Tacho Somoza y su
poder (1934-1956) Jorge Eduardo Arellano El presidente Somoza
García en Nueva York (1952). Managua,
Nicaragua Tres factores propiciaron la
emergencia política-militar de Anastasio Somoza García: el control de la
Guardia Nacional, la liquidación de Augusto C. Sandino y su movimiento en
Wiwilí, más la “política del buen vecino” de Washington. Liderada por Franklin
D. Roosevelt, esta se abstenía de intervenir en el hemisferio permitiendo la
instauración de dictaduras militares en cuatro países centroamericanos. Ahora bien: el régimen impuesto dirigido por
Somoza García entre 1937 y 1956 tuvo nueve rasgos básicos. Sintéticamente,
expondré a continuación siete de ellos, dejando para otra oportunidad los dos
últimos.
Entrega incondicional a Washington En primer lugar, la entrega
incondicional al poder de Estados Unidos que lo respaldó siempre, contribuyendo
a su permanencia. Esta entrega sumisa no solo obedecía a un interés pragmático,
sino a una convicción íntima, remontada a su juventud ––de los 18 a los 23
años–– en Filadelfia y Nueva York. Connatural, el americanismo de Tacho
políticamente se tradujo, siguiendo a Franklin D. Roosevelt, en ser un modelo de
Buen Vecino. Pero antes de fallecer quien se autoconcebía el más adicto a
Washington de los presidentes norteamericanos, este rasgo ya lo había
consignado Manolo Cuadra en 1955: “Desde la declaratoria de guerra a los nazis,
hasta la formulada en el caso de Corea, ha sido Nicaragua la primera en
expresar sus deseos de combatir al lado de los Estados Unidos. De los países
centroamericanos, igualmente es Nicaragua el único que ha llevado la voz
maestra a las Naciones Unidas, para que la China de Mao sea mantenida al margen
de esa permanente Asamblea Universal. Nicaragua no ha puesto reparos en
suscribir todos los tratados económicos, militares, internacionales, regionales
y políticos insinuados por Washington. En una palabra, la actitud del
presidente Somoza ha sido de brazos abiertos para los intereses de Estados
Unidos en Nicaragua: Dejad a los yanquis que vengan a mí.”
Sustentación
castrense Somoza García en el Waldorf Astoria (1952).
En segundo lugar, tan importante como el rasgo anterior,
resulta imprescindible señalar la sustentación castrense que definió su poder.
O mejor dicho: la Guardia Nacional ––herencia de la intervención
estadounidense–– constituyó su principal sostén. Pequeña, profesional y
relativamente moderna, la GN dependía extremadamente del exterior; aún así,
incidió política, social y económicamente en Nicaragua. Basta decir que sin
ella no se explica, en buena medida, la clase media consolidada entre los años
cuarenta y cincuenta, y que alcanzaría pujanza en los sesenta. Para Tacho, el ejército
significaba la razón primordial de su existencia. De ahí que lo haya asumido
como parte de su familia al instituir su día el 27 de mayo, cumpleaños de su
esposa; y el de su cumpleaños --el 1 de febrero-- como día de la Academia
Militar; igualmente, al promover con toda pompa como “Reina del Ejército” a su
primogénita el 14 de noviembre de 1941. La
Guardia Nacional --creada por Henry L. Stimson-- comenzó a funcionar a partir
de mayo de 1927, pero quedó oficialmente inaugurada el 1 de junio del mismo
año. De ello estaba enterado su primer
jefe director nicaragüense, quien el 1 de junio de 1952 se hallaba en un
hospital de Boston y desde esa ciudad envió un mensaje al cumplir la
institución su 25 aniversario. Ejercicio paternalista Un tercer rasgo del régimen
de Carácter sultánico Por su parte,
Edelberto Torres-Rivas fue el primer politólogo en aplicar el adjetivo
sultanesco al poder de Tacho. Identificando la tendencia autoritaria,
centralizada y personalista del mismo, Torres-Rivas aludió a una categoría que
Max Weber clasificara de sultánica. Considerando que el término no debería ser,
en un contexto de análisis político, ligado al Medio Oriente, se refería a
regímenes patrimonialistas, como los de Duvalier en Haití, Trujillo en
República Dominicana, Bokasa en la República Centroafricana, Marcos en
Filipinas y Ceaucescu en Rumanía. Para Weber, el patrimonialismo y, en casos
