DE LA CIUDAD CORDIAL, A LA CIUDAD DE LOS SOCAVONES
Desde
el paso del Gral. Manuel Belgrano por Santa Fe, en tránsito hacia la campaña al
Paraguay, y por las atenciones recibidas en la misma, se conoce a la capital de
la provincia, como “La Ciudad Cordial”. Denominación que fue su distintivo más característico y
motivo de orgullo ciudadano.
Lamentablemente este blasón y de cara al futuro, pierde paulatinamente
su galanura, en mérito a errores cometidos, falta de previsión y por la
ausencia de una gestión ambiental racional.
La
década neoliberal del 90, y su inercia nefasta, mutó las reglas del
planeamiento urbano, desertando el Estado municipal de una función que debería
ser indelegable, sentando las bases de previsibles desastres futuros, que ojalá
no ocurran, y den por tierra con mis apreciaciones pesimistas, en beneficio de
todos.
Ya el
informe “Geo Argentina 2004", decía: "La gestión urbanística de
nuestras ciudades sufrió dificultades derivadas de la casi inexistente
planificación de mediano y largo plazo y del recorte de las funciones estatales".
Las normas urbanas terminaron por aplicarse solo a la clase media ya que
"El mercado solía eludir o manipular el control normativo en la producción
de hábitat para los sectores socioeconómicos altos, en tanto los sectores bajos
no podían cumplimentarlo por su incapacidad económica"; resultado
"baja calidad ambiental de grandes sectores urbanos" y "la
inexistencia o mínima provisión de servicios". Cualquier similitud con lo
que ocurre en Santa Fe, es pura coincidencia.
No se
puede desconocer o dudar que en la ciudad se estén produciendo hechos
preocupantes y cada vez más reiterativos, cuyas causas deberán determinar con
precisión los especialistas de la ciencia competente. Pero, mientras aguardamos
esos dictámenes, expreso algunas sospechas sobre el origen de aquellos impactan
negativamente.
Salvando diferencias, se puede afirmar que la ciudad fue construida como
Venecia, sobre terrenos bajos, inundables y una gran parte de ellos ganados al
río por rellenos, en la confluencia del Salado con los humedales del Paraná.
En
suelos inestables, con napas y acuíferos casi superficiales, se desarrolló en
más de 400 años una ciudad de casas mayoritariamente chatas, que se mantuvo,
salvo excepciones, inalterable hasta hace poco más de una década, en que la
especulación inmobiliaria consolida la hegemonía de la rentabilidad y desde
allí, los edificios en altura surgen como hongos después de la lluvia, sin
ninguna evaluación de impacto ambiental (EIA) previa e integral, que mensurara
las consecuencias indeseables que ello podría acarrear a la ciudad.
La
falta de previsión y prevención, el aumento de la densidad poblacional en el
microcentro, el deterioro de servicios sanitarios, con pronóstico de agravamiento
y el nulo manejo de las cuencas subterráneas llevaron a la aparición, en forma
reiterada, de cantidad de socavones de magnitud y dimensiones crecientes, que
trastocan el paisaje vial urbano, agravando el ya desmadrado tránsito local.
Esos
servicios, con redes de décadas de antigüedad, más allá de los mantenimientos y
reparaciones, presentan falencias. Por lo que la demanda creciente y la mayor
presión de bombeo, traen como lógica consecuencia, roturas de caños, con
pérdidas de líquidos y el hundimiento de suelos.
El
Arq. Osvaldo Guerrica Echevarría, dice: “Las fundaciones de los edificios en
altura implican excavaciones de varios metros de profundidad que sobrepasan
largamente las dos primeras napas de agua. Es a través de estas napas que los
terrenos aún absorbentes acumulan el agua y la envían al estuario. La red de
bases de hormigón construidas, constituyen subterráneamente un verdadero dique
a la evacuación de las aguas, retrasando y muchas veces impidiendo el escurrimiento”.
Posiblemente estos diques subterráneos, desvíen los acuíferos hacia
nuevos cauces que corran contiguo a ductos y cañerías, produciendo su descalce
y los consecuentes socavones, los que pagaremos todos, mientras sólo unos
pocos, se han beneficiado con el dejar hacer, dejar pasar, en materia
urbanística.
Pese a
la vigencia de la Ley Nacional N° 25675, que dispone: Cumplir una gestión
sustentable y adecuada de preservación, conservación y recuperación del
ambiente. Previniendo efectos nocivos o peligrosos de actividades antrópicas.
Estableciendo mecanismos adecuados para la minimización de riesgos y emergencias ambientales y la recomposición de daños. Y que toda obra o
actividad susceptible de degradar el ambiente estará sujeta a un procedimiento
de evaluación de impacto ambiental previo, que deberán ser autorizados o
rechazados por las autoridades. Las calamidades ocurren.
Es
evidente que nada de lo prescripto se ha cumplido, menos la obligación de
informar ambientalmente a la comunidad mediante audiencias públicas como
instancias "obligatorias" para la autorización de actividades que
puedan generar efectos negativos y significativos sobre el ambiente.
Estas
quejas no obedecen a una actitud oportunista frente a algunas notas
periodísticas sobre el tema, sino que son reiteración de presentaciones hechas
ante distintos organismos, desde hace casi una década.
Por
último y esperando que se tomen las previsiones necesarias que eviten tener que
llorar sobre la leche derramada, en este caso el agua, lo dejo para que lo
piense y me despido hasta la próxima aguafuertes.
Ricardo Luis Mascheroni - Docente
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