Contaminación e impuesto al diésel Por Claudio Agostini.
Siempre van a existir grupos de presión, pero el Estado tiene el deber de
desenmascararlos y hacer lo correcto para el bien común. Los efectos negativos
de la contaminación del aire en la salud de las personas son importantes y cada
vez hay más. Las cifras del Primer Reporte del Estado del Medio Ambiente para
Chile muestran que “la contaminación atmosférica es responsable de al menos 4
mil muertes prematuras a nivel nacional, lo cual implica un impacto económico
de US$670 millones anuales, asociados a gastos médicos y pérdida de productividad
laboral”. En el caso de la Región Metropolitana, ya ha tenido 16 días de
preemergencia ambiental este año, por lo que la calidad del aire y las medidas
para descontaminar volvieron a estar en el debate público. Si bien la leña
juega un rol importante y se requieren medidas para limitar seriamente su uso,
los datos del Ministerio del Medio Ambiente muestran que el transporte es el
sector más contaminante de la región, al ser responsable de un 48% del material
particulado respirable (PM10), 84% de los óxidos de nitrógeno (NOx), 91% del
monóxido de carbono (CO) y 34% de los óxidos de azufre (SOx).Dentro del paquete
de medidas que se han propuesto para reducir la contaminación y la congestión,
curiosamente no se consideran ni se mencionan medidas tributarias. A nadie le
gusta pagar impuestos pero, más allá de que la recaudación es necesaria para financiar
lo que como sociedad queremos que el Estado haga, hay impuestos que son óptimos
y uno quisiera utilizarlos aunque no necesite la recaudación. La razón es que
mejoran la eficiencia en la asignación de recursos al reducir externalidades
negativas. Como ya se ha dicho muchas veces, pero al parecer es importante
seguir reiterando, el impuesto a los combustibles es precisamente uno de ellos.
El consumo de petróleo y sus derivados está directamente asociado a mayor
contaminación, congestión y accidentes de tránsito. Por esta razón, tener
impuestos a la gasolina y al diésel es una medida correcta y tiene relación con
disminuir los efectos negativos que causan su uso y que no son considerados por
sus usuarios, los automovilistas y los transportistas. En el caso de los
camiones, no solo contaminan y congestionan más, sino que además destruyen los
caminos. Lamentablemente, la política tributaria respecto a los combustibles no
es la correcta. Actualmente el impuesto al diésel es mucho menor que el
impuesto a las gasolinas, lo cual genera una distorsión en favor de los
camiones y los automóviles con motor diésel, y es una diferencia que debería
eliminarse, tal como lo señaló el informe del BID sobre impuestos a los
combustibles en Chile. Si a esa distorsión le agregamos una devolución parcial
del impuesto específico al diésel pagado, las cosas solo empeoran. Las empresas
de transporte de carga pagan un impuesto mucho más bajo y lo poco que pagan se
lo devuelven parcialmente, lo que aumenta la distorsión significativamente. Lo
correcto sería al menos igualar la tasa de impuesto a las gasolinas y al diésel
y no devolver el impuesto pagado. De hecho, los cálculos para Chile muestran
que el óptimo es subir el impuesto al diésel del actual UTM 1,5 por metro
cúbico a UTM 7 y el de las gasolinas de UTM 6 por metro cúbico a UTM 6,5.El
privilegio de los transportistas es de larga data y ha empeorado en el tiempo.
Desde 2001 que una fracción del impuesto pagado se les devuelve a los
camioneros. Esa fracción era pareja del 10%, se aumentó a 25% en 2006, luego en
2008 se aumentó a un rango entre 25% y 80%, según los ingresos anuales de la
empresa y, finalmente, en 2010 se estableció un rango de devolución entre
29,65% y 63% hasta noviembre de 2011, que se suponía iba expirar pero no solo
se renovó, sino que se aumentó el beneficio. En 2012 se estableció una
devolución de 80% para empresas con ventas hasta UF 2.400, de 70% con ventas
entre UF 2.400 y UF 6.000, de 52,5% con ventas entre UF 6.000 y UF 15.000, y de
30% con ventas superiores. La extensión del beneficio era transitoria por un
año, pero se extendió por otros dos años y en diciembre de 2014 se prorrogó
hasta 2018. Buena noticia para los camioneros, pero muy mala noticia para la
economía. Esta política afecta negativamente la eficiencia, tanto de la
estructura productiva como del sistema tributario. Para empeorar las cosas, el
mecanismo de devolución favorece a las empresas más pequeñas, que son las que
tienen los camiones más viejos y más contaminan, es decir, premia a quienes
causan externalidades negativas mayores. Adicionalmente, crea incentivos para
dividir empresas medianas en varias empresas chicas y recuperar así un mayor
monto del impuesto. ¿Por qué razón se
mantienen y aumentan estas distorsiones en el tiempo? La respuesta es
grupos de presión. Basta recordar que las modificaciones de 2008 tuvieron como
objetivo que la Confederación Nacional de Dueños de Camiones depusiera un paro.
Los que deberían protestar no son los camioneros, sino los niños afectados por la
contaminación que pasan temporadas en el hospital cada invierno. Lamentablemente,
los niños no se toman las carreteras y por eso seguimos con un impuesto al
diésel tan bajo y que además se devuelve. Siempre van a existir grupos de
presión, pero el Estado tiene el deber de desenmascararlos y hacer lo correcto
para el bien común. Este es uno de los desafíos mayores para las políticas
públicas y la política tributaria respecto al diésel que favorece a los
camioneros es mala para el país. Revertirla es un deber y tal vez los numerosos
episodios de preemergencia que hemos vivido lo hacen políticamente más
factible. *El autor es profesor titular Escuela de Gobierno Universidad Adolfo
Ibáñez TOMADO DE EL PULSO POR SUGERENCIA
EN ENVIO DE BOLETIN GAL DE CHILE

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