Los discursos brillan
o iluminan
Cristina Fernández, este sábado pronunció un discurso para
inaugurar un nuevo período del Congreso de la Nación. Esta nota se escribe un
día antes y pretende referirse al discurso no pronunciado.
Carlos Leyba Economista
Especial para época
Alternativa. Brillar
o iluminar. Distraer o transformar. Estética o ética. Un discurso puede ser
brillante. En
ese caso, como todo lo que brilla, encandila. Que no es lo mismo
que iluminar. A veces las palabras ciegan. Porque ocultan la realidad. El discurso
brillante, en general, produce satisfacción en los que lo escuchan. Sin duda
eso es lo que se propone quien lo emite:
brillar, predomina la estética de la palabra, un juego de distracción.
Otra dimensión es la de los discursos que iluminan. Que
aclaran la realidad. El discurso iluminador no siempre produce satisfacción
porque describe las debilidades y amenazas. Y bien puede producir, entonces, un
estado de alerta. Sin duda eso es lo que se propone quien lo emite: alertar.
Ese estado de alerta es la condición necesaria para desencadenar la reflexión
destinada a superar las debilidades. Quienes lo escuchan están convocados al
esfuerzo para despejar el horizonte. Es siempre una apelación ética que funda
la transformación.
El encandilamiento, que las palabras brillantes producen,
logra ocultar las debilidades y las amenazas a las que podemos estar sometidos.
Paradójicamente la elaboración del discurso brillante reduce la realidad de
modo que las consecuencias, las entrañas del presente, queden ocultas y velen
el futuro. La omisión hace al discurso brillante cómplice no inocente de los
males futuros.
Un ejemplo elocuente de esa elaboración es la iluminación en
la representación teatral. El iluminador, haciendo que los reflectores pongan
claridad sobre el protagonista -y obscuridad en todo lo que lo rodea - oculta
lo que está por venir. Los tramoyistas, así se llama el gremio de los que
trabajan entre bambalinas, protegidos por la obscuridad provocada por la
intensidad de la luz de los reflectores focalizados sobre el protagonista
instantáneo, hacen su trabajo. Y los espectadores sólo podrán ver la tarea de
los tramoyistas, los de la realidad que viene tras bambalinas, cuando quién
maneja las luces decida iluminar lo que permanecía oculto. La realidad se hace presente.
Cristina Fernández, este sábado pronunció un discurso para
inaugurar un nuevo período del Congreso de la Nación. Esta nota se escribe un
día antes y pretende referirse al discurso no pronunciado. ¿Tiene sentido? Es
que el domingo - hoy para el lector - ese discurso será lo más relevante para
la política nacional, para el colectivo, diga lo que ella diga y calle lo que
ella calle.
¿Será esta vez un discurso iluminador que actualice el
estado de la Nación? Una vez identificadas las debilidades y las amenazas,
¿será una propuesta de cómo habremos de utilizar nuestras fortalezas para
superar debilidades y amenazas?
Tres debilidades no pueden estar ausentes si es que hay una
visión iluminadora de Estado en el discurso.
En primer lugar debería poner en claro que nuestra sociedad
está partida por el temblor social de la pobreza y la marginalidad. Hoy,
después del reconocimiento del 3,7 por ciento de la tasa de inflación del mes
de enero, el Gobierno ha homologado, sin decirlo, los cálculos que sobre la pobreza
han venido realizando diversas instituciones. Hoy el consenso es que el número
de personas que hoy viven en condiciones de pobreza está en el orden de los 10
millones. Nuestra organización social, la que el poder político gobierna, sólo
incluye a 30 millones de habitantes. Los 10 restantes forman parte del
desheredad social. ¿Cuántos son los que están al borde de esa frontera?
¿Los hombres que se dedican a la cosa pública tienen
presente en sus propuestas? ¿Cómo silenciar esa perspectiva ante el aumento de
la violencia callejera y de los episodios vandálicos? ¿Cómo permanecer ajenos a
las demandas sociales sin vehículo orgánico que sólo se canalizan después de la
acción directa?
Uno de cada cuatro habitantes está excluido a pesar de una
década de crecimiento. No es una cosa nueva. La mayoría de esos pobres son
jóvenes. Y es posible que entre los jóvenes la pobreza sea casi mayoritaria.
