas intentaron suicidarse. Mientras tanto, DeBeers
mantiene una mina de diamantes en el territorio tradicional de la comunidad;
como todos los proyectos extractivos, se había prometido esperanza y
oportunidad. "¿Por qué la gente no se fue?", preguntan políticos y
expertos. Pero muchos se van. Y esa partida está unida, en parte, a los miles
de mujeres indígenas en Canadá que han sido asesinadas o han desparecido, a
menudo en las grandes ciudades. Los informes de prensa rara vez relacionan la
violencia contra las mujeres con la violencia contra la tierra -a menudo para
extraer combustibles fósiles-, pero existe. Cada nuevo gobierno llega al poder
prometiendo una nueva era de respeto a los derechos de los indígenas. No
cumplen nada, porque los derechos de los indígenas, según los define la
Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas,
incluye el derecho a rechazar proyectos extractivos aunque esos proyectos
promuevan el crecimiento económico nacional. Y eso es un problema, porque el
crecimiento es nuestra religión, nuestro modo de vida. Por ello, incluso el
guapo y encantador primer ministro de Canadá está vinculado y determinado a construir
nuevos oleoductos para las arenas bituminosas contra los deseos expresos de las
comunidades indígenas, que no quieren poner en riesgo su agua ni participar en
una mayor desestabilización del clima.
Los combustibles fósiles necesitan zonas sacrificiales:
siempre las han reclamado. Y no puedes tener un sistema construido a partir de
zonas y pueblos sacrificados a menos que existan y persistan determinadas
teorías intelectuales que lo justifiquen: desde el destino manifiesto a Terra
Nullius a Orientalismo, desde los palurdos atrasados a los indios atrasados. A
menudo oímos que se culpa a la "naturaleza humana" del cambio
climático, a la codicia y miopía inherentes a nuestras especies. O se nos dice
que hemos alterado tanto la tierra y a una escala tan planetario que estamos
ahora viviendo en el Antropoceno, la edad de los humanos. Estas formas de
explicar nuestras circunstancias actuales tienen un significado muy específico
que se da por sobreentendido: que los humanos pertenecen a un único tipo, que la
naturaleza humana puede reducirse a los rasgos que crearon esta crisis. De esta
forma, los sistemas que determinados humanos crearon, y a los que otros humanos
se resistieron con todas sus fuerzas, están libres de cualquier
responsabilidad. Capitalismo, colonialismo, patriarcado, este tipo de sistemas.
Los diagnósticos como este borran la propia existencia de sistemas humanos que
organizaron la vida de forma diferente: sistemas que insisten en que los seres
humanos deben pensar en el futuro de siete generaciones; que no deben ser sólo
buenos ciudadanos sino también buenos ancestros; que no deben coger más de lo
que necesitan y que deben devolver el resto a la tierra para proteger y
aumentar los ciclos de la regeneración. Estos sistemas existieron y aún existen,
pero los eliminamos cada vez que decimos que la crisis del clima es una crisis
de la "naturaleza humana" y que estamos viviendo en la "edad del
hombre". Y pasan a estar bajo un ataque muy real cuando se construyen
megaproyectos como las presas hidroeléctricas de Gualcarque en Honduras, un
proyecto que, entre otras cosas, se llevó la vida de la defensora de la tierra
Berta Cáceres, asesinada el pasado marzo.
*
Alguna gente insiste en que esto no tiene por qué ser malo.
Podemos limpiar la extracción de recursos, no tenemos por qué hacerlo de la
misma forma que se ha hecho en Honduras, en el Delta del Níger y en las arenas
bituminosas de Alberta. Salvo que nos estamos quedando sin formas baratas y
fáciles de conseguir combustibles fósiles, razón fundamental de que hayamos
tenido que ver el aumento de la fractura hidráulica y la extracción de arenas
bituminosas. Esto, a su vez, está empezando a cuestionar el pacto fáustico
original de la era industrial: que hay que externalizar, descargar en el otro
los riesgos más pesados, en la periferia exterior y dentro de nuestras propias
naciones. Es algo que cada vez es menos posible. La fractura hidráulica está
amenazando algunas de las zonas más pintorescas de Gran Bretaña según la zona
de sacrificio va ampliándose, engullendo toda clase de lugares que se
imaginaban estar a salvo. Por tanto, esto no va sólo de sofocar un grito ante
lo feas que son las arenas bituminosas. Tiene que ver con reconocer que no hay
una forma limpia, segura y no tóxica de dirigir una economía impulsada por
combustibles fósiles. Y que nunca la hubo.
