Descuidos así pueden costarle millones de pesos al país.
Foto: Pastor Batista
LAS TUNAS.—La imagen que acompaña a este texto no es montaje
ni toma preconcebida para luego escribir acerca de un tema cada vez más
“candente”: el ceñido nexo negligencia-incendio.
Tranquilamente sentado junto a un plantón, quizá
aprovechando un pequeño recodo de sombra en el ardiente mediodía, aquel
ciudadano fumaba con profundo placer, ajeno al peligro que durante todo el año
—y mucho más en estos meses—implican una chispa de fuego, una colilla
encendida… Ese es uno de los numerosos descuidos que con frecuencia
originan incendios de respetables proporciones e incalculables daños para las
unidades productoras, colectivos cañeros y sobre todo para la economía del
país. No por reiterada, la referencia pierde connotación o fuerza. Hoy Las
Tunas registra 38 fuegos más que en igual fecha del pasado año, con perjuicios
que duplican los estragos de aquel entonces. A Armando Aguilera Pérez, jefe de
seguridad y protección de la empresa azucarera del territorio, le sigue
preocupando esa tendencia que remonta vuelo en meses como el de marzo, marcado
por 62 siniestros en el 2014. “Como los accidentes —recalca Armando— los
incendios también son evitables. Todo depende del cuidado y la previsión con
que se actúe. Si alguien lo duda, que visite la cooperativa cañera 26 de Julio,
en Banes, Holguín, donde alrededor de una veintena de hombres vigilan
constantemente, tienen hasta medios para comunicarse de inmediato, llevan
control de quienes transitan por las plantaciones y aplican otras medidas que
permiten mantenerse durante años sin un solo incendio. “Casos como los de San
Martín y Santa María, en suelo tunero —prosigue— con más de 2 000 toneladas de
la gramínea calcinadas por las llamas, indican, sin embargo, que no siempre ni
en todos los lugares se piensa ni se actúa con ojos y manos previsores”. De muy
poco sirve que Azcuba, el Comando 105, el Ministerio del Interior, el Gobierno
municipal y otros actores cierren fila para actuar de forma integrada, si
abajo, en las unidades, persisten grietas por donde salta la chispa incendiaria
ante el menor desliz. Quienes conocen acerca del tema no niegan que en un
momento dado un rayo, un cortocircuito u otro fenómeno similar puedan causar
fuego en el cañaveral. Pero no es lo que predomina, ni siquiera durante el
tórrido verano, cuando, curiosamente, no se reporta ningún incendio, tal y como
sucedió el pasado año.La realidad demuestra cada vez más que la candela suele
estar asociada a negligencias. Muy inferior y hasta nulo fuese el número de
incendios en cañaverales, si todos los tractores y medios de transporte
tuvieran el dispositivo matachispas, si en todos los lugares se realizara como
corresponde la limpia de las cuchillas de combinadas, si estas llevaran su
extintor y el tanque con agua, si los motosoldadores permanecieran en un área
limpia y a no menos de 40 metros de la plantación…Por más que se insista en
reuniones, foros, trabajos de prensa, spot televisivos… hay quienes siguen
quemando balizas de leña a pleno viento y sol, pescadores que atizan fogatas
para cocinar y luego dejan brazas encendidas, unidades que no acaban de hacer
las trochas cortafuegos…Si en Anacaona, al sur tunero, el pasado año no hubo
incendio en la caña fue porque sus trabajadores llegaron, incluso, a cortar y
a retirar la paja seca de los primeros 10-15 plantones de caña. Eso es
prevenir. Según estimados, cuando se corta 24 horas después del incendio, la
caña quemada pierde alrededor de un 5 %, proporción que “se dispara” en las
doce horas siguientes. A ello habría que
sumar los gastos que genera mover equipos o fuerzas para picar, alzar y tirar
la caña dañada desde lugares donde no estaban previstas esas labores, fenómeno
que perjudica a la programación de corte y crea inestabilidad, baches o irregularidades
para el abastecimiento y funcionamiento de la industria.
¿Y quién paga las
consecuencias de todo eso?
Por lo general la respuesta suele ser: Liborio (la economía
del país). Pero ya va siendo hora de que, visto el caso y comprobado el hecho
—entiéndase la negligente causa— alguien asuma individual o colectivamente como
estructura de base la responsabilidad, y adquiera forma más justa y concreta el
cobro o resarcimiento de los daños. tomado de la Granma de cuba
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