lunes, 19 de octubre de 2015

NARRANDO EL CLIMA

La brecha en la narrativa del clima
[Elizabeth Peredo B., Página Siete, La campaña de desinversión en combustibles fósiles es el corazón de la campaña por la justicia climática, acompañada de una propuesta anticapitalista contra los poderes corporativos.
Entre una mezcla de declaraciones sobre los derechos de la Madre Tierra, salvar el planeta, el derecho al desarrollo, ama sua, ama llulla, ama quella y mar para Bolivia se ha llevado adelante la Conferencia de los pueblos sobre cambio climático y derechos de la Madre Tierra: Tiquipaya II.
Es inevitable analizar esta cumbre a la luz de lo que fue la Conferencia de los Pueblos sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra  de 2010, donde más de 35.000 personas se reunieron, con cientos de delegados internacionales, entre los que podríamos mencionar a Naomi Klein, Bill Mc Kibben, Adolfo Pérez Esquivel y muchos otros que estuvieron presentes apoyando la construcción de una narrativa de justicia climática que proporcionó una agenda a los movimientos de activistas y a los gobiernos progresistas una propuesta de justicia climática basada en el principio de responsabilidades comunes, pero diferenciadas, los derechos de la Madre Tierra, así como la necesidad de estabilizar la temperatura del planeta a 1,5 grados.
Entonces, como ahora, estuvo también la voz ineludible de la Mesa 18, que denunciaba ya entonces el extractivismo y la anunciada construcción de la carretera del TIPNIS. Entonces, como ahora, la Mesa 18 fue ignorada por el Gobierno que prefirió eludir encarar las contradicciones que estos sectores organizados ya señalaban.
Esta agenda había dejado claro que el cambio climático no es un tema de ambientalistas ni ecologistas, sino una crisis sistémica muy relacionada con la economía. Esta agenda orientó las acciones y campañas del movimiento climático anticapitalista, el posicionamiento de las redes de activistas e incluso el posicionamiento oficial de Bolivia en Cancún, que no fue acompañada por los demás países y ni siquiera por los países del ALBA.
Tiquipaya II, en cambio, expresa una alianza férrea de los gobiernos del ALBA y un mensaje central expresado por el Vicepresidente boliviano: "Los culpables del cambio climático son los del norte (…) nosotros tenemos derecho a producir, hacer carreteras, tenemos que cultivar más si es necesario porque nuestra contribución a la Madre Tierra es gigante”… "Y si alguien tiene que pagar y cambiar, ellos que paguen, ellos que cambien, no nosotros” (La Razón, 9/10/2015). Es decir, un mensaje que en esencia postula el desarrollo como derecho, pero que no se interesa en profundizar de qué desarrollo hablamos y mucho menos de transiciones hacia una sociedad post carbono. La declaración de Tiquipaya II se ha aligerado de sustancia para justificar la contradicción entre desarrollismo, extractivismo y justicia climática. En fin, unas conclusiones, como se diría, un tanto "descafeinadas”.
En los años que siguieron a la Declaración de la Primera Cumbre sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra de 2010, se ha evidenciado que éste es un desafío sistémico que requiere de una respuesta compleja, multidimensional, en el que transformar la economía y la matriz energética y productiva son aspectos centrales.