extremos, el sultanismo, tiende a nacer cuando el tipo de dominio tradicional
desarrolla un aparato administrativo y una fuerza militar como instrumentos
meramente personales del jefe. No existe racionalización impersonal, sino
desarrollo extremo de la discrecionalidad del gobernante. Además, en los regímenes
sultánicos --continúa Weber-- las fronteras entre lo público y privado tienden
a diluirse y hay una fuerte propensión al poder familiar o nepótico. La función
burocrática-estatal se confunde con el servicio personal al mandatario, el
éxito económico y los grandes negocios públicos y privados dependen de las
relaciones con el Gobierno y no existe, doctrinariamente hablando, una
ideología. Todo ello, como se ha visto, lo ejemplificó el régimen de Somoza
García. Sacasismo oligárquico La tendencia
nepótica es otro de sus rasgos, pero no exclusivo: en el periodo de los
dieciocho años conservadores, de 1910 a 1928, se dio hasta más no poder. Como
se sabe, la mayoría de los cargos administrativos eran desempeñados por los
parientes directos e indirectos de los titulares del Ejecutivo, predominando
los de apellido Chamorro. Incluso Emiliano heredó el poder a su tío Diego
Manuel en 1921. Mas el nepotismo de Tacho estaba integrado al sacasismo. Tiene
razón otro científico social, Orlando Núñez, al sostener que Somoza García no
era de extracción social oligárquica; sin embargo logró ser asumido por la
familia de su esposa: los Debayle Sacasa. Es decir, por el sector leonés de la
clase dominante representado por la familia Sacasa. No en vano la suegra de
Tacho, Casimira Sacasa de Debayle (1872-1953), era hija de Roberto Sacasa
Sarria (1840-1896), presidente de Nicaragua (1889-1893) y hermana de Juan
Bautista Sacasa Sacasa (1874-1946), también presidente (1933-1936). Igualmente
sería suegra del fundador de la dictadura de los Somoza y abuela de Luis
(1922-1967) y Anastasio Somoza Debayle (1925-1980), otros tres mandatarios. Más
aún ––como lo señaló en su momento José Coronel Urtecho––, el hecho de que
Somoza García se haya incorporado familiarmente a los Sacasa le otorgaría a su
régimen unidad, coherencia y continuidad, vinculándolo al “viejo tronco de la
familia que en Nicaragua inició la política del desarrollo capitalista”. Y no
solo eso: esa misma familia hegemónica, establecida a mediados del siglo XVIII
con la llegada de Francisco Sacasa, había tenido entre sus representantes a
Roberto Sacasa Marenco (1751-1821) --el hombre más rico de América Central-- y
a su hijo Crisanto Sacasa Parodi (1774-1824), muerto en la guerra civil de 1824
combatiendo al lado de la aristocracia leonesa-granadina y contra de los
sectores populares. Y lo más importante: los Sacasa habían conformado, a lo
largo del siglo XIX, una vigorosa red social y política que abarcaba desde
Chinandega, pasando por León y Granada, has
Tacho sería el paternalismo, ejercido tanto en la esfera militar como en la
civil. En el mensaje citado con motivo del primer cuarto de siglo del Ejército,
escribió: “Me unen estrechamente con todos los miembros de la Guardia Nacional
lazos de fraternal compañerismo y en el fondo de mi corazón abrigo para ellos
un acendrado sentimiento paternal. Yo adivino en el breve espacio de una
conversación, toda la intensidad de sus problemas íntimos, y aunque a veces la
natural altivez lo encubra, leo sus congojas y sus preocupaciones, así como se
revela sus legítimas aspiraciones y esperanzas”. Ligia Madrigal Mendieta ha
planteado este rasgo analizando centenares de cartas dirigidas al presidente
Somoza García, entre 1945 y 1956, por personas de diversos estratos sociales
urbanos. Ellos --al obtener empleos en el Gobierno, becas para sus hijos,
pasajes aéreos, dinero para gastos médicos, excepción de impuestos,
participación en negocios, entre otros favores-- se convertían en incondicionales
a la figura paternal del gobernante, integrando su clientela política. Tales
personas, veían en el poderoso líder un instrumento capaz de solucionar
problemas personales. El ejercicio paternalista de Tacho incluía la
satisfacción de solicitudes para apadrinar, con su esposa, bodas y bautizos,
como también solucionar problemas conyugales.
