El impacto del cambio climático en Chile
Hacia 2050 no sólo viviremos en un país más caluroso, menos
lluvioso, más propenso a tormentas y con más días nublados. Una serie de
paisajes se modificarán debido a la menor disponibilidad de agua y el avance de
las zonas áridas, trasladando cultivos desde la zona central hacia el sur y
disminuyendo la cobertura de nuestros bosques. Son las conclusiones de nuevos
estudios que, más allá de los evidentes cambios, resultan fundamentales para
diseñar estrategias que mitiguen los efectos del calentamiento global en Chile. por Ricardo Acevedo - En los Valles de Leyda y Casablanca,
en la zona central, son los trabajadores que siembran y cosechan la tierra
quienes más saben de cambio climático. No necesitaron conocer los reportes de
Naciones Unidas ni escarbar en complicados estudios científicos para saber que
el clima está cambiando de forma acelerada en unas pocas décadas. Allí no hay
escépticos, tampoco ecologistas ni defensores de causas perdidas, sólo gente
que ha vivido toda una vida ligada al campo. Si una planta no crece, si llueve
menos, si las temperaturas son más altas o más frías, son ellos a quienes hay
que preguntar. “Antes el agua de los pozos la encontrábamos cerquita, a unos
ocho metros ya encontraba agua usted. Hoy tiene que hacer pozos mucho más
grandes, a veces de hasta 80 metros para poder encontrar algo”. No es raro
hallar testimonios similares en los campos de Chile. Y la evidencia científica
más reciente respalda estos relatos de primera mano, al punto que pocos dudan a
estas alturas de que hemos comenzado a vivir los efectos del calentamiento
global y que la actividad del hombre está detrás del fenómeno.
Este año, por primera vez, la presencia de Co2 en la
atmósfera superó la marca de las 400 partes por millón, duplicando en un lapso
de poco más de cien años los niveles que existían antes de la era industrial.
Ningún ciclo natural es capaz de causar este efecto en tan corto período, como
demuestra el hecho de que durante toda la civilización humana los niveles de
dióxido de carbono se mantuvieron entre las 180 y 280 partes por millón. Lo
que, según estudios de la Nasa y los paneles de expertos de la ONU, ha causado
que en las últimas tres décadas la temperatura del planeta haya subido en un
grado Celsius como promedio.
En Chile, el océano Pacífico tiene un efecto moderador del impacto
que a nivel global causa el alza de temperatura, pero nuevos estudios revelan
que aun así el país registrará cambios significativos en el clima.
Una investigación encargada por el Ministerio del Medio
Ambiente al Centro de Agricultura y Medio Ambiente de la Universidad de Chile
analizó los escenarios climáticos hacia 2030 y 2050. ¿Sus conclusiones? De no
aplicarse medidas de mitigación, no sólo viviremos en un país más cálido, menos
lluvioso, más propenso a tormentas y con días más nublados, sino que muchos
paisajes se modificarán debido a la menor disponibilidad de agua y el avance de
las zonas áridas. Los posibles efectos incluyen el traslado de los cultivos
tradicionales de la zona central hacia el sur y la disminución de la cobertura
del bosque nativo.
Claro, el informe de la U. de Chile no plantea un destino
ineludible. Pero si todo se mantiene tal cual es muy posible que, así como hoy
en el campo los más viejos se admiran por “lo mucho que ha cambiado el clima”,
nosotros tendremos que contar a nuestros nietos cómo era el paisaje chileno
cuando el milenio recién comenzaba.
CLIMA MAS CALIDO
El aumento de temperatura afectará a todo el territorio.
Pero si usted vive en las ciudades del interior, su percepción del cambio será
mucho mayor. La cercanía del océano mitiga el impacto, porque la nubosidad y
brisa marina que ingresan al continente mantienen los niveles de humedad, a lo
que se suma el efecto de fenómenos como La Niña, que enfrían la superficie del
mar disminuyendo las temperaturas. Por eso se estima un aumento promedio de 1,5
grados para la costa, cifra que irá creciendo a medida que se avanza hacia el
interior: sobre los dos mil metros de altura, el alza podría llegar a superar
los tres grados centígrados.
