Alberto Granado, el
amigo y el hombre
El 8 de agosto de 1922 nació en Argentina Alberto Granado,
amigo de los hombres justos, entrañable del Che, hijo adoptivo de Cuba. La voz
de su familia más estrecha lo revive ahora, en el aniversario que vinieron a
honrar, en Venezuela
Autor: Dilbert Reyes Rodríguez, CARACAS.—Con los trazos del
amor que el hombre siembra en su gente más cercana, es posible después
reconstruirlo, a partir de las palabras dictadas por la cosecha. Así es como se
dibuja hoy en el recuerdo el “petiso” Granado, Alberto, el amigo del Che. Este
sábado cumpliría 93 años de edad, pero de todas formas, su vida fue larga,
larga y fecunda; pues aunque la historia la exalta, no la vivió bajo la sombra
de la amistad conocida. Podríamos decir que, si fue amigo del guerrillero
legendario, lo mereció desde sus cualidades humanas, porque el afecto nació
cuando el alma crecía todavía con el cuerpo, en la juventud. Alberto Granados
llegaba a los 19 años. “Y Pelao tenía 13, así le decían a Guevara”, precisa
Tomás Granado, el menor de los tres hermanos, mediante el cual Alberto conoció
al Che. “Por orden de apellidos, nos sentábamos juntos. Además, a él le habían
envenenado un perro y a mí también. Eso nos identificó bastante. Para ese
entonces ya se le notaba la rebeldía, empezando por la corbata del uniforme que
no usaba, aduciendo su condición de asmático. “Nos gustaba mucho el fútbol y el
rugby. Alberto se había empeñado en armar un equipo de estudiantes y Ernesto
quiso entrar. Ya su padre me había pedido que tratara de convencerlo de no
practicar deporte, pero aquello era imposible con un muchacho tan arrojado. “Lo
llevé a casa a presentarlo a Alberto. Él le dijo lo mismo, por su asma, y
entonces el obstinado empezó a hacer demostraciones, hasta que Alberto aceptó.
Fue el inicio de la amistad, no solo entre él y los muchachos, sino con nuestra
familia entera, en Córdoba”, subraya Tomás.(foto tomada por lpm de la casa de Guevara en Cordoba ar)
“Por su parte, Alberto había aprendido farmacia, un poco
forzado por papá. Es que había un tío con una botica, aunque sin farmacéutico,
y necesitaba un regente. Él se graduó y la asumió, pero tenía las alas más
largas. Un día dijo: ‘Tío, la farmacia es muy poco para mí. Búsquese un regente
nuevo’, y se fue a la Universidad a estudiar Bioquímica. Vino entonces la idea
del viaje, un sueño largamente acariciado por Alberto. Yo mismo lo embullé, y
al no poder acompañarlo, pues faltaban tres asignaturas en mi carrera, le
sugerí que buscara a Pelao, todavía estudiante de Medicina. Ya aquel había
cruzado dos veces la Argentina en una bicicleta con motor de esos tiempos”,
relata. “Ahí fue cuando los unió el gusto por la aventura”, continua Gregorio,
el segundo de los hermanos. “Teníamos una moto maltrecha: La Poderosa. Tomás,
que sabía de mecánica, la reparó, y yo me ocupé de la estética. Se veía de lo
más linda aquel día de diciembre de 1951, cuando partió con Alberto y Guevara a
recorrer América Latina. “Lástima que les haya durado tan poco, pues entrando a
Chile, por el sur, la estrellaron contra un árbol, y ahí mismo terminó el viaje
en la moto, que en realidad duró cinco provincias argentinas y un pedacito del
otro país. “Creo que ese percance hizo más rico el periplo, porque se fueron
rodando en camiones, en barco, en balsas, en avión y autobuses; viviendo las
aventuras conocidas, aprendiendo la realidad de un continente sufrido que les
hizo madurar sus conciencias. “Ambos llegaron a Venezuela juntos, y allí se
separaron, para que Guevara volviera a terminar su Medicina; pero Alberto se
quedó, en el leprosorio de Cabo Blanco, en La Guaira. Ya se había apasionado
con el estudio de esa enfermedad, y entonces se instaló, hasta
encontrar el amor de su vida”.
encontrar el amor de su vida”.
