La crisis económica es también una crisis ecológica
Florent Marcellesi
Hace poco un compañero sindicalista me retaba, con cariño, a
explicar cómo se relacionan crisis económica y crisis ecológica. Recojo el
guante y aprovecho para transmitir un mensaje clave. Una salida duradera a la
crisis económica pasa necesariamente por luchar al mismo tiempo contra la
crisis ecológica. Y será más factible tener éxito en esta tarea si los
sindicatos interiorizasen más esta realidad e hicieran de la ecología un eje
central de su teoría y práctica.
De hecho, crisis económica, social y ecológica son tres
facetas de una misma crisis. Son interdependientes y se retroalimentan entre
ellas. No es sorprendente puesto que nuestro modelo de organización social y
económica depende de los recursos naturales disponibles y, a su vez, la salud
de nuestros ecosistemas (y por tanto de nuestro futuro) dependen de este modelo
socio-económico. Por un lado, la globalización y las economías llamadas
modernas están totalmente basadas en la energía y materias primas baratas,
abundantes y de buena calidad. Por ejemplo, el transporte o el sistema
agroalimentario dependen de los combustibles fósiles en general y del petróleo
en particular. Por otro lado, los impactos sobre el medio ambiente del sistema
económico son hoy patentes. El cambio climático, de origen humano, es una
amenaza para las generaciones futuras y nuestra economía: en caso de seguir los
escenarios de Business as usual, los costes del cambio climático podrían ser
superiores al 20% del PIB europeo en los años venideros.
Para ilustrar este
análisis, tomemos el ejemplo de la crisis del 2008. Es evidente que la falta de
control y regulación de los mercados, la avaricia del 1% o la desconexión entre
finanzas y economía productiva, son elementos esenciales que explican parte de
la crisis. Pero no lo explican todo. Como hemos apuntado, nuestra máquina
socio-económica tiene un problema de drogadicción con el oro negro. Por
desgracia para ella, desde 1999 los precios del petróleo no han parado de
aumentar principalmente por los efectos acumulados del techo del petróleo (es
decir escasez de oferta), la creciente demanda en constante aumento
(principalmente en los países emergentes como China o la India) y la
especulación (que se aprovecha de la tensión entre demanda y oferta) (véase
gráfico 1).
Gráfico 1: Precios
internacionales del barril de petróleo Brent de mayo de 1987 a marzo de 2009.
Lógicamente, cuando
ya no tiene acceso a buen precio a su dosis diaria, la máquina se pone
gravemente enferma. Y más aún si de por sí no está en buen estado de salud (al
haber por ejemplo comido demasiados “activos tóxicos”).
En la actual crisis,
tras un aumento continuo desde 1998, el barril de petróleo superó por primera
vez los 100 dólares a finales de 2007 y alcanzó su máximo en julio del 2008 con
147 dólares. Como se analizaba antes de la crisis incluso desde la FED (el
banco central estadounidense), ese aumento récord de los precios del crudo fue
una de las principales fuentes de inflación. Además de suponer un alza de los
precios de los alimentos con consecuencias dramáticas para los países del Sur,
la inflación supuso una brutal pérdida de poder adquisitivo para las clases
medias y bajas y un aumento de las tasas de interés (y de las hipotecas). Al
mismo tiempo, un mayor precio del petróleo significó también un mayor precio de
la energía y de la gasolina. En un país como Estados Unidos donde el coche es
imprescindible para ir a trabajar y por tanto generar un salario que a su vez
permita pagar la casa, mucha gente —a quién se le había otorgado hipotecas
basuras sin ningún tipo de control— se vio económicamente ahogada entre la
“pared hipoteca” y la “espada gasolina”. Por tanto, el economista Jeremy Rifkin
o el sindicalista Manuel Garí tienen razón en afirmar que la actual crisis
económica tiene, como uno de sus principales detonantes, el precio de la
energía. Junto con otros factores sistémicos (dominio de la economía
financiera, connivencias entre mercados y alta política, agencias de
calificación de riesgos al servicio de la banca, etc.), formó parte de un
cóctel explosivo que desembocó en la mayor recesión desde 1930.
