¿No es acaso la esclavitud el sistema más perverso que
destina al prójimo a morir lentamente en cautiverio? ¿Podrán entender alguna
vez los hijos de Dios el mensaje de la buena nueva? Por: Dr. Rubén Emilio
García La noticia publicada en Río de Janeiro por el Procurador de la Provincia
Jesuita del Paraguay trascendió como reguero de pólvora en San Pablo de
Ipiranga. El sol del mediodía quemaba las calles de la proto ciudad
preanunciando que los meses venideros serían sumamente calurosos. Es que la
temperatura de la línea del ecuador al trópico de Capricornio donde justo se
ubica San Pablo envuelve el ambiente con la misma intensidad durante todo el
año, exaltando aún más las emociones de quienes sometidos a ofuscaciones
iracundas no razonan cuando ven peligrar sus intereses personales o de grupo.
De esta manera acontecía en los corazones de hombres indignados y llenos de
odio en la Cámara Municipal de la ciudad, atestada de funcionarios,
cabildantes, latifundistas y empresarios bandeirantes. Allí, todos discutían
airados sobre las Cédulas Reales y Bulas pontificias condenando severamente al
tráfico de indios. El portador de las mismas fue el Padre Francisco Díaz Taño,
procedente de Roma, vuelto del viaje realizado años antes con el Padre Ruiz de
Montoya, donde ambos fueron los mensajeros que llevaron las quejas ante el Rey
de España y el Sumo Pontífice sobre el tráfico de indios y los malos tratos que
padecían. Ellos testimoniaron que los bandeiras conformaban grupos de
mercenarios financiados por inversionistas que obtenían pingües ganancias con
la venta de indios a ricos fazendeiros que los esclavizaban en sus dominios. La
presencia del cura jesuita y la condena papal fue la razón de la asamblea en la
comuna paulista. En el recinto no se discutía la bondad del mensaje ni se ponía
en consideración la condición del indio, puesto que al suponerlos infrahumanos
los trataban cual mercancía negociable en términos económicos. Lo que más bien
discutían era la manera de eliminar todos los obstáculos que impedían
esclavizar a los indios. De ahí que surgiera y se aprobara por mayoría absoluta
la primera moción de orden: No aceptar la bula del Papa y consumar la expulsión
inmediata de todos los jesuitas de la ciudad. Respecto a la segunda moción, se
trató la manera de conformar otra incursión fuertemente armada hacia el río
Uruguay, con la orden de arrasar los pueblos de las misiones y arrear a todos
los indios cazados. Con ese propósito, e instigado sibilinamente por el grupo
esclavista, se le concedió la palabra a Manuel Pires, el veterano jefe
bandeirante allí presente, a quien anticipadamente grupos de inversionistas le
encargaran la organización de una nueva partida que, en verdad, ya tenía
preparada desde hacía bastante tiempo. Manuel Pires era un tipo duro de corazón
y repleto de viejos rencores acumulados. Al momento de hacer uso de la palabra
se sentía tremendamente humillado. Soberbio en su concepción de implacable
esclavista no podía olvidar la derrota sufrida en los campos de Caazapaguazú.
Vengativo, esperaba la hora de cobrar la afrenta en forma sangrienta y ahora
justipreciaba que había llegado el momento. Infatuado, se levantó de su asiento
sintiéndose admirado por sus antecedentes de implacable cazahombres y arrogante
se dirigió a los asambleistas utilizando gestos ampulosos en el fraseo de su
corta pero firme oratoria:
Respetables senhores, eu tenho todo organizado. Reuni e
preparado 500 homens curtidos nos campos de batalha: portugueses, holandeses,
alemães armados com arcabuces e sables reluzentes. Três mil índios tupíes e
macacos fortemente armados com setas, lanças, fundas e garrotes. Mil canoas e
balsas teremos de construir e utilizar-se-ão no transporte com a finalidad de
capturar a maior quantidade de índios. Dou fé que nunca dantes se arreó o que
estamos dispostos a caçar e a empresa será imensamente redituable. Se
parece-vos bem partiremos dentro de três dias…
Bajo estas circunstancias, antes de finalizar el mes de
septiembre las dos mociones emanadas de la comuna paulista se cumplieron al pie
de la letra. Por un lado, los jesuitas fueron expulsados de la ciudad; por el
otro, el ejército bandeirante armado hasta los dientes puso en movimiento la
campaña de asalto a las reducciones misioneras del río Uruguay.
Nunca antes un regimiento dispuesto a esclavizar a tantos
seres humanos fue organizado en forma tan poderosa en esta parte del mundo.
Emprendido por gente civilizada, creyente en Dios, veneradora de santos
cristianos y de la Virgen María, y conspicuos concurrentes a misa, ¿de dónde
fundamentaron la incoherente doble moral de profesar la fe cristiana y
practicar la esclavitud? ¿En qué capítulo, en qué versículo del Nuevo
Testamento estaba escrita tan nefasta inmoralidad criminal? Porque la doble
moral es frecuente en reyes, príncipes, en hombres poderosos o en quienes
detentan poderes, precisamente para perpetuarse en el poder; pero al grado
abyecto de someter a otro ser humano a la bajeza tenebrosa de la servidumbre
extrema, ¿es de cristianos? ¿No es acaso la esclavitud el sistema más perverso
que destina al prójimo a morir lentamente en cautiverio? ¿Podrán entender
alguna vez los hijos de Dios el mensaje de la buena nueva? Porque está escrito
en los evangelios que sin libertad nadie jamás podrá decidir su destino, gozar
de la familia, de los amigos, hacer lo que le gusta, transitar sin que nadie lo
obstaculice y optar por los caminos que decida transitar sin que amo alguno lo
impida desde arriba. Entonces, ¿vale la pena vivir la vida sin libertad plena y
sin derechos ni garantías? Si la respuesta es no, entonces cabe el deber
sagrado de luchar por ella aunque en ella se vaya la vida. Y los hombres
misioneros acantonados en el bastión de Mbororé estaban dispuestos a ello.
TOMADO DE ENVIO DE PREGON AGROPECUARIO
DE AR

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