Así, mientras las negociaciones y el sistema de las NNUU para el clima han ido perdiendo su legitimidad al desmantelar casi completamente el régimen climático y eludir cínicamente la emergencia del cambio climático, los movimientos del clima han dado pasos mayores que les ha llevado a concentrarse en que la transición de energías fósiles a energías renovables se ha convertido en la punta de lanza de sus campañas.
Los movimientos de activistas en torno a la justicia climática, instituciones y redes de científicos en todo el mundo coinciden en que hay que dejar el 80% de los combustibles bajo tierra y, por lo tanto, cambiar la economía radicalmente, puesto que una crisis de la dimensión que enfrentamos no puede ser resuelta con simples declaraciones o largas e infructuosas negociaciones diplomáticas.
Basados en las cifras que proporciona el Informe AR5 del IPCC, -que nos dicen que tenemos un presupuesto limitado de carbono y que de quemar solamente las reservas de carbón, gas y petróleo que se encuentran registradas en los mercados, estaríamos sobrepasando por cinco veces el presupuesto de carbono que nos queda y, por lo tanto, estaríamos literalmente quemando el planeta. Los y las activistas de la campaña global por la justicia climática dejan un mensaje claro: no a más inversiones en combustibles fósiles!; hay que iniciar una transición  rápida a los modelos energéticos sostenibles y hay que cambiar los sistemas de consumismo que agobian a la naturaleza depredando y contaminando despiadadamente. La campaña de desinversión en combustibles fósiles es el corazón de la campaña por la justicia climática, acompañada de una propuesta anticapitalista contra los poderes corporativos.
Vemos entonces que, a partir del enfoque del oficialismo en Tiquipaya II, se está abriendo una brecha también en la manera de enfocar la lucha contra el cambio climático. Su mensaje central no es la transición, sino la defensa del derecho al desarrollo y la postura de que "no somos guardabosques del imperio”. No se ha buscado un discernimiento de lo vinculada que está nuestra matriz productiva, económica y social con las bases estructurales de la crisis climática, y que eso  hace vulnerables a nuestras economías basadas en la producción de energía fósil, de la cual emerge la redistribución social. La narrativa planteada en Tiquipaya II no acompaña precisamente el enfoque de desinversión en combustibles fósiles, que exige parar con la explotación petrolera, de gas, el fracking y la industria del carbón si queremos atenuar las terribles consecuencias del cambio climático. Muchos gobiernos, y no sólo en el sur, se están "negando” a conectar los puntos desde la acción y el discurso político y sentar las bases de "sociedades post carbono”.
París, entonces, es un momento muy importante para avanzar en la narrativa global para enfrentar el cambio climático. Más allá de las negociaciones que anticipan ya una incapacidad de abarcar la gravedad del problema por la falta de compromisos serios y los lobbies corporativos, lo que interesa es crear una narrativa global que conecte la crisis del sistema con la capacidad de restaurar la vida y la sociedad. Denunciar el negacionismo colectivo y sobre todo el de los gobiernos que –teniendo toda la información de primera mano- niegan la ciencia y no permiten allanar el camino a soluciones verdaderas.
Es de esperar que este debate para abordar las grandes brechas nos dé al menos un "clima” para encarar la verdad como una base ética de la que debería desprenderse la respuesta de la humanidad a la crisis climática.