Si es un santiaguino acostumbrado a noches de verano más
frescas, que lo alivian del calor del día, hacia 2030 lo más probable es que
deba considerar sí o sí un sistema de aire acondicionado si quiere dormir bien.
Porque en verano la capital registrará un aumento en sus temperaturas mínimas y
máximas. Se proyecta, por ejemplo, un alza de 1,6 grados en la máxima promedio,
pasando de 30,5° de ahora a 32,1° durante los eneros de los próximos 17 años. Y
olvídese del frío intenso en julio: la temperatura mínima promedio se elevará
2,1 grados (de los 4,2 grados actuales a 6,3 grados).
Hacia mediados de siglo, una de las ciudades más cálidas del
país será Los Andes, con máximas promedio en verano de 33,3 grados, es decir,
2,4 grados más que ahora.
Las regiones que hoy son más frías experimentarán el mismo
fenómeno. Concepción, por ejemplo. Si la temperatura mínima en pleno invierno
alcanza un promedio de 3,5 grados, hacia 2030 llegará a 4,4 grados,
prácticamente un grado más en tan sólo 17 años. Para 2050, las temperaturas
mínimas serán todavía más elevadas, llegando a los 4,9 grados en esa ciudad.
Igual situación para el norte. Calama, enclavada en pleno desierto, con
temperaturas máximas que subirán 1,9 grados en el verano respecto de las
actuales. Sin embargo, habrá otro cambio aún más notorio en esta zona: las
temperaturas mínimas extremas que suelen caracterizar el clima del desierto
también aumentarán. Para mediados de siglo, el alza será de 2,5 grados, pasando
de 1,3 grados a 3,8 grados la mínima promedio en invierno.
Para el doctor Fernando Santibáñez, responsable científico
del estudio, los alcances de este aumento de temperatura son significativos,
afectando las precipitaciones, la nubosidad y, en especial, al paisaje. No sólo
tendremos que acostumbrarnos a más días nublados debido al contraste con el
océano: el clima cálido aumenta la diferencia de temperatura entre el mar y la
tierra firme, contraste que moviliza más aire desde la costa hacia el
continente. También habrá que sumar que, mientras disminuyen las lluvias,
aumentarán eventos extremos, como tormentas eléctricas y granizadas, algo
similar a lo que ocurre en el trópico, pero con episodios súbitos que podrían
desencadenarse en verano o invierno.
MENOS LLUVIAS
Es en este contexto que uno de los principales desafíos será
enfrentar las consecuencias de la disminución de precipitaciones. Datos de la
Dirección Meteorológica de Chile señalan que, en promedio, actualmente se
registran 10 días menos de lluvia que hace 100 años. Y esta tendencia se
acentuará. Dentro de 17 años, la capital registrará 46 mm menos de agua caída y
para 2050 serán 64 mm menos. Más al norte, el escenario es peor: en Ovalle, por
ejemplo, la disminución de las precipitaciones significará casi 20 mm menos de
agua caída en 2030 y casi 30 mm menos en 2050. Otra zona igualmente agrícola es
la de Curicó. Y ahí el tema es más marcado. En 2030 se registrarán 131 mm menos
de lluvia y a mediados de siglo, la baja será de casi 180 mm.
En efecto, el estudio de la Universidad de Chile proyecta
que el fenómeno se está acelerando. Uno de los ejemplos más claros en este
sentido es Valdivia. Un estudio dado a conocer en 2007 por la Universidad
Austral, que analizó información de estaciones meteorológicas entre Concepción
y Aysén, documentó una disminución de 540 milímetros durante los últimos 71
años en la Región de Los Ríos. Pero el análisis de la U. de Chile muestra que
bastarán 17 años para que esta zona registre casi 250 mm menos.