Desde 1974, no ha dejado de crecer.
Ha crecido el porcentaje de pobres sobre el total de la
población. En cuarenta años la tasa de crecimiento del número de personas
condenadas a vivir bajo la línea de pobreza ha crecido más que el de las
personas incluidas social y económicamente.
En 1974 las personas
bajo la línea de pobreza eran 800 mil y la población total poco más de
20 millones. Hoy la población es casi el
doble. Pero la pobreza se multiplicó por cinco.
A medida que pasa el tiempo el problema crece, en términos
absolutos y relativos; y disminuye la capacidad moral y económica para
resolverlo. La capacidad económica amerita otra discusión; pero la moral se
refiere al acostumbramiento social a un problema que, después de todo según los
conformistas, nos ha permitido crecer. ¿Qué es, entonces, el crecimiento?
En los últimos cuarenta años el porcentaje de personas bajo
la línea de pobreza creció sistemáticamente; y alcanzó los actuales niveles
porcentuales en la década del 90. Y desde entonces nunca más bajó ni el número
absoluto, ni el porcentaje, si bien ha habido picos extraordinarios de corta
duración, como en las crisis de hiperinflación y en la de 2001/2002,
rápidamente superados.
En estas condiciones sociales el desarrollo será
progresivamente desigual. ¿Una sociedad democrática se realiza sin enfrentar a
la pobreza con un programa que vaya a las raíces de esa enfermedad colectiva?
Las continua tomas de predios en las áreas urbanas y
suburbanas, la contradicción con el orden legal en todas las direcciones - de
arriba hacia abajo y viceversa - , el florecimiento de verdaderos ghettos
urbanos de la pobreza, la marginalidad en vastas regiones del interior rural,
todos los días se hacen presentes en los medios de comunicación. Documentales
cotidianos de la peligrosa transformación de la sociedad. Una sociedad que
lejos de ser la que incluye progresivamente a los que - por distintas razones -
están afuera de las condiciones de vida que consideramos dignas; cada día
excluye y fortalece, en los excluidos, la convicción que habitan una sociedad
diferente y separada por un abismo. Se construye la cultura del desencuentro.
La antítesis del mensaje del Papa Francisco y de la sensatez.
En ese marco el narcotráfico cobra vidas. La muerte violenta
y la muerte progresiva en vida de los más jóvenes. Hay dos escenarios de la
cultura narco. El de la cultura narco vip, que invade las áreas más
sofisticadas de nuestra sociedad, tiene como socios activos el poder y el
dinero. Y el escenario de la cultura del deshecho que es el que se expande en
la pobreza. Los dos son caras de un mismo problema. Pero en el escenario de la
pobreza la cultura narco se convierte en un mecanismo sistémico destinado a
fortalecer los ghettos. La pobreza que es una debilidad para la sociedad en su
conjunto y se transforma en una amenaza para el futuro. La dinámica de la
pobreza o de la exclusión es el anticipo del futuro.
Si el discurso presidencial no asume este problema que afecta
de manera directa a un cuarto de la población y que es el mayor desafío del
Estado; no habrá cumplido el requisito esencial de un discurso iluminador
porque habrá dejado en la penumbra una debilidad y una amenaza.
En segundo lugar el discurso iluminador debería aportar una
reflexión profunda sobre el estado del Estado en la sociedad argentina. La
incapacidad para diagnosticar el carácter del narcotráfico es una muestra de la
primera falencia del Estado como tal: la incapacidad de diagnóstico de las cuestiones
sociales centrales. No podemos dejar de mencionar los errores conceptuales de
los responsables de la tarea. Ellos han señalado la conveniencia de
discontinuar la lucha contra el narcotráfico, al menos parcialmente, al
proponer la legalización de la producción y el consumo de algunas drogas. Y
además han coincidido con los líderes del narcotráfico acerca de la inutilidad
de la tarea. ¿?
Esos juicios revelan el dominio del pensamiento de ocasión,
la ausencia de diagnóstico y de políticas, frente a un problema de una magnitud
colosal.
Este tema pone sobre el tapete un hecho mucho más grave. Es
que en el Estado, en nuestro país, se ha ido devorando la estructura
profesional y se la ha ido reemplazando progresivamente por personal
proveniente de distintas lealtades. Ese desmontaje de la profesionalidad lo
hicieron todas las gestiones. Se acumulan capas geológicas.