Link original:  http://www.paginasiete.bo/ideas/2015/10/18/brecha-narrativa-clima-73672.html
 Tiquipaya II: Combustibles Fósiles y Deforestación
 [Pablo Solón, Página Siete, 18 de octubre de 2015]
Por supuesto que quienes tienen que tomar la delantera y hacer un esfuerzo mayor son los países desarrollados, pero todos tenemos que encarar esta transición para dejar los hidrocarburos bajo tierra.
Tiquipaya II acaba de terminar y su Declaración contiene una serie de propuestas muy importantes para la Conferencia Mundial de Cambio Climático, a realizarse en París a fines de este año. Entre estas figuran el tema de la deuda climática de los países del norte, la importancia de reconocer los derechos de la Madre Tierra a nivel mundial, la necesidad de un Tribunal Internacional de Justicia Climática, el rechazo a los mercados de carbono y la necesidad de superar el modelo capitalista para hacer frente a las causas estructurales del cambio climático.
Sin embargo, existen dos temas que son preocupantes en la Declaración de Tiquipaya II. Uno, es el silencio frente a los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) que son responsables del 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero, y el segundo tema es la deforestación que contribuye con un 17% de las emisiones a nivel mundial, pero que a nivel de Bolivia representa un 66% de las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero.
¿Oro negro o energía solar?
Varios estudios científicos e incluso la Agencia Internacional de Energía han señalado que para limitar el incremento de la temperatura a sólo 2°C, entre el 75% y el 80% de las reservas conocidas de combustibles fósiles a nivel mundial deben quedar bajo tierra. En otras palabras, todos los países del planeta debemos empezar una transición para remplazar los combustibles fósiles por energías limpias extrayendo solamente un 20% de las reservas de petróleo, gas y carbón descubiertas hasta ahora. Por supuesto que quienes tienen que tomar la delantera y hacer un esfuerzo mayor son los países desarrollados, pero todos tenemos que encarar esta transición para dejar los hidrocarburos bajo tierra.
Hubiera sido importante que la Cumbre de Tiquipaya II haga este planteamiento, especialmente porque se vive una suerte de esquizofrenia en las negociaciones de cambio climático en la que todos los países hablan de reducir emisiones pero ninguno propone limitar la extracción de combustibles fósiles. ¿Cómo vamos a dejar de emitir si continuamos extrayendo más y más carbón, petróleo y gas?
Asimismo, Bolivia debió acompañar esta propuesta con planes concretos para impulsar la transición hacia la generación de electricidad a base de energía solar y eólica, remplazando gradualmente los hidrocarburos y evitando las mega-hidroeléctricas que emiten grandes volúmenes de gas metano muy nocivos para el cambio climático. En el Plan Eléctrico del Estado Plurinacional de Bolivia-2025 se prevé la instalación solamente de 25 MW de energía solar y 55 MW de energía eólica, sobre un total de 8.447 MW que se piensa instalar principalmente a base de grandes mega hidroeléctricas hasta el año 2025.
Debemos ser guardabosques de la Pachamama
En relación al tema de la deforestación, la Declaración de Tiquipaya II no peca por omisión sino por afirmar algo absolutamente incorrecto: “buscan convertirnos a los países en desarrollo en simples guardabosques para el capitalismo de los países desarrollados”.
Este mensaje se encuentra en los 10 puntos para salvar el planeta que se entregaron a Ban Ki-moon: “Descolonizar los recursos naturales, de visiones coloniales ambientales sesgadas, que ven a los pueblos del Sur como guardabosques de los países del Norte”. La preservación de los bosques nativos es algo que beneficia a toda la humanidad y la vida en su conjunto. Los bosques son los pulmones de la Pachamama. La Amazonia es responsable del 20% del oxígeno que respiramos en todo el planeta. Afirmar que para desarrollarse hay que deforestar es una gran equivocación, es precisamente repetir el error del capitalismo que en aras de obtener la máxima ganancia posible deforestó más de la mitad de los bosques que tenía nuestro planeta hace 300 años.
La idea de que debemos hacer una gran deforestación para garantizar la seguridad alimentaria de la población boliviana es un engaño. En este siglo hemos deforestado 8,5 millones de hectáreas de bosques y, sin embargo, la superficie cultivable sólo alcanza las 3,5 millones de hectáreas. Gran parte de los bosques quemados y talados hoy son tierras desertificadas e inutilizadas. La deforestación trae la pérdida no sólo de biodiversidad, sino que altera el ciclo del agua generando sequías en algunas regiones y desprotegiendo otras frente a inundaciones.
El bosque no es contrario a la alimentación de los bolivianos sino que es una de las principales fuentes de alimentos. Lo importante es saber convivir con el bosque a través de iniciativas de agroforestería y no impulsar el desmonte para expandir la producción agroindustrial para la exportación. Hoy la soya transgénica representa ya el 35,6% de la superficie total sembrada en el país. Este sector agroexportador está controlado en más de un 60% por capitales extranjeros, principalmente brasileños, menonitas y otros. Desmontar uno de los más grandes dones de la Madre Tierra, como son los bosques, para favorecer a este sector agroexportador es un miopía ambiental y económica.
El costo de reforestar una hectárea con arbolitos -lo que no es igual a una hectárea de bosque nativo- tiene un costo solamente en plantines y mano de obra que oscila entre los 500 y los 1.000 dólares por hectárea. Es decir que intentar reforestar un millón de hectáreas requiere una inversión de 500 a 1.000 millones de dólares, sin tomar en cuenta muchos otros costos necesarios para que los plantines no se mueran, como ya ha ocurrido en las últimas campañas de plantación de arbolitos en Bolivia. Aun desde un punto de vista meramente económico es un pésimo negocio desmontar una selva virgen para luego querer compensar el daño con plantaciones de monocultivos de árboles.
Plantar arbolitos puede ser positivo siempre y cuando no se lo utilice para ocultar la gravedad de la deforestación de nuestros bosques nativos.

La coherencia entre el decir y el hacer es clave en la lucha contra el cambio climático, y hoy día, después de cinco años de Tiquipaya I, es más necesario que nunca pregonar con el ejemplo.  Link original:  http://www.paginasiete.bo/ideas/2015/10/18/combustibles-fosiles-deforestacion-73675.html tomado de envio de red foroba 

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