La brecha en la narrativa del clima
[Elizabeth Peredo B., Página Siete, La campaña de
desinversión en combustibles fósiles es el corazón de la campaña por la
justicia climática, acompañada de una propuesta anticapitalista contra los
poderes corporativos.
Entre una mezcla de declaraciones sobre los derechos de la
Madre Tierra, salvar el planeta, el derecho al desarrollo, ama sua, ama llulla,
ama quella y mar para Bolivia se ha llevado adelante la Conferencia de los
pueblos sobre cambio climático y derechos de la Madre Tierra: Tiquipaya II.
Es inevitable analizar esta cumbre a la luz de lo que fue la
Conferencia de los Pueblos sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre
Tierra de 2010, donde más de 35.000
personas se reunieron, con cientos de delegados internacionales, entre los que
podríamos mencionar a Naomi Klein, Bill Mc Kibben, Adolfo Pérez Esquivel y
muchos otros que estuvieron presentes apoyando la construcción de una narrativa
de justicia climática que proporcionó una agenda a los movimientos de
activistas y a los gobiernos progresistas una propuesta de justicia climática
basada en el principio de responsabilidades comunes, pero diferenciadas, los
derechos de la Madre Tierra, así como la necesidad de estabilizar la
temperatura del planeta a 1,5 grados.
Entonces, como ahora, estuvo también la voz ineludible de la
Mesa 18, que denunciaba ya entonces el extractivismo y la anunciada
construcción de la carretera del TIPNIS. Entonces, como ahora, la Mesa 18 fue
ignorada por el Gobierno que prefirió eludir encarar las contradicciones que
estos sectores organizados ya señalaban.
Esta agenda había dejado claro que el cambio climático no es
un tema de ambientalistas ni ecologistas, sino una crisis sistémica muy
relacionada con la economía. Esta agenda orientó las acciones y campañas del
movimiento climático anticapitalista, el posicionamiento de las redes de
activistas e incluso el posicionamiento oficial de Bolivia en Cancún, que no
fue acompañada por los demás países y ni siquiera por los países del ALBA.
Tiquipaya II, en cambio, expresa una alianza férrea de los
gobiernos del ALBA y un mensaje central expresado por el Vicepresidente
boliviano: "Los culpables del cambio climático son los del norte (…)
nosotros tenemos derecho a producir, hacer carreteras, tenemos que cultivar más
si es necesario porque nuestra contribución a la Madre Tierra es gigante”…
"Y si alguien tiene que pagar y cambiar, ellos que paguen, ellos que
cambien, no nosotros” (La Razón, 9/10/2015). Es decir, un mensaje que en
esencia postula el desarrollo como derecho, pero que no se interesa en
profundizar de qué desarrollo hablamos y mucho menos de transiciones hacia una
sociedad post carbono. La declaración de Tiquipaya II se ha aligerado de
sustancia para justificar la contradicción entre desarrollismo, extractivismo y
justicia climática. En fin, unas conclusiones, como se diría, un tanto
"descafeinadas”.
En los años que siguieron a la Declaración de la Primera
Cumbre sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra de 2010, se ha
evidenciado que éste es un desafío sistémico que requiere de una respuesta compleja,
multidimensional, en el que transformar la economía y la matriz energética y
productiva son aspectos centrales.
Así, mientras las negociaciones y el sistema de las NNUU
para el clima han ido perdiendo su legitimidad al desmantelar casi
completamente el régimen climático y eludir cínicamente la emergencia del
cambio climático, los movimientos del clima han dado pasos mayores que les ha
llevado a concentrarse en que la transición de energías fósiles a energías
renovables se ha convertido en la punta de lanza de sus campañas.
Los movimientos de activistas en torno a la justicia
climática, instituciones y redes de científicos en todo el mundo coinciden en
que hay que dejar el 80% de los combustibles bajo tierra y, por lo tanto,
cambiar la economía radicalmente, puesto que una crisis de la dimensión que
enfrentamos no puede ser resuelta con simples declaraciones o largas e
infructuosas negociaciones diplomáticas.