Hay una avalancha de pruebas de que tampoco hay forma
pacífica de lograrlo. El problema es estructural. Los combustibles fósiles, a
diferencia de las energías renovables como la eólica y solar, no están
ampliamente distribuidos sino muy concentrados en lugares muy específicos, y
esos lugares tienen la mala costumbre de estar en los países de otra gente.
Sobre todo el más potente y preciado de esos combustibles: el petróleo. Es esta
la razón de que el proyecto de Orientalismo, de la alterización del pueblo
árabe y musulmán, haya sido desde el principio el socio silencioso de nuestra
dependencia del petróleo; y, por lo tanto, inextricable a partir del efecto
bumerán que representa el cambio climático. Si consideramos a los pueblos y
naciones en su otredad -exóticos, primitivos, sedientos de sangre, como Said
documentó en la década de 1970-, es mucho más fácil emprender guerras y dar
golpes de Estado cuando se tiene la loca idea de que deberían controlar su
propio petróleo en función de nuestros propios intereses. En 1953, Gran Bretaña
y EE.UU. colaboraron para derrocar al gobierno democráticamente elegido de
Muhammad Mossadegh después de que nacionalizara la Anglo-Iranian Oil Company
(ahora BP). En 2003, exactamente cincuenta años después, se produjo otra
coproducción angloestadounidense: la invasión ilegal y ocupación de Iraq. Las
reverberaciones de cada intervención continúan sacudiendo nuestro mundo, al
igual que las reverberaciones de la quema de todo ese petróleo. Por una parte,
Oriente Medio está ahora desgarrado por las tenazas de la violencia causada por
los combustibles fósiles y, por otra, por el impacto de su quema.
En su libro más reciente, The Conflict
Shoreline, el arquitecto israelí Eyal Weizman tiene un punto de vista
revolucionario sobre cómo se entrecruzan estas fuerzas. La forma primordial de
entender el límite del desierto en Oriente Medio y África del Norte, explica,
es la llamada "línea de aridez", las zonas donde hay un promedio de 200
milímetros de lluvia al año, que ha sido considerada como el mínimo para que
pueda crecer una cosecha de cereal a gran escala sin regadío. Estos límites
meteorológicos no son fijos: han fluctuado por diversas razones, ya fuera
porque los intentos de Israel de "convertir el desierto en vergel"
los empujaban en una dirección, o por las sequías cíclicas que expandía un
desierto en el otro. Y ahora, con el cambio climático, la intensificación de la
sequía puede tener todo tipo de impactos en tal sentido. Weizman señala que la
ciudad fronteriza siria de Daraa cae directamente en la línea de la aridez.
Daraa es el lugar donde se ha registrado la sequía más intensa, lo que provocó
cifras inmensas de campesinos desplazados en los años anteriores al estallido
de la guerra civil siria, y ahí fue, precisamente, donde estalló el
levantamiento sirio en 2011. La sequía no fue el único factor a la hora de
desatar la crisis. Pero jugó claramente un papel el hecho de que hubiera 1,5
millones de personas internamente desplazadas en Siria como consecuencia de la
sequía. La conexión entre agua, estrés por el calor y conflicto es un patrón
recurrente que se va intensificando a lo largo de la línea de la aridez: a todo
lo largo de ella se pueden ver lugares marcados por sequía, escasez de agua,
temperaturas abrasadoras y conflicto militar: de Libia a Palestina a algunos de
los más sangrientos campos de batalla en Afganistán y Pakistán.