No es todo. En la zona centro sur también se presentará otro
fenómeno: lloverá más intensamente en cortos períodos de tiempo, lo que impide
la infiltración de agua hacia las napas subterráneas, al escurrir más rápido en
la superficie. En términos simples, el agua no se alcanza a absorber (ni a
acumular en el subsuelo), por lo que degrada los suelos y eleva el riesgo de
desastres naturales, como avalanchas y deslizamientos de tierra. Todo esto no
sólo afecta la disponibilidad de agua para la agricultura, también influye en
la disminución de ecosistemas sensibles como el bosque nativo, desplazando
hacia el sur climas que hoy caracterizan al Norte Chico y la zona centro sur.
Sólo en Arica y Calama se registrará un leve aumento de
precipitaciones. En la capital de la XV Región, el agua caída pasará de 2 mm a
2,1 mm, mientras que en la ciudad minera subirá de 20,5 a 24,1. Un fenómeno que
ya fue advertido en el estudio “Variabilidad climática en el territorio chileno
en el siglo XXI”, realizado por el Departamento de Geofísica y Matemáticas de
la U. de Chile, donde se explica que en el Norte Grande y especialmente en el
altiplano, habrá un aumento de lluvias en primavera y verano, reforzadas por el
invierno boliviano.
EL DESIERTO AVANZA
En este nuevo escenario climático los bordes del desierto se
extenderán un promedio de 50 kilómetros, lo que prácticamente “empujará” hacia
el sur climas que hoy son propios de la zona central. “Estos cambios se
manifestarán principalmente hasta el sur de la Araucanía”, explica Santibáñez.
La Cuarta Región, por ejemplo, con su clima árido, de
vegetación arbustiva, pero de excelencia para cultivos como las viñas,
comenzará a mostrar un paisaje cada vez más parecido al desierto, donde será
imposible sostener la agricultura tradicional. Santiago, en tanto, transitará
de un clima semiárido a uno árido, exhibiendo un paisaje mucho más cercano al
que conocemos hoy en la IV Región. En la precordillera usted encontrará menos
bosques y más matorral de tipo espinoso, como el que aprecia hoy cuando viaja
por carretera al Norte Chico.
“Los abuelos de mediados de este siglo van a poder reconocer
este cambio en el paisaje”, dice Leonel Sierralta, jefe de la División de
Recursos Naturales del Ministerio del Medio Ambiente, quien explica que los
límites agrícolas en el Chile más cálido se modificarán, de manera que habrá
cultivos de la zona central que sólo se podrán hacer más al sur. Y los cambios
ya se están apreciando. Un ejemplo es lo que sucede con frutos como el kiwi y
que complica los procesos de exportación: están madurando antes de llegar a
otros países. “Es muy probable que todo lo que se produce hoy hasta Talca
llegue a tener mejores condiciones para ser cultivado en regiones como el
Biobío y la Araucanía”, explica Fernando Santibáñez.
EL NUEVO MAPA DEL VINO
Uno de los cultivos más importantes que se desplazarán es el
vitivinícola. ¿Se imagina comprando un vino que fue producido en Valdivia? Esto
podría ser realidad hacia 2050. Un estudio dado a conocer a fines de marzo por
la Universidad Austral y el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) explica
que se perderá gran parte de la actual zona apta para viñas, pero que se
abrirán nuevas áreas en lugares hasta ahora inusuales, como Talca y Valdivia.
En Chile, el área de producción de vino actualmente se
extiende entre la IV Región y el Biobío, pero el aumento de temperatura y la
menor disponibilidad de agua ya empiezan a notarse: el 95% de las viñas tiene
problemas de suministro de agua, según el estudio. De hecho, se estima que en
las actuales regiones de clima mediterráneo, como Maipo, Cachapoal y Colchagua,
donde se cultivan variedades premium, la zona apta para vinicultura disminuirá
en 25%.