Basados en las cifras que proporciona el Informe AR5 del
IPCC, -que nos dicen que tenemos un presupuesto limitado de carbono y que de
quemar solamente las reservas de carbón, gas y petróleo que se encuentran
registradas en los mercados, estaríamos sobrepasando por cinco veces el
presupuesto de carbono que nos queda y, por lo tanto, estaríamos literalmente
quemando el planeta. Los y las activistas de la campaña global por la justicia
climática dejan un mensaje claro: no a más inversiones en combustibles
fósiles!; hay que iniciar una transición
rápida a los modelos energéticos sostenibles y hay que cambiar los
sistemas de consumismo que agobian a la naturaleza depredando y contaminando
despiadadamente. La campaña de desinversión en combustibles fósiles es el
corazón de la campaña por la justicia climática, acompañada de una propuesta
anticapitalista contra los poderes corporativos.
Vemos entonces que, a partir del enfoque del oficialismo en
Tiquipaya II, se está abriendo una brecha también en la manera de enfocar la
lucha contra el cambio climático. Su mensaje central no es la transición, sino
la defensa del derecho al desarrollo y la postura de que "no somos
guardabosques del imperio”. No se ha buscado un discernimiento de lo vinculada
que está nuestra matriz productiva, económica y social con las bases
estructurales de la crisis climática, y que eso hace vulnerables a nuestras economías basadas
en la producción de energía fósil, de la cual emerge la redistribución social.
La narrativa planteada en Tiquipaya II no acompaña precisamente el enfoque de
desinversión en combustibles fósiles, que exige parar con la explotación
petrolera, de gas, el fracking y la industria del carbón si queremos atenuar
las terribles consecuencias del cambio climático. Muchos gobiernos, y no sólo
en el sur, se están "negando” a conectar los puntos desde la acción y el discurso
político y sentar las bases de "sociedades post carbono”.
París, entonces, es un momento muy importante para avanzar
en la narrativa global para enfrentar el cambio climático. Más allá de las
negociaciones que anticipan ya una incapacidad de abarcar la gravedad del
problema por la falta de compromisos serios y los lobbies corporativos, lo que
interesa es crear una narrativa global que conecte la crisis del sistema con la
capacidad de restaurar la vida y la sociedad. Denunciar el negacionismo
colectivo y sobre todo el de los gobiernos que –teniendo toda la información de
primera mano- niegan la ciencia y no permiten allanar el camino a soluciones
verdaderas.
Es de esperar que este debate para abordar las grandes
brechas nos dé al menos un "clima” para encarar la verdad como una base
ética de la que debería desprenderse la respuesta de la humanidad a la crisis
climática.
Link original:
http://www.paginasiete.bo/ideas/2015/10/18/brecha-narrativa-clima-73672.html
Tiquipaya II:
Combustibles Fósiles y Deforestación
[Pablo Solón, Página
Siete, 18 de octubre de 2015]
Por supuesto que quienes tienen que tomar la delantera y
hacer un esfuerzo mayor son los países desarrollados, pero todos tenemos que
encarar esta transición para dejar los hidrocarburos bajo tierra.
Tiquipaya II acaba de terminar y su Declaración contiene una
serie de propuestas muy importantes para la Conferencia Mundial de Cambio
Climático, a realizarse en París a fines de este año. Entre estas figuran el
tema de la deuda climática de los países del norte, la importancia de reconocer
los derechos de la Madre Tierra a nivel mundial, la necesidad de un Tribunal
Internacional de Justicia Climática, el rechazo a los mercados de carbono y la
necesidad de superar el modelo capitalista para hacer frente a las causas
estructurales del cambio climático.
Sin embargo, existen dos temas que son preocupantes en la
Declaración de Tiquipaya II. Uno, es el silencio frente a los combustibles
fósiles (petróleo, gas y carbón) que son responsables del 60% de las emisiones
de gases de efecto invernadero, y el segundo tema es la deforestación que
contribuye con un 17% de las emisiones a nivel mundial, pero que a nivel de
Bolivia representa un 66% de las emisiones nacionales de gases de efecto
invernadero.
¿Oro negro o energía solar?
Varios estudios científicos e incluso la Agencia
Internacional de Energía han señalado que para limitar el incremento de la
temperatura a sólo 2°C, entre el 75% y el 80% de las reservas conocidas de
combustibles fósiles a nivel mundial deben quedar bajo tierra. En otras
palabras, todos los países del planeta debemos empezar una transición para
remplazar los combustibles fósiles por energías limpias extrayendo solamente un
20% de las reservas de petróleo, gas y carbón descubiertas hasta ahora. Por
supuesto que quienes tienen que tomar la delantera y hacer un esfuerzo mayor
son los países desarrollados, pero todos tenemos que encarar esta transición
para dejar los hidrocarburos bajo tierra.