Pero Weizman descubrió también lo que él llama
"coincidencia asombrosa". Cuando elaboras el mapa de los objetivos de
los ataques occidentales con drones en la región, ves que "muchos de esos
ataques -desde Waziristan del Sur a través del norte del Yemen, Somalia, Mali,
Iraq, Gaza y Libia- se realizan directamente sobre, o cerca, de las 200 millas
de la línea de la aridez". Los puntos rojos en el mapa expuesto a
continuación representan algunas de las zonas donde se han concentrado los
ataques. Para mí, este es el intento más llamativo de visualizar el brutal
escenario de la crisis del clima. Todo esto se auguró ya hace una década en un
informe del ejército estadounidense. "El Oriente Medio", observaba,
"ha ido siempre asociado a dos recursos naturales: el petróleo (debido a
su abundancia) y el agua (debido a su escasez)". Eso es bastante cierto. Y
ahora hay ciertas pautas que lo han dejado muy claro: en primer lugar, los
aviones de combate occidentales siguieron esa abundancia de petróleo; ahora,
los aviones no tripulados occidentales están siguiendo la escasez de agua,
mientras la sequía exacerba el conflicto.
Al igual que las bombas siguen al petróleo y los drones
siguen a la sequía, las embarcaciones siguen a ambos: botes atestados de
refugiados que huyen de sus casas en la línea de la aridez devastada por la
guerra y la sequía. Y la misma capacidad para deshumanizar al otro que sirvió
para justificar las bombas y los drones está ahora cerniéndose sobre esos
migrantes, manipulando su necesidad de seguridad como una amenaza hacia
nosotros, su huida desesperada como una especie de ejército invasor. Las tácticas
refinadas en Cisjordania y otras zonas ocupadas están ahora abriéndose camino
hacia Norteamérica y Europa. Cuando vende su muro en la frontera con México, a
Donald Trump le gusta decir: "Pregunten a Israel, el muro funciona".
Los campamentos de migrantes son arrasados con buldóceres en Calais, miles de
personas se ahogan en el Mediterráneo y el gobierno australiano detiene a los
supervivientes de guerras y regímenes despóticos en campos situados en las
islas remotas de Nauru y Manus. Las condiciones son tan desesperadas que en
Nauru, el pasado mes, un migrante iraní murió tras prenderse fuego para
intentar llamar la atención del mundo. Otra migrante -una mujer de 21 años de
Somalia- se prendió fuego pocos días después. Malcolm Turnbull, el primer ministro,
advierte a los australianos que "no deben empañárseles los ojos por
esto" y que "tenemos que mostrarnos muy claros y determinados en
nuestro objetivo nacional". Merece la pena tener a Nauru en mente la
próxima vez que un columnista declare en uno de los periódicos de Murdoch, como
Katie Hopkins hizo el pasado año, que es hora ya de que Gran Bretaña "se
vuelva australiana. Que lance ataques aéreos, obligue a los migrantes a
regresar a sus costas y queme los barcos". Otro simbolismo es que Nauru es
una de las islas del Pacífico muy vulnerable al aumento del nivel del mar. Sus
habitantes, después de ver cómo sus hogares se convierten en prisiones para
otros, tendrán posiblemente que emigrar también. Hoy han reclutado como
guardias de prisión a los refugiados climáticos del mañana.
Tenemos que entender que lo que está sucediendo en Nauru y
lo que les está sucediendo a ellos, son expresiones de la misma lógica. Una
cultura que valora tan poco las vidas de color que está dispuesta a permitir
que los seres humanos desaparezcan bajo las olas, o se prendan fuego en centros
de detención, estará también deseando que se permita que los países donde viven
estas personas desaparezcan bajo las olas o se deshidraten en el calor árido.
Cuando eso suceda, se echará mano de las teorías de la jerarquía humana
-debemos tener cuidado en ser de los primeros- para racionalizar estas
decisiones monstruosas. Estamos haciendo ya tal racionalización, aunque sólo
sea implícitamente. Si bien el cambio climático será finalmente una amenaza
existencial para toda la humanidad, a corto plazo sabemos que discrimina y
golpea primero y de la peor manera a los pobres, ya estén abandonados en lo
alto de los tejados de Nueva Orleans durante el huracán Katrina o estén entre
los 36 millones de seres que, según la ONU, se están enfrentando al hambre
debido a la sequía que arrasa el sur y el este de África.
