En los últimos días las imágenes de París inundado
recorrieron el mundo. La ciudad, donde se firmó el histórico acuerdo sobre
cambio climático COP 21, ha vivido una de sus peores inundaciones de los
últimos 30 años que obligó al Louvre, uno de los museos más visitados del
mundo, a cerrar sus puertas para proteger su colección. Por ser un lugar tan
conocido, esas imágenes tuvieron gran impacto, pero la situación de emergencia
no es diferente de las que vivieron miles de uruguayos debido a las
inundaciones el pasado verano. Son efectos visibles, a la vez que
recordatorios, de que el calentamiento global y el cambio climático nos están
afectando.
Uno de los grandes problemas de la actualidad es que seamos
capaces de controlar las actividades que realizamos y que pueden cambiar el
clima. Son las acciones las que han aumentado las concentraciones de algunos
componentes de la atmósfera e introducido otros nuevos gases que han llevado a
la intensificación del efecto invernadero y al consecuente calentamiento global.
Las consecuencias de este fenómeno son de variada magnitud y
se están tratando de precisar mediante investigaciones, estudios y evaluaciones
desarrollados en diferentes países del mundo, incluido Uruguay.
Los impactos se están sintiendo a través de modificaciones
en las circulaciones atmosférica y oceánica (global y regional), incremento del
nivel medio del mar, cambios en la producción agrícola, ecosistemas terrestres,
marinos y costeros, recursos hídricos, regímenes de precipitaciones, humedad
del suelo, silvicultura, asentamientos humanos, salud humana y animal, y en los
recursos energéticos.
Han habido cambios más sutiles: en los últimos 50 años se ha
registrado una disminución significativa anual de noches frías y un incremento
notable anual de noches cálidas; y ha disminuido la cantidad de días fríos y ha
aumentado la de días cálidos. Otros han sido extremos y son constataciones de
que la variabilidad y el cambio climático afectan las condiciones del ambiente
en que vivimos, así como las actividades sociales y económicas. En Uruguay, los
eventos de inundación urbana han generado decenas de miles de evacuados en los
últimos años, afectando a más de 60 ciudades entre las inundadas por desborde
de ríos y problemas de drenaje. En otros períodos, las sequías han generado
también múltiples afecciones.
Atendiendo a estas realidades, funciona desde 2009 el
Sistema Nacional de Respuesta al Cambio Climático y la Variabilidad, que está a
cargo del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, cuyo
objetivo es coordinar y planificar las acciones públicas y privadas necesarias
para la prevención de los riesgos, la mitigación y la adaptación al cambio
climático.
Se trata de un espacio de participación interinstitucional
que ha procurado articular visiones, acciones y generar sinergias entre los
distintos organismos gubernamentales y la sociedad civil en relación con este
tema. Aunque la tarea está en pleno desarrollo, ha habido iniciativas
interesantes con impacto en distintos sectores como el agropecuario,
energético, la salud y el ordenamiento territorial, entre otros.
En el agro, el desarrollo de nuevos instrumentos de
transferencia del riesgo --como lo son los seguros basados en índices, que
contribuyen a la gestión del riesgo climático en los sistemas productivos--, la
denominada “agroecoeficiencia” y la intensificación ecológica de los procesos
de producción de alimentos son promovidos como herramientas de desarrollo
sostenible, que a su vez, permiten posicionar a Uruguay como país productor de
alimentos de forma responsable. En lo que respecta a energía, para 2030 se
proyecta la reducción de un 85% de las emisiones de gases de efecto invernadero
en la generación eléctrica a través de la incorporación del uso de fuentes
autóctonas renovables. A nivel de la salud, el cambio climático ha determinado
la reaparición o recrudecimiento de algunas enfermedades a nivel global y por
eso la vigilancia de enfermedades transmitidas por vectores es una prioridad
para el sistema de salud pública nacional.
A todo esto se suman otras acciones vinculadas con proyectos
de adaptación urbana en infraestructura (construcción de desagües y drenajes
pluviales) y atención a niños, que se llevan adelante entre el gobierno
nacional y las intendencias; proyectos e intervenciones para combatir la
erosión y urbanización de la costa atlántica, que involucra la generación de
planes de gestión costera y establecimiento de zonas en las que se prohíbe la
construcción, por ejemplo.
La lista no se agota en lo anteriormente expresado, pero son
ejemplos que evidencian que construir la resiliencia al cambio climático
constituye un desafío relevante para nuestro país. En primer lugar, porque es
un fenómeno que continúa agravándose día a día y porque, además, requiere de
respuestas integrales en diversas dimensiones y de diferentes organizaciones e
instituciones de la sociedad.
Las acciones macro son necesarias, pero también se requiere
información para promover conciencia de las acciones individuales. En ese
sentido, es necesario formar a las generaciones jóvenes. Pequeñas acciones que
se enseñen en un salón de clase pueden hacer grandes cosas porque generan
hábitos, formas de pensar y entender la realidad y pueden tener eco en la
comunidad. La gestión de residuos y del agua, el cuidado de los recursos
naturales, el uso de energía renovable son temas que involucran a gobiernos y
grupos, pero también nos involucran individualmente al tomar nuestras acciones
de consumo. Está en nuestra naturaleza adaptarnos y sobrevivir, pero también
hay que ofrecer herramientas prácticas y cercanas para que podamos cambiar
nuestra relación con el planeta y elegir un modo de vida que nos permita dejar
de atentar contra nuestra propia supervivencia. TOMADO DE EL TELEGRAFO DE UY

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