Hubiera sido importante que la Cumbre de Tiquipaya II haga
este planteamiento, especialmente porque se vive una suerte de esquizofrenia en
las negociaciones de cambio climático en la que todos los países hablan de
reducir emisiones pero ninguno propone limitar la extracción de combustibles
fósiles. ¿Cómo vamos a dejar de emitir si continuamos extrayendo más y más
carbón, petróleo y gas?
Asimismo, Bolivia debió acompañar esta propuesta con planes
concretos para impulsar la transición hacia la generación de electricidad a
base de energía solar y eólica, remplazando gradualmente los hidrocarburos y
evitando las mega-hidroeléctricas que emiten grandes volúmenes de gas metano
muy nocivos para el cambio climático. En el Plan Eléctrico del Estado
Plurinacional de Bolivia-2025 se prevé la instalación solamente de 25 MW de
energía solar y 55 MW de energía eólica, sobre un total de 8.447 MW que se
piensa instalar principalmente a base de grandes mega hidroeléctricas hasta el
año 2025.
Debemos ser guardabosques de la Pachamama
En relación al tema de la deforestación, la Declaración de
Tiquipaya II no peca por omisión sino por afirmar algo absolutamente
incorrecto: “buscan convertirnos a los países en desarrollo en simples
guardabosques para el capitalismo de los países desarrollados”.
Este mensaje se encuentra en los 10 puntos para salvar el
planeta que se entregaron a Ban Ki-moon: “Descolonizar los recursos naturales,
de visiones coloniales ambientales sesgadas, que ven a los pueblos del Sur como
guardabosques de los países del Norte”. La preservación de los bosques nativos
es algo que beneficia a toda la humanidad y la vida en su conjunto. Los bosques
son los pulmones de la Pachamama. La Amazonia es responsable del 20% del
oxígeno que respiramos en todo el planeta. Afirmar que para desarrollarse hay
que deforestar es una gran equivocación, es precisamente repetir el error del
capitalismo que en aras de obtener la máxima ganancia posible deforestó más de
la mitad de los bosques que tenía nuestro planeta hace 300 años.
La idea de que debemos hacer una gran deforestación para
garantizar la seguridad alimentaria de la población boliviana es un engaño. En
este siglo hemos deforestado 8,5 millones de hectáreas de bosques y, sin
embargo, la superficie cultivable sólo alcanza las 3,5 millones de hectáreas.
Gran parte de los bosques quemados y talados hoy son tierras desertificadas e
inutilizadas. La deforestación trae la pérdida no sólo de biodiversidad, sino
que altera el ciclo del agua generando sequías en algunas regiones y
desprotegiendo otras frente a inundaciones.
El bosque no es contrario a la alimentación de los
bolivianos sino que es una de las principales fuentes de alimentos. Lo
importante es saber convivir con el bosque a través de iniciativas de
agroforestería y no impulsar el desmonte para expandir la producción
agroindustrial para la exportación. Hoy la soya transgénica representa ya el
35,6% de la superficie total sembrada en el país. Este sector agroexportador
está controlado en más de un 60% por capitales extranjeros, principalmente
brasileños, menonitas y otros. Desmontar uno de los más grandes dones de la
Madre Tierra, como son los bosques, para favorecer a este sector agroexportador
es un miopía ambiental y económica.
El costo de reforestar una hectárea con arbolitos -lo que no
es igual a una hectárea de bosque nativo- tiene un costo solamente en plantines
y mano de obra que oscila entre los 500 y los 1.000 dólares por hectárea. Es
decir que intentar reforestar un millón de hectáreas requiere una inversión de
500 a 1.000 millones de dólares, sin tomar en cuenta muchos otros costos
necesarios para que los plantines no se mueran, como ya ha ocurrido en las
últimas campañas de plantación de arbolitos en Bolivia. Aun desde un punto de
vista meramente económico es un pésimo negocio desmontar una selva virgen para
luego querer compensar el daño con plantaciones de monocultivos de árboles.
Plantar arbolitos puede ser positivo siempre y cuando no se
lo utilice para ocultar la gravedad de la deforestación de nuestros bosques
nativos.
La coherencia entre el decir y el hacer es clave en la lucha
contra el cambio climático, y hoy día, después de cinco años de Tiquipaya I, es
más necesario que nunca pregonar con el ejemplo. Link original: http://www.paginasiete.bo/ideas/2015/10/18/combustibles-fosiles-deforestacion-73675.html
tomado de envio de red foroba
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