Claro que no todo está perdido para la zona central. Una de
las conclusiones del estudio es que se podrá recurrir a nuevas cepas que
ofrezcan sabores similares, pero que se adapten mejor al nuevo clima. Y, según
los autores del estudio del Ministerio del Medio Ambiente, la zona podría
renovar su agricultura, optando por cultivos tropicales (cereales, cítricos,
paltas y chirimoyas) beneficiados con la disminución de heladas y el aumento de
temperatura.
BOSQUES QUE SE DESPLAZAN
Especies como el quillay, el boldo y el litre, el peumo y el
maitén, que para todos son familiares en la zona central, podrían prácticamente
desaparecer de los ecosistemas. Una posibilidad es que persistan sólo en áreas
mucho más reducidas, como aquellas que mantendrán humedad en quebradas y en
zonas costeras. Estos árboles forman parte del llamado bosque esclerófilo, que
regula las cuencas de los ríos, absorbe agua alimentando napas subterráneas,
evita riesgos naturales como deslizamientos de tierras y alberga una
biodiversidad que incluye mamíferos como el zorro, el puma, así como numerosas
especies de aves. Pero lo más común en la zona central de mediados de siglo
será el matorral espinoso, un paisaje más seco, árido, parecido al que presenta
actualmente la IV Región.
Más hacia el sur también habrá cambios en los bosques. A
mediados de la década pasada, un estudio realizado sobre la base de los anillos
de crecimiento de árboles por científicos del Núcleo Científico Milenio
Forecos, de la Universidad Austral, había ya sugerido que la distribución de la
vegetación austral estaba sufriendo transformaciones importantes. Ahora,
Patricio Pliscoff, académico del Departamento de Geografía de la Universidad de
Chile y que participó en el estudio que encargó el Ministerio del Medio
Ambiente, explica que según el nuevo análisis, especies nativas como el alerce,
la araucaria y el ciprés de las Guaitecas (especies de coníferas que conforman
el llamado bosque resinoso característico del sur de Chile) tendrán más
dificultades para adaptarse al nuevo clima debido a sus largos períodos de
vida.
¿Por qué? En 1993, el científico y líder del grupo Milenio
Forecos, Antonio Lara, publicó una investigación que analizando los anillos de
crecimiento del alerce descubrió especímenes que tenían 3.600 años de edad en
el sur de Chile, lo que convierte a estos árboles en una de las especies más
longevas del planeta. Debido a que las huellas del clima también quedan
marcadas en el crecimiento de los árboles (si llueve menos, el anillo es más
delgado y viceversa), estas investigaciones han permitido también comprobar que
el calentamiento global es un fenómeno que se ha acelerado en los últimos cien
años. Pero esta misma longevidad juega en contra de estas especies de bosque
nativo chileno: no alcanzan a modificar su ADN con la rapidez suficiente que
necesitan para adaptarse a un clima con mayor temperatura.
Ahora bien. El estudio de la U. Austral y el IEB también
revela que todos estos fenómenos se pueden mitigar, en parte, conservando las
pequeños concentraciones de bosques que perdurarán, para crear microclimas que
aprovechen sus características, en especial los de tipo esclerófilo. Por
ejemplo: una zona de cultivo presenta menos temperatura si en su entorno
existen estos bosques, ya que evaporan gran parte del agua que consumen, un
proceso en el cual consumen energía del Sol y enfrían el ambiente. Desde hace
cinco años que la académica de la U. Austral Olga Barbosa y su equipo del
Programa Vino Cambio Climático y Biodiversidad, están trabajando en viñas para
mantener “corredores” de vegetación alrededor de los parronales. “Ya se han
sumado 14 viñas, con un total de 600 hectáreas como promedio, las que en su
conjunto representan el 78% de las exportaciones”, explica Barbosa.
Hay que agregar que, en contraste con otras especies como el
pino y el eucalipto, que consumen mucha agua y saturan los suelos, los árboles
nativos actúan como una suerte de “esponja”: absorben el agua alimentando las
capas subterráneas que alimentan vertientes y pozos.