Un mandato de la democracia es la construcción y
fortalecimiento del Estado. Es decir desde 1983 debíamos haber desarrollado un
Estado fuerte. No sólo por la formación de los cuadros profesionales del sector
público sino por la consagración de estructuras e instituciones lo
suficientemente sólidas como para garantizar la aplicación y continuidad de las
normas. Sin esos elementos se hace extremadamente difícil hacer del Estado el
oferente y garante de la oferta de bienes públicos.
En estos años hemos visto la proliferación de ejércitos de
seguridad privados y deterioro de las estructuras de seguridad públicas;
declinación de la escuela pública y crecimiento de la privada; expansión de los
servicios privados de salud y deterioro de la salud pública. Podríamos seguir
inventariando las falencias públicas en materias centrales como la Justicia o
como todas las que atienden a la infraestructura energética y de transporte,
cuya responsabilidad primaria es estrictamente pública.
Ninguno de estos temas es exclusiva responsabilidad de la
actual gestión. Se vienen acumulando desde años y sin duda el período de Carlos
Menem y Domingo Cavallo hizo una doctrina de aquello de Ronald Regan de que “el
Estado no es parte de la solución sino del problema”. Los anteriores nada
hicieron por el Estado pero el menemismo lo destruyó y los que le han seguido -
a pesar de las palabras - nada hicieron para recomponer el Estado necesario. Las pruebas están en el inventario de la
realidad.
Si desde la jefatura del Estado no hay una reflexión y un
mensaje auténtico sobre el estado del Estado, el discurso no iluminará esta
debilidad central de nuestra sociedad actual.
El tercer lugar el discurso iluminador debería señalar la
escasa inversión reproductiva que, hace largo años, castiga a la productividad
argentina. El crecimiento de la productividad es la condición necesaria para
resolver, entre otros, el problema colectivo de la pobreza; y el crecimiento de
la inversión reproductiva es la condición necesaria para abordar el problema de
la calidad del empleo. Hoy se registran como ocupados a muchas personas que han
ingresado a las administraciones públicas que, en realidad, están siendo asistidos
de esa particular manera ante una situación de desempleo. De la misma manera
muchos miles de puestos de trabajo han sido creados como compensación a la
falta de ofertas laborales verdaderas. Socialmente son respuestas válidas. Pero
no pueden ser asimiladas a puestos de trabajo genuinos que sólo son producto de
un incremento de la inversión.
Todos esos mecanismos de compensación no contribuyen a
incrementar la productividad y tienden a ocultar la dimensión del problema de
la falta de inversiones. Desde esta perspectiva se hace inevitable una
reflexión sobre la fuga del excedente. Durante la convertibilidad la fuga de
capitales igualó al incremento de la deuda externa. Los particulares fugaron su
excedente y la sociedad se endeudó para posibilitar la fuga. Desde el primer
gobierno de Cristina, sin incremento de la deuda, el excedente por hasta 90 mil
millones de dólares se fugó financiado por la abundancia de dólares de la soja,
cuando no por la caída de las reservas.
No puede disociarse la
bajísima tasa de inversión reproductiva de nuestra economía desde hace
décadas, de la fuga de capitales. El país no ha logrado construir una moneda,
ni tampoco un escenario capaz de generar el impulso productivo que su capacidad
de generar excedentes debería hacer realidad. Si el discurso no reflexionara en
esa perspectiva no iluminaría la realidad económica nacional.
Estas tres cuestiones, pobreza; decaimiento del Estado;
falta de inversión y fuga de capitales son, sin duda, parte de las mayores
debilidades de la sociedad argentina contemporánea.
Las tres conforman una real amenaza contra las posibilidades
de progreso colectivo. Y eso implica que no enfrentarlas convertirá en efímero
cualquier nuevo ventarrón que nos empuje hacia delante.
Alentemos la esperanza que el discurso presidencial esta vez
haya iluminado aquellas cosas graves que tenemos que solucionar. La verdad es
la mejor convocatoria.
Al leer esta nota Usted y yo, ya hemos escuchado el
discurso. Ahora habrá que comparar si sólo ha sido una pieza brillante o por el
contrario una iluminadora. TOMADO DE
EPOCA DE CTES AR

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