*
Se trata de una emergencia, una emergencia del momento
actual, no del futuro, pero no estamos actuando como si lo fuera. El Acuerdo de
París se compromete a mantener el calentamiento por debajo de 2ºC. Ese objetivo
es algo más que insensato. Cuando se dio a conocer en 2009, los delegados
africanos lo llamaron "sentencia de muerte". La consigna de varias de
las naciones-isla de baja altitud es "1,5º para seguir vivos". En el
último minuto, se añadió una cláusula al Acuerdo de París que dice que los
países se "esforzarán por limitar el aumento de la temperatura a
1,5ºC". No sólo no es vinculante sino que es una mentira: no estamos
haciendo ese tipo de esfuerzos. Los gobiernos que hicieron esta promesa están
presionando para llevar a cabo más fracturas hidráulicas y más desarrollos de
las arenas bituminosas, lo cual es totalmente incompatible con los 2ºC, no
digamos ya con 1,5º. Esto está sucediendo porque la gente más rica en los
países más ricos del mundo piensa que ellos van a estar muy bien, que alguien
se va a comer los riesgos mayores, incluso que cuando el cambio climático llame
a su puerta, ya se ocuparán entonces de él.
Cuando las cosas se pongan aún más feas. Pudimos echar una
vívida ojeada a ese futuro en la enorme crecida de las aguas que se produjo en
Inglaterra en los pasados meses de diciembre y enero, inundando 16.000 hogares.
Estas comunidades no sólo estaban enfrentando el mes de diciembre más húmedo
desde que se tienen registros, también estaban lidiando con el hecho de que el
gobierno ha emprendido un ataque implacable contra las agencias públicas y los
ayuntamientos, que están en la primera línea de la defensa ante las inundaciones.
Por tanto, es muy comprensible que hubiera muchos que quisieran cambiar a los
autores de ese fracaso. ¿Por qué, se preguntaban, está Gran Bretaña gastando
tanto dinero en refugiados y ayuda exterior cuando debería cuidarse a sí misma?
"Que no se preocupen tanto de la ayuda exterior", leímos en el Daily
Mail. "¿Qué pasa con la ayuda nacional". Y un editorial del Telegraph exigía:
"¿Por qué deberían los contribuyentes británicos seguir pagando por
defensas contra las inundaciones en el extranjero cuando necesitamos aquí el
dinero?" No sé, ¿quizá porque Gran Bretaña inventó la máquina de vapor a
carbón y ha estado quemando combustibles fósiles a una escala industrial mucho
mayor que cualquier otra nación sobre la Tierra? Pero estoy divagando. La
cuestión es que este podría haber sido el momento de entender que todos estamos
afectados por el cambio climático y que debemos actuar juntos y ser solidarios
los unos con los otros. Porque el cambio climático no sólo implica que todo es
cada vez más caluroso y húmedo, sino que con nuestro actual modelo político y
económico las cosas se están poniendo cada vez peor y más feas.
La lección más importante a sacar de todo esto es que no hay
forma de enfrentar la crisis del clima de forma aislada, como si fuera un
problema tecnocrático. Debe verse en el contexto de la austeridad y
privatización, del colonialismo y militarismo y de los diversos sistemas de
otredad necesarios para sustentar todo eso. Las conexiones e interrelaciones
entre ellas saltan a la vista, sin embargo, muy a menudo la resistencia frente
a ellas está muy compartimentada. La gente que está contra la austeridad casi
nunca habla de cambio climático; la gente que se preocupa del cambio climático
rara vez habla de guerra u ocupación. Apenas hacemos la conexión entre las
pistolas que quitan la vida a los negros en las calles de las ciudades
estadounidenses, y cuando están bajo custodia policial, y las fuerzas mucho
mayores que aniquilan tantas vidas de color en las tierras áridas y en los
precarias embarcaciones por todo el mundo.
Superar estas desconexiones -fortaleciendo los hilos que
enlazan nuestros diversos movimientos y cuestiones- es, en mi opinión, la tarea
más urgente para cualquier persona que se preocupe por la justicia social y
económica. Es la única vía para construir un contrapoder lo suficientemente
robusto como para poder ganar a las fuerzas que protegen un statu quo altamente
rentable -para algunos- pero cada vez más insostenible. El cambio climático
actúa como acelerador de muchas de nuestras enfermedades sociales -desigualdad,
guerras, racismo- pero puede también ser acelerador de todo lo contrario: de
las fuerzas que trabajan por la justicia social y económica contra el
militarismo. En efecto, la crisis del clima -al poner a nuestras especies frente
a una amenaza existencial y colocarnos ante un plazo firme e inflexible basado
en la ciencia- podría ser el catalizador que necesitamos para tejer juntos un
gran número de movimientos poderosos, vinculados por la creencia en el valor
inherente de todos los pueblos y unidos por el rechazo de la mentalidad de la
zona sacrificial, ya se se aplique a pueblos o lugares. Nos enfrentamos a
tantas crisis superpuestas e interconectadas que no podemos permitirnos
solucionar una cada vez. Necesitamos soluciones integradas, soluciones que
rebajen radicalmente las emisiones, aunque creando un número enorme de puestos
de trabajo de calidad sindicalizados y otorgando justicia a todos los que han
sufrido abusos y han quedado excluidos bajo la actual economía extractiva.
Said murió el año en que Iraq fue invadido, pero vivió para
ver cómo sus museos y bibliotecas eran saqueados, mientras su ministerio del
petróleo era fielmente guardado. En medio de tantos atropellos, encontró
esperanza en el movimiento antibelicista global, así como en las nuevas formas
de comunicación de base abiertas por la tecnología; señaló "la existencia
de comunidades alternativas por todo el planeta, de las que informan fuentes
alternativas de noticias profundamente conscientes de los impulsos medioambientales,
libertarios y a favor de los derechos humanos que nos vinculan en este diminuto
planeta". Su visión le hizo un hueco incluso a los ecologistas fanáticos.
Recientemente me recordaron estas palabras cuando leía sobre las inundaciones
en Inglaterra. En medio de tanta inculpación y señalar con el dedo, me topé con
un correo de un hombre llamado Liam Cox. Estaba enfadado por la forma en que
algunos medios de comunicación estaban utilizando el desastre para fomentar los
sentimientos de rechazo hacia los extranjeros y escribía así:
Vivo en Hebden Bridge, Yorkshire, una de las zonas más
afectadas por las inundaciones. Es horrible, todo está realmente empapado. Sin
embargo... estoy vivo. Me siento seguro. Mi familia está segura. No vivimos con
miedo. Soy libre. No hay balas volando a mi alrededor. No están cayendo bombas.
No me estoy viendo obligado a huir de mi hogar y no estoy siendo rechazado por
el país más rico del mundo ni criticado por sus habitantes.
Todos vosotros, tarados, no hacéis más que vomitar
vuestra xenofobia... sobre cómo el dinero sólo debe gastarse "en nosotros
mismos", tenéis que miraros de cerca en un espejo. Y haceros una pregunta
muy importante... ¿Soy un ser humano decente y honorable de verdad? Porque la
patria no es sólo el Reino Unido, la patria es cualquier lugar de este planeta.
Creo que es una excelente última palabra.
London Review of Books. Traducido del inglés para
Rebelión por Sinfo Fernández. Extractado por La Haine
Texto completo en: http://www.lahaine.org/ique-se-ahoguen
Manuel Ludueña / Buenos Aires Sostenible
Usemos Energías Renovables, Transporte No Motorizado y Tecnologías Locales, Limpias y Seguras. Consumamos Alimentos Saludables. Actuemos Solidariamente en Comunidad. Preservemos la Biodiversidad.
Usemos Energías Renovables, Transporte No Motorizado y Tecnologías Locales, Limpias y Seguras. Consumamos Alimentos Saludables. Actuemos Solidariamente en Comunidad. Preservemos la Biodiversidad.
Encuentro Verde por Argentina (EVA) en: laereverde.com/
ENVIADO POR RED FOROBA
No hay comentarios:
Publicar un comentario