ta Rivas. Por eso comparto las perspectivas de José Coronel
Urtecho y Germán Romero Vargas al sostener el primero que la familia Somoza
actuó históricamente “como un injerto en una de las ramas del árbol genealógico
de los Sacasa”. Y el segundo al puntualizar que el somocismo implicó la
preponderancia del sacasismo oligárquico.
Filiación liberal Aparte
de su incorporación, a partir de 1919, a la familia Sacasa ––uno de los clanes
principales del liberalismo de Occidente––, Tacho estaba vinculado
genéticamente a un notorio líder liberal de Oriente: José María Moncada
(1870-1945). Por ello su destino no era otro que profesar la filiación liberal.
Esta caracterizó su emergencia política durante los años veinte y posterior
desarrollo meteórico para terminar imponiéndose como líder máximo de su
partido. En esta dirección, asumía la herencia histórica del liberalismo en
Nicaragua identificándola ––en un retórico discurso de 1946–– con “el brillo de
la espada de José Santos Zelaya, la suma de ideas revolucionarias de la Constitución
del 93, la palabra encendida de Rigoberto Cabezas, la pureza imponderable de
José Madriz, la tropa trágica y heroica que al mando de Moncada caminará desde
Bluefields hasta Tipitapa alumbradas por las llamas de centauros, buscando la
justicia, la paz digna y la libertad”. Tres roles, entonces, desempeñaría
simultáneamente Tacho casi toda su vida desde 1937 (de los 40 a los 60 años):
los de presidente de la república, jefe director de la Guardia Nacional y
caudillo del Partido Liberal Nacionalista (PLN). Adueñándose de esta
organización, insertó a sus correligionarios en el aparato burocrático estatal,
manteniendo así el puesto, o “hueso”, más “lo que cayera”, en palabras de un
economista moderno. Además, impuso a los empleados públicos una contribución
del 5 por ciento del sueldo mensual en nómina para actividades del PLN, brazo
político de su dictadura. Pactismo bipartidista Otro rasgo básico de esta
estructura gobernante fue su pactismo bipartidista, es decir, circunscrito a
liberales y conservadores. En Nicaragua, los pactos entre los dos partidos
tradicionales habría que clasificarlos en tres categorías, de acuerdo con sus
objetivos: aquellos que ponen fin a la guerra civil (los de 1856, 1893, 1927),
los que aspiran buscar una salida electoral a los conflictos políticos (los de
1924 y 1936) y los prebendarios, utilizados por los caudillos ––o,
específicamente, por Somoza García–– para optar a una nueva elección
presidencial (los de 1939 y 1950). Como se ha visto, a través del Pacto de los
Generales Tacho aseguró la prolongación de su dictadura constitucional a cambio
de otorgar a los conservadores participación minoritaria en el gobierno central
y en las instituciones autónomas, así como una tajada menor ––del tamaño de un
tercio–– en la representación parlamentaria. Y es que siempre pactó con ellos
––no con ninguna otra fuerza–– para restablecer los términos de la simulación
democrática, disponiendo de oportunos colaboradores eficaces como el doctor
Cuadra Pasos en 1939 y 1948. “Al juego político legal y público solo se entraba
con careta liberal o máscara conservadora; las reglas del juego fueron en
consecuencia de un pactismo elitista, entre iguales de clases, pero con
desiguales oportunidades para llegar al gobierno” ––puntualiza un afamado
sociólogo centroamericano. Más aun: desde su situación sumisa, el pacto
significaba para los conservadores el reconocimiento de que en la dictadura
residía el poder dominante de Nicaragua. TOMADO DE NUEVO DIARIO DE NICARAGUA


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