DISMINUCION DE GLACIARES
Medidas como la mantención de los bosques nativos pueden
resultar vitales, considerando que otra de las consecuencias de la disminución
de precipitaciones y el aumento de temperatura es la pérdida de importantes
reservas de agua, debido al sostenido retroceso que presentan los glaciares en
todo el país. Un fenómeno que los estudios muestran se ha ido acentuando: se
estima que el 90% de los glaciares en todo Chile ha disminuido en mayor o menor
medida su volumen. Andrés Rivera, glaciólogo del Centro de Estudios Científicos
(Cecs), es uno de los expertos que más ha estudiado estos glaciares. Utilizando
sofisticados instrumentos científicos, las investigaciones en que ha
participado han aportado evidencia para probar que el calentamiento global afecta
con mayor fuerza a las zonas de altura, lo que contrasta con lo que ocurre en
la zona costera. ¿Qué significa esto? El aumento de temperatura en las montañas
implica que la línea de nieve sube y que, como resultado, hay menos
precipitación sólida, haciendo que el volumen y masa del glaciar disminuya.
De esto hay ejemplos dramáticos en la Patagonia, como el
glaciar Jorge Montt, que durante el siglo XX retrocedió 20 kilómetros. En
tanto, estudios realizados en glaciares en la zona del Cajón del Maipo muestran
que éstos han perdido entre el 15% y 20% de su área en los últimos 60 años. El
descenso proyectado en las precipitaciones que muestra el nuevo estudio de la
U. de Chile tenderá a incrementar este fenómeno, pero Andrés Rivera advierte
que todos estos análisis se basan en modelos de predicción, que pueden ser en
parte mitigados por fluctuaciones interanuales del clima, como fenómenos La
Niña y El Niño. “Son tendencias que se superponen con la variabilidad
climática, por lo que no es que estemos ante un escenario de extinción, sino de
disminución de áreas”, dice.
LA MITIGACION
Lo que nadie discute es que con la disminución de lluvias y
de glaciares se presentará un déficit en la disponibilidad de agua. Leonel
Sierralta explica que uno de los sistemas que se proponen para contrarrestar
este fenómeno es la construcción de grandes embalses a partir del agua
proveniente del deshielo, una suerte de “reemplazo” de la función que hasta
ahora cumplen los glaciares que desaparecen. La idea es que estos embalses puedan
ir liberando agua de forma paulatina en los meses secos, ayudando a conservar
saludables cuencas de los ríos y manteniendo las reservas de aguas. Todo esto
también ayuda a atenuar la desaparición de los bosques y a conservar los
ecosistemas que los sostienen.
En el Ministerio del Medio Ambiente dicen que este estudio
busca precisamente contar con información científica que permita adoptar
políticas públicas que ayuden a contrarrestar estos fenómenos en el largo
plazo: embalses, obras hidráulicas, sistemas de regulación hidrológica y
mejoramiento de la red de canales de riego son algunas de las opciones a las
que se puede acceder. “Las políticas cortoplacistas son insuficientes para
tomar decisiones adecuadas para proteger nuestra riqueza natural”, dice la
ministra de Medio Ambiente, María Ignacia Benítez.
La ministra agrega que se contempla una estrategia de Estado
para combatir el nuevo escenario climático, un plan que se llevará a cabo en
conjunto con otros ministerios. Esta estrategia considera nueve planes
sectoriales de adaptación y un Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático.
“El plan del sector silvoagropecuario está terminado, el de biodiversidad está
entrando en consulta pública. Los otros siete planes son: Turismo, Energía,
Pesca y Acuicultura, Salud, Infraestructura, Recursos Hídricos y Ciudades”,
concluye la ministra Benítez. TOMADO DE LA TERCERA POR SUGERENCIA DE ENVIO DE
BOLETIN GAL
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