Delia Duque (de frente, con anteojos) y Tomás, esposa y
hermano de Alberto Granado, respectivamente, ante la urna que en la Casa José
Martí, de Caracas, guarda parte de las cenizas del amigo del Che. Foto: Dilbert
Reyes Rodríguez LA VIDA ACOMPAÑADA Delia Duque había entrado al leprosorio como
enfermera empírica, y todas las tardes, después del trabajo, se quedaba alelada
mirando a aquel joven bajito, pero muy alegre, que salía en su descapotado
rodeado de mujeres, casi todas doctoras. “Mis colegas me acusaban de ingenua.
Decían que no podría fijarse en mí. Pero me enviaron a su departamento, a
aprender unas técnicas, y a muy poco el hombre se declaró. Imagínense cómo cayó
aquello entre mis compañeras. Fue un noviazgo intenso, de tres meses, porque enseguida
nos casamos. “Desde entonces, mi vida fue al lado de él, en cualquier
sacrificio, en cualquier victoria, hasta el último día. Viví su alegría
contagiosa, sus tristezas, la emoción con que un día llegó dispuesto a recoger,
a dejarlo todo por irse a Cuba; la tierra donde se estaba realizando
exactamente la sociedad que él había soñado, y además, donde estaba entre los
líderes su queridísimo amigo Guevara, ya conocido como el Che”. Ahora es
Alberto, el hijo, quien habla de esta etapa, la más fecunda del padre, donde
tuvo su más alta realización humana y profesional. “Él se enamora de la
Revolución, de la nueva sociedad en gestación, y allá se fue con todo lo que
tenía. Decía que era su sueño, y tenía que sumarse”.
Precisa el hijo que no esperó un minuto para ponerse al
servicio de la construcción social liderada por Fidel. “Radica primero en la escuela de Medicina de
La Habana, dando Bioquímica Clínica como profesor; pero luego de Girón, se
suma a la necesidad de multiplicar la formación de médicos en Cuba, y marcha
hacia Santiago, a crear y fundar una escuela similar. “Fundar significaba
empezar de cero, pues allá no existía ni local. Fueron jornadas de una sesión
para construir y otra para las clases. Crecí viendo esos trabajos voluntarios
de profesores y alumnos, como una muestra fehaciente de una sociedad que se
edificaba a sí misma, con la visión de la solidaridad, de pueblo unido, y mi
padre fue parte de eso. “Tras la primera graduación de médicos lo llaman a La
Habana, y le dan la tarea de conducir los estudios primeros sobre genética. “Escoge
la animal, y empieza en ese campo una tenaz labor investigativa y de
organizador, que lo hacen partícipe clave en la fundación de centros relevantes
como el Instituto de Investigaciones Científicas, el Departamento de
Investigaciones Pecuarias, el Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria y otros
más, hasta que decidió, personalmente, dejar todas las riendas en manos de los
científicos nacientes”. Su edad no lo dominó. Tenía demasiada historia, y desde
ella, quiso hacer un valladar de defensa para Cuba. “Dondequiera que llegó fue
un ferviente vocero del ejemplo del proceso cubano y, sobre todo, de la
dimensión real de su gran amigo. Sintió que era una urgencia humanizar al Che”.