Pero es que incluso
si atendiésemos a los factores sistémicos no ecológicos (que sí o sí tenemos
que erradicar), la máquina seguiría enferma porque, en el fondo, tiene un
problema de metabolismo. Vicenç Navarro afirma por ejemplo que “si los salarios
fueran mas altos, si la carga impositiva fuera más progresiva, si los recursos
públicos fueran más extensos y si el capital estuviera en manos más públicas
(de tipo cooperativo) en lugar de privadas con afán de lucro, tales crisis
social y ecológica (y económica y financiera) no existirían” (Público,
07-03-2013). Sin embargo, eso no es suficiente. Incluso si redistribuyéramos de
forma equitativa las rentas entre capital y trabajo, y todos los medios de producción
estuviesen en manos de los trabajadores, la humanidad seguiría necesitando las
1’5 planetas que consume hoy en día (y no hace falta recordar que “no tenemos
planeta B”). Al fin y al cabo, nuestro sistema socio-económico heredado de la
revolución industrial es como un aparato digestivo a gran escala con problemas
de sobrepeso estructurales. Ingiere recursos naturales por encima de las
reservas de la nevera Tierra, los transforma en “bienes y servicios” que
(además de ser mal repartidos) no son buenos para la salud de sus glóbulos
rojos, y produce demasiados residuos no asimilables por su entorno.
Además este cuerpo
tiene una enfermedad añadida: no sabe parar de crecer. Y para alimentar este
crecimiento infinito, calculado por el crecimiento del Producto Interno Bruto
(PIB), necesita absorber muchas proteínas abundantes y baratas (la energía) y
quemarlas sin restricción hacia la atmósfera (el 75% de las emisiones de CO2
desde la época preindustrial resultan de la quema de los combustibles fósiles).
Eso ocurre en las economías productivistas en general y en España en particular
donde, como demuestra Jesús Ramos, “el crecimiento real de la economía española
ha ido de la mano de un crecimiento en la misma proporción del consumo de
energía” (véase gráfico 2).
Dicho de manera
simplificada, el PIB es una función de la energía disponible. Cuando no hay
suficiente petróleo, que representa el 40% de la energía final en el mundo, no
hay “suficiente energía” y no hay “suficiente PIB”. Es lo que hemos verificado
desde 1973: no consumimos menos petróleo por culpa de la(s) crisis sino que
estamos en recesión (entre otros motivos) por tener menos petróleo. Y la
recesión se hace hoy aún más fuerte en los países con mayor dependencia
energética en Europa que, casualidad, son Grecia, Portugal, España e Irlanda…
Sin embargo, sanar el
enfermo es posible. Primero, se debe hacer un diagnóstico correcto basado en
entender que 1) cualquier economía es indisociable de la realidad física que la
sostiene 2) como demuestra Tim Jackson en su libro “Prosperidad sin
crecimiento“, no es posible desacoplar de forma convincente el PIB del consumo
de energía y de las emisiones de CO2. De hecho, por mucho que disminuyan la
intensidad energética y el CO2 emitido por unidad producida, las mejoras
tecnológicas se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del
número de unidades vendidas y consumidas en términos absolutos (es el llamado
“efecto rebote”). Por tanto, el paciente necesita urgentemente deshacerse de su
“drogadicción al crecimiento” y adoptar un nuevo estilo de vida saludable. Como
cualquier ser humano que una vez llegada su edad adulta sigue madurando sin
crecer de tamaño, debe reconocer que su bienestar ya no depende del crecimiento
del PIB. Debe también solucionar sus problemas de sobrepeso desde una doble
perspectiva de justicia social y ambiental: reducir su huella ecológica hasta
que sea compatible con la capacidad del planeta a la vez que redistribuye de
forma democrática las riquezas económicas, sociales y naturales.
En este camino hacia
la sociedad del vivir bien, los sindicatos (y los intelectuales de izquierdas)
son fundamentales. Tras su nacimiento al calor de la revolución industrial, se
pueden reinventar a la luz de los límites ecológicos del Planeta. Pueden hacer
suya esta nueva realidad social y ecológica, y llevarla a los centros de
trabajo. La transición ecológica de la economía puede convertirse pues en el
eje de una visión y lucha compartida entre los movimientos obrero y ecologista
(y ¡muchos más!). Ya que la crisis económica tiene raíces ambientales, solo
habrá economía próspera, paz y justicia social si remediamos también a la
crisis ecológica.
Florent Marcellesi,
coautor del libro Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y
sostenible (El Viejo Topo, 2013)
Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/7822/la-crisis-economica-es-tambien-una-crisis-ecologica/
enviado en red foroba


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