RECUERDO VIVO Sus
hermanos, su hijo, su esposa fiel, viven hoy para contar al hombre de su sangre, porque fue en primer lugar exactamente eso, el hombre: de sus hermanos, el primogénito; de su hijo, el padre ejemplar; de su querida Delia, la dicha que superó el amor. “Al lado de Alberto viví el sentimiento completo de una mujer privilegiada, pues a través de él conocí a los hombres más grandes de la última América: los comandantes Che Guevara, Fidel Castro y Hugo Chávez. “Ellos tres representan los más altos valores de esa sociedad de justicia que mi querido Alberto soñó, y en sus nombres están las tres patrias que tuvo: Argentina, Cuba y Venezuela, las mismas donde hoy descansan sus cenizas repartidas”. Delia guarda del Che la amistad tantas veces contada por Alberto; de Fidel la acogida de un padre que elevó, a grado sumo, el aporte de su hombre a la edificación de la patria nueva; y de Chávez, la reverencia profunda al “petiso” compañero, a quien honró en palabras sentidas tras su muerte. “Guardo esa carta como una joya valiosa. Chávez nos llama en ella ‘hermanos míos’, y retrata el dolor como si fuera suyo. Por coincidencia providencial, dos años después, el mismo día, murió él, y entonces el dolor grande fue nuestro”. Pero Alberto Granado, el amigo, el viajero, el científico, el profesor y fundador, no se recuerda con luto en estas tierras de América. Ni en Argentina, ni en Venezuela, ni en Cuba.Su alegría de vivir lo superó, y así dejó la huella en cada patria; porque salió con la sonrisa del joven ávido a la aventura de un viaje descubridor, se instaló después, igual de alegre, a investigar y a sanar, y luego vino a echar las raíces de su ánimo jovial justo donde sus sueños tomaban cuerpo real. Alberto Granado, el amigo, cumpliría 93 años. En sus tres patrias, allí donde reposan sus cenizas, hay epicentros de un temblor que sacude el continente entero; desde el Caribe, la selva, el picacho andino, hasta las pampas cercanas de la tierra fría que un día, igual a hoy, lo vio nacer. TOMADO DE LA GRANMA DE CUBA
hermanos, su hijo, su esposa fiel, viven hoy para contar al hombre de su sangre, porque fue en primer lugar exactamente eso, el hombre: de sus hermanos, el primogénito; de su hijo, el padre ejemplar; de su querida Delia, la dicha que superó el amor. “Al lado de Alberto viví el sentimiento completo de una mujer privilegiada, pues a través de él conocí a los hombres más grandes de la última América: los comandantes Che Guevara, Fidel Castro y Hugo Chávez. “Ellos tres representan los más altos valores de esa sociedad de justicia que mi querido Alberto soñó, y en sus nombres están las tres patrias que tuvo: Argentina, Cuba y Venezuela, las mismas donde hoy descansan sus cenizas repartidas”. Delia guarda del Che la amistad tantas veces contada por Alberto; de Fidel la acogida de un padre que elevó, a grado sumo, el aporte de su hombre a la edificación de la patria nueva; y de Chávez, la reverencia profunda al “petiso” compañero, a quien honró en palabras sentidas tras su muerte. “Guardo esa carta como una joya valiosa. Chávez nos llama en ella ‘hermanos míos’, y retrata el dolor como si fuera suyo. Por coincidencia providencial, dos años después, el mismo día, murió él, y entonces el dolor grande fue nuestro”. Pero Alberto Granado, el amigo, el viajero, el científico, el profesor y fundador, no se recuerda con luto en estas tierras de América. Ni en Argentina, ni en Venezuela, ni en Cuba.Su alegría de vivir lo superó, y así dejó la huella en cada patria; porque salió con la sonrisa del joven ávido a la aventura de un viaje descubridor, se instaló después, igual de alegre, a investigar y a sanar, y luego vino a echar las raíces de su ánimo jovial justo donde sus sueños tomaban cuerpo real. Alberto Granado, el amigo, cumpliría 93 años. En sus tres patrias, allí donde reposan sus cenizas, hay epicentros de un temblor que sacude el continente entero; desde el Caribe, la selva, el picacho andino, hasta las pampas cercanas de la tierra fría que un día, igual a hoy, lo vio nacer. TOMADO DE LA GRANMA